Elsa Concha

Hace muchos años. Digamos que en otra vida, conocí a la Elsa Concha. No me acuerdo cuándo ni por qué le decíamos Concha, pero me acuerdo que me hacía mucha gracia. En esa época yo sabía poco de la vida y de mí misma. No entendía muchas cosas, pero aprendía que hay amistades que te cambian la vida, te enseñan el mundo y si luego desaparecen, o desapareces, está bien porque el cariño queda intacto.

Con Elsa aprendí muchas cosas.

Hace unos días, después de casi veinte años de no verla, me escribió. Viene a la texanía a un evento, justo, justo cuando estoy a punto de irme a otro viaje. Teníamos una ventanita hoy para vernos, pero su aerolínea lo echó todo a perder.

No la veré. Ya sé, ya sé, recuperé su contacto, pero no la veré y por eso en este miércoles primero de mayo tengo una nostalgia bárbara por aquella época en que nos veíamos semanalmente junto con otras amigas, una nostalgia increíble por nuestras largas charlas, los comidones en el Jung, las risas tantas. En esa época vivía yo en Hermosillo, en Villa Bonita y, también, pese a todo vivía una vida bonita. Con mis amigas, las primeras que me enseñaron a quererme porque me querían.

Si la Elsa supiera todo lo que ella y nuestro grupo pequeñito hizo a pasos gigantes por mí. Si tan sólo.

duelos y maullidos

Hace una semana murió el hermano de mi mejor amiga. Lo conocí poco, pero no importa, lo que importa es el dolor de mi amiga que, egoístamente supongo, me hace pensar en el propio. O en los propios.

Me explico:

En octubre se cumplen once años que murió mi hermano. En septiembre diez años que murió mi mamá. En febrero se cumplieron ocho que murió mi sobrina. En marzo cuatro años que murió mi esposo. Entre esos años duelo no puedo distinguir cuándo fue que desapareció mi papá. Es la única pérdida que no viene ni del hígado, ni de la pleura, ni de la sangre ni del cuerpo entero. ¿Cuenta como pérdida si él decidió irse? Sí, claro porque lo perdí yo y lo sigo perdiendo cada día que decido no buscarlo.

Han sido años duelo.

Antes me raspaba la garganta cuando tenía que platicar de uno de estos duelos o de todos. Luego me dio por sentir vergüenza, y es que alguien, tristemente alguien muy cercanx, me dijo “tu vida es una telenovela” con un gesto que no quería ser risa pero lo era. Me reí (o me no reí igual) pero no me dio risa, me dio vergüenza. Es que pesa mucho la lástima.

Ahora no hablo de esto excepto cuando quiero hacerlo y solamente con gente que amo o que respeto. Si les amo y les respeto, mejor aún porque me siento cuidada, escuchada, acompañada.

Mi amiga ya ha perdido a dos hermanos, a su papá. Dos sobrinos. ¿Platicará ella de eso o se lo guarda para verlo, tocarlo, sentirlo cuando está sola? Los duelos se ven, se tocan, se sienten.

En mi caso, han pasado años pero a veces todavía siento ganas de llorar por unos u otras, a veces por todxs. Hay días que me cuesta levantarme porque les sueño y no quiero que desaparezcan. Hay días en que entiendo perfectamente que el dolor de toda perdida puede perfectamente convivir con momentos de luz y alegría. (Acabo de tener uno, por ejemplo, mi gata que es medio huraña (pleonasmo, lo sé), acaba de sentarse conmigo y recarga su cabeza en mi muslo).

Si Zeus plantó a Dionisio en su muslo, ¿cómo no podría yo plantar mis duelos ahí para acariciarles o maullarles cuando así lo necesite?

Veinticinco

Mi hijo cumplió veinticinco años esta semana. Apenas me lo puedo creer. El tiempo se movió veloz, aunque suene a lugar común: parece que fue ayer cuando lo llevaba por primera vez en el kínder. Los dos vestíamos de blanco, oíamos a Café Tacuba en el auto y cuando bajamos nos encontramos con montones de niños llorando por el temor del nuevo lugar sin su mamá o su papá. El mío, en cambio, me dijo: estoy bien, ya puedes irte.

Lo escribí en este blog: me fui, sí, pero me fui llorando como nene de kínder.

A lo largo de los años mi hijo me ha demostrado que está bien, que me puedo ir. Pero también y eso me enorgullece más, me ha hecho saber cuando no está bien y me pide tiempo para hablar y destejer la madeja de emociones que le aqueja.

Nuestras charlas a veces semanales, a veces quincenales, pero siempre son largas y cubren todos los temas habidos y por haber, trabajo, casa, paseos, descubrimientos, placeres culinarios, gatos. La vida toda, pues.

Sé muy bien que si llegó a los veinticinco como llegó es por el trabajo que mis padres pusieron en esos primeros años de vida. Sé muy bien que también es por la existencia de su papá y de sus tíos, por las amigas que se volvieron familia, por el hombre que me ayudó a criarlo en su adolescencia. Pero también sé que fue por mí, por las decisiones que tomé, por la música y los libros que le compartí, por el sistema de negociación (aún lo llamamos así) que ejercemos cuando es necesario llegar a un consenso de opiniones encontradas.

Quiero creer que, también, llegó como llegó a los veinticinco por el amor inmenso que le tengo y que utilizó para formarse él y descubrir(se) el camino. Su camino.

Siempre me pregunté cómo hubiera sido ser mamá de nuevo, ya no. Seguro habría diferencias pero ese bebé que no fue no me hubiera tenido solo a mí, hubiera tenido el hermano genial que solo se encuentra en un hijo genial.

