seis y dos

han  pasado seis meses del desborde. seis meses de mudar todo, incluída la piel. seis meses de romper un patrón, un hábito. seis meses de alejarse física, social, mental, emocionalmente de una vida.

hace seis  meses, también, que comencé a reconectar conmigo. meditando, alimentando de nuevo modo el todo: lo físico, lo social, lo mental, lo emocional, hasta lo nutricional.

son seis meses de guardar silencio y  cerrar los ojos por 5, 10, 15, 20, 25 minutos por la mañana y luego por la noche y dejar que los  pensamientos se vuelvan nubes que transitan.

seis meses de tránsito.

hoy se cumplen, también, dos meses del derrame. dos meses de cruzar esa frontera entre el antes y el después, del siempre y del nunca, del estar  y no. ya no. ya nunca.

seis y dos meses que se sienten años.

Soy la flor encendida que da color al jardín de tu vida

soy la flor. sí. soy

soy la flor encendida que da color al jardín de mi vida. no de la tuya, ¿cómo voy a ser la flor encendida que da color al jardín de tu vida si no te conozco? pero sí soy, sí soy la flor. soy mi flor.

eso es lo que pasa cuando oigo una  y otra vez a natalia lafourcade. eso es lo que pasa cuando la oigo como quien quiere leer una solución una enseñanza un mandamiento.

eso pasa cuando la casa se vuelve el único lugar que se recorre día con día. eso pasa cuando la casa se vuelve tu jardín y no hay nadie sino tú, o sea yo. entonces soy mi flor encendida y le doy color al jardín de mi vida.

¿cómo? pues siendo.  siéndolo.

deja que el hielo se derrita en tu lengua piensa en el agua

eso me dice n cuando de la nada me escribe para preguntarme cómo estoy y yo justo, justísimo en ese momento, en vez de decirle que bien, que estoy guardándome, que estoy manteniéndome ocupada –que es lo que normalmente haría, o bien  lo que  haría la sylvia pre-covid, pre-terapia, pre-duelo– le digo que he perdido el estuche de mis airpods y que me estoy volviendo loca buscándolo. le digo que me tiemblan las manos, le digo que quiero llorar, le digo que había pasado tan buen día, le digo que no es posible que me ponga así por un estúpido estuche de audífonos. le digo que me enoja que sean justo  las  cosas pequeñas pequeñísimas las que me hagan perder el control considerando que aquí en todas partes cosas grandes grandísimas están ocurriendo. fosas, están construyendo fosas comunes para los muertos. la gente no puede acercarse a los suyos ni despedirse de los suyos ni tener el funeral de los suyos. esas  últimas cosas no se las digo, solo las pienso  pero como si me leyera  la mente me dice que es  obvio que no estoy perdiendo el control por un estuche de audífonos. le insisto que sí. me dice que no, le digo  otra vez que sí y entonces  me marca. n nunca me llama. con n mi comunicación es solo por texto y muy-muy esporádica. ¿estás dispuesta a hacer lo que yo te diga? te va a hacer sentir mejor. como no le contesto, n toma mi silencio como  un sí. abre el congelador, me dicta, agarra un hielo. métetelo en la boca,  siéntate en tu cama o en tu sillón  y deja que el hielo se derrita en tu lengua piensa en el agua. siente lo frío, siente cómo se derrite, piensa en eso, solo piensa en  eso. esto  es  un ataque de ansiedad, solo eso y es normal. deja que el hielo se derrita en tu lengua piensa en el agua, me repite dos veces más.

ya no tengo el hielo en la boca pero si cierro  los ojos puedo  sentirlo otra vez. mi ansiedad se derrite en mi  lengua se vuelve agua.  se derrite. se.

somos. cuerpos.

“Como el contagio se lleva cabo por cercanía, especialmente a través del sistema respiratorio y el tacto, tenemos que ser conscientes de que somos cuerpos.”

Cristina Rivera-Garza, aquí.

polvo de hornear, mas polvo enamorado

yo que nunca horneo. yo que jamás intento hacer cosas que no son de cajita. yo que poco me asomo a los recetarios. yo, sylvia, lo que más deseo ahora es hacer esa receta de galletas de avena o de azúcar que acabo de toparme pero no tengo polvo de hornear, ni bicarbonato, tampoco tengo suficientes arándanos ni azúcar morena. me da un poco de terror usar mis huevos en esto y, por si fuera poco, hay poca leche y casi nada de mantequilla.

¿es que acaso la pandemia está aquí para inyectarnos el deseo de hacer cosas que normalmente no hacemos y, además, demostrarnos que no podemos ni soñar con hacerlas porque eso implicaría ir al super justo cuando hemos prometido quedarnos en casa?

o tal vez no es la pandemia, sino yo. es más, lo admito, soy yo. no me hace daño el encierro de casa, sino las libertades que se permite mi mente. ayer, por ejemplo, mi mente se tomó la libertado  de soñar con un verano en la playa. (palabras problemáticas: soñar, verano, playa).

díganmelo: pues pide mandado a domicilio, sylvi, así yo les puedo contestar que en realidad tengo todo lo demás y no necesito nada para sobrevivir una semana más, y que mi lujo del antojo de galletas significa que alguien que debería estar en su casa trabaje para satisfacerme a mí.

y nel.

lo cierto es que quiero polvo, pero para hornear mis malditos antojos. sí, que sean polvo, mas polvo enamorado.

el invierno de vivaldi la primavera de sylvia

cuando era una adolescente, medio emo, debo admitir, solía pensar que el invierno de vivaldi reflejaba perfectamente mi diario sentir una abrumadora intensidad. una manera muy desbordada de sentirlo todo: lo bueno, lo malo, lo triste, lo bello. todo.

la verdad es esta: era muy azotada.

hay otra verdad: a veces todavía lo soy.

pero. con  menos frecuencia actúo por impulso.  cada vez menos y menos discuto al calor del momento. ya casi nunca azoto puertas o me voy de lugares intempestivamente (tampoco es que recuerde que yo hiciera esto con demasiada  frecuencia, pero de que lo llegue hacer, sí). yo, en todo caso, me encapsulo, me quedo callada. y me preguntan qué pasa y a veces digo nada y otras veces digo no me siento bien, hablamos de eso otro día, ¿sí?

luego, lo medito. a veces, lo resuelvo.

escucho en este momento la primavera de vivaldi (después de haber oído las otras estaciones en desorden) y me doy cuenta de que no soy ninguna. mi temperamento no se ajusta a las cuatro estaciones de vivaldi no more.

han sido meses duros y marzo nos cacheteó, nos arrastró de los cabellos, nos quitó lo poco que traíamos puesto y nos escupió en la cara a todos en este mundo. y, sin embargo, mi optimismo (o mi estupidez que en estos tiempos son tan parecidos) me hacen sentir que, en todo caso, estoy viviendo la primavera de sylvia.

pri-ma-ve-ra.

y en mi primavera no hay violines ni oboes. en mi primavera hay una escandalosa batería, bajo, guitarra eléctrica, un teclado increíble. en mi primavera una mujer canta desde el fondo de sus pulmones, (un mix de kathleen hanna y carrie browenstein, con el cabello de amy winehouse, of course). en mi primavera uno puede sentirse triste y sonreír al mismo tiempo. en mi primavera no hay ni planes ni certezas. hay una primavera sí, lo que sea que esto signifique, y eso basta.

Temporada 12, Episodio 9

dejé de ver Grey’s Anatomy en 2010 cuando mi novia y yo terminamos, teníamos muchos años juntas y teníamos, también, muchos años viendo esta serie juntas. la quería mucho (a la novia, no a la serie, la serie nomás me gustaba) y yo sé que ella también me quería (de nuevo, la novia, la serie ni siquiera sabe que existo), me quería a su manera (y su manera y mi manera en algún punto dejaron de coincidir) y fue la brecha generacional o simplemente debemos asumir que hay relaciones que no son para toda la vida.

también hay series que no son para toda la vida. o eso creía yo.

en algún  punto de 2019 entre las entradas y salidas de mi ex al hospital o entre las idas y venidas de casa al hospital que yo hacía diariamente para verle, decidí que estaba lista para volver a ver Grey’s Anatomy. distraía mi mente, me sacaba del hospital real y me llevaba al hospital ficticio con personajes y conflictos tan distintos a los míos. mucho más interesantes, creía yo.

¿en qué momento la vida de Una toma el ritmo y el sinsentido de una serie de televisión? respuesta: cuando menos lo imaginas.

en la “relectura” de un clásico televisivo se experimenta lo que en cualquier relectura, una ya no se siente identificada con lx mismx personaje o bien, una sigue sin sentirse identificada con ningunx. mi caso, ahora, es curioso. me identifico con  varixs.

yo soy todxs.

ah, la ficción restaurativa, la encuentro en todos lados. y si creen que este post o esta serie son absurdos, esperen a que les diga más.

mi ex  y yo eventualmente nos separamos (créanme que la decisión y la forma de hacerlo no fue ni mía y por tanto no fue elegante). cuando ocurrió, Derek murió. durante las siguientes semanas, mientras Meredith le encontraba el sentido a ser viuda, yo le encontraba sentido a una vida en singular en un departamento más pequeño y con ataques de llanto a cada rato.

nunca he llorado tanto como entonces. y no solo por el fin de una relación, sino por la certeza de que el fin había ocurrido varios años antes.

hoy que Meredith fue  golpeada brutalmente por un paciente y fue herida en varias partes de su cuerpo. hoy que Meredith tuvo que pasar por a) un largo proceso de recuperación y b) un ejercicio de perdonar y soltar, yo solo pensaba en que la muerte repentina de mi ex (sí, murió y por su enfermedad yo tenía años preparándome para eso y entiendo que una nunca se puede preparar para eso, menos cuando durante o tras ello surgen muchos más secretos de los que jamás se han imaginado) se sentía exactamente igual: como ser golpeada brutalmente en el alma, herida en varias partes de mi corazón y mi cerebro.

soy mi propia serie de televisión.

así que aunque antes de darle play al episodio era ya consciente que yo estaba en un a)proceso de recuperación, debo recordarme a mí misma que este va a ser largo, pero no tiene por qué ser sinuoso ni solitario. también que, b) que aunque el ejercicio de perdonar y  soltar lo hice frente a su cama de hospital una y varias veces, debo hacerlo muchas veces más con otra persona especial: yo.

porque a veces una es su propia antagonista.

en el final del capítulo Meredith hace hincapié en levantar la voz y llenar el silencio. sea  este mi nuevo intento de levantar la voz y llenar el silencio, la pantalla, algo.

todo.

quiero ser más que un paralelismo en una serie de televisión.

buenos hábitos

llevo prácticamente trece días en casa. desde antes de la cuarentena real (esa  que inició este martes  24 de marzo) mis salidas al mundo eran brevísimas, mandado, correo, farmacia. repetir. he salido a correr dos días pero fuera de ello me he mantenido en mi casa-corazón. trabajo por las mañanas, a veces sola, a veces acompañada por diana. por las tardes, ¿a dónde se van las tardes?  hago ejercicio, leo, veo algo, hablo por teléfono, hago facetime. experimento con el stop-motion. cuando menos lo espero ya es de noche.

los días que deberían sentirse largos se acortan.

mi barrio es silencioso de por sí, ahora lo es más. no extraño la casa anterior, pero sí extraño el bullicio de los niños y de los autos. extraño los perros que ladran a cuenta de nada. extraño el timbre. pero solo eso.

es curioso, es como un doble duelo. la partida de alguien importante y la partida del mundo como lo conocíamos. el mundo de salir a la calle, toparse con conocidos en el super. ir a cenar. bromar con gente en la oficina. enojarse porque el elevador otra vez se descompuso y hay que subir nueve pisos por las escaleras.

nueve pisos.

estamos a nueve pisos de esa vida. pero henos con vida y estableciendo nuevas dinámicas, nuevos hobbies, nuevas formas de interacción, nuevos yo.

me gusta mi nueva yo.

dicen que en 14 (¿o son 21 días?) se forman hábitos. estoy formando el hábito de vivir mejor, de ser feliz, de sonreír, de alimentar mis amistades como me alimentan.

buenos hábitos, pues.

 

hoy

hoy llegó el acta de defunción. o tal vez fue ayer pero el sobre apenas me animé a leerlo hoy. no tenía que leerlo, sabía bien lo que ahí decía. conocía ya cada uno de los detalles. el nombre la fecha las razones la ciudad el país la hora exacta. la hora exacta.

la.

hora.

exacta.

de todos modos.

la leí una.

dos.

tres veces.

las actas de defunción todas empiezan y terminan igual.

 

la ermitaña

siempre he sido un poco ermitaña. fines de semana enteros en casa. escritura o lectura o netflix en cama o en un sillón. festival de gatos alrededor. y es que siempre me había costado socializar o, más bien, me causaba ansiedad pensar en fiestas, reuniones, salidas en grupo. pero dos años de terapia y trabajo personal, una separación y la conciencia de estar bien hacen que una aprenda que se puede estar afuera en dosis apropiadas. se puede confiar. así que justo cuando me he vuelto más vaga, justo cuando siento que tengo una vida social saludable el mundo nos obliga a quedarnos en casa. vuelvo pues a ser la ermitaña.

en el tarot la carta del ermitaño es una de las más bellas. nos invita a irnos a la cueva con nuestra lámpara en mano y tomarnos ese tiempo para reflexionar, para ser,  para estar en uno.

estoy en una.

curioso es que la ermitañez en estos días es acompañada por llamadas, mensajes, planes, cariño tanto. soy la ermitaña otra vez, sí, pero esta ermitaña tiene una vida social virtual mucho más amena y dulce que la ermitaña que me obligué a ser hace unos años. esta ermitaña se queda en su cueva a rehabilitarse  del duelo, de lo incierto, del pasado. esta ermitaña se prepara para el futuro,  porque lo hay. lo hay.