Gilles y el Devenir

Estoy en un seminario que se llama Excritura. Leemos filosofía, leemos no ficción, leemos ficción, poesía, crítica. Nos reunimos en una pantalla de zoom, escribimos glosas partiendo de lo leído, charlamos de lo leído. Se me olvida lo mucho que me gusta ser alumna aunque, en este seminario en particular, me siento a ratos la burra del grupo.

Sí, la burra del grupo.

Podría echarle más ganas, podría tratar de demostrar más, pero esa es la cosa, no quiero. Quiero aprender y no demostrar. Quiero leer, subrayar, anotar y no necesariamente apantallar a los demás con lo que estoy aprendiendo. Eso ya lo hice por muchos años y la verdad es muy cansado y, total, tampoco creo que haya logrado demostrar nada.

Estoy, sobretodo, reaprendiendo a escribir. Y esta semana, por una casualidad que tengo ganas de que no lo sea, nuestra lectura fue “La literatura y la vida” de Gilles Deleuze quien vino a recordarme que:

“Escribir indudablemente no es imponer una forma (de expresión) a una materia vivida. La literatura se decanta más bien hacia lo informe,
o lo inacabado, como dijo e hizo Gombrowicz. Escribir es un asunto de
devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida. Es un proceso, es decir un paso de Vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. La escritura es inseparable del devenir; escribiendo, se deviene–mujer, se deviene–animal o vegetal, se deviene–molécula hasta devenir–imperceptible.” GD

En fin que en esta nueva etapa de alumna me acompaño con Deleuze.

Familia de Dos (en modo navideño)

El hijo llegó hace dos días. Trajo café del que me gusta, una tarjeta con una gata en modo queen y muchas historias. Desde hace seis años vive en San Antonio, recién compró lo que yo llamo, Un duplex propio porque decidió que seguir rentando era tirar dinero y que mejor invertir sus ahorros. Un hombre sabio mi hijo de casi veinticinco.

Desde hace años, desde antes de que yo enviudara, hicimos varios acuerdos, celebrar Día de Gracias juntxs es opcional, pero la navidad sí que nos reunimos y no necesariamente a celebrar el nacimiento del niño dios, sino a estar juntos. En año nuevo la misión es hacer cada quién por su parte un plan y marcarnos después de medianoche.

Somos familia de dos, familia de sangre quiero decir, porque nuestra familia se extiende a otras ciudades y países, a personas que -de sangre o no- han sido parte de quiénes somos, personas que vienen al rescate con unas cuantas palabras, en vivo o en mensaje, un café o una cerveza, o su presencia simplemente.

Cuando estaba embarazada de él recuerdo haberme preguntado muchas veces de qué hablaríamos cuando creciera, nunca hubiera imaginado que hablaríamos de todo, de nuestros afectos, nuestras pérdidas, trabajo, viajes, gustos. También de los temores, de las relaciones chidas y las no tan chidas. Ayer hablamos de salud.

–¿Has tenido algo?

— ¿A qué te refieres?

— De salud, algo que yo no haya sabido.

Le conté de un tejido precanceroso que me operaron en 2013, el mismo año que mi hermano murió y que diagnosticaron justo de cáncer a mi madre. Le conté de todo el proceso, de la cirugía, de estar en cama dos días sin deseo de levantarme. Pero no le conté del miedo que tuve porque me preguntaba ¿qué pasará con él si yo no estoy?

No es que piense que no va a poder andar en la vida sin mí, sino que siento gacho nomás de imaginarlo cargando con otro duelo. Porque si somos familia de dos es porque hemos experimentado muchas pérdidas. O tal vez no hayan sido tantas, pero se sienten tan profundo.

Después de hablar de cosas serias, vimos Raising Arizona. Nos reímos del cabello de Nicolas Cage, compartimos una segunda cena con gin tonic y tamales (de Doña Lupita, claro que sí) y mientras nos disfrutábamos de la más graciosa persecución de la película, dentro de mí era yo Holly Hunter abrazando al bebé secuestrado llorando y diciendo: I LOVE HIM SO MUCH.

Eso me pasa con mi hijo y no porque sea mi hijo, sino porque es un ser maravilloso que, seguro, sabrá acariciar la cicatriz que dejan los duelos sin dejar de caminar su vida como él decida.

La de Cincuenta

Me había prometido escribir más aquí. Pero me lastimó la rodilla el turismo, el puesto nuevo y la mudanza y por eso no pude hacer nada.

Hasta ahora.

En una hora cumplo cincuenta años. En una hora alcanzo el medio siglo. En una hora, no, menos, en cuarenta y dos minutos voy a cerrar los ojos y pensar en mi madre, también en mi padre. Le echaré una mirada a mis hermanos. Luego me concentraré en mi hijo. Me quedaré un rato así pensando en mi vida, en lo que he hecho y dicho, en lo que he escrito y no. En lo que estoy siendo.

¿Y qué estoy siendo?

La de cincuenta. Una mujer que da clases y escribe. Una mujer que tiene a las amigas desparramadas entre México y el sur de Estados Unidos. Una mujer que creía haberlo perdido todo entre 2019 y 2020 pero en realidad se recuperó a sí misma y recuperó la escritura.

La de cincuenta es, también, una mujer con temores y manías, una mujer con enormes ganas de seguir siendo ella. O una mejor versión de ella.

Y ahora, con permiso, voy por kleenex.

(foto de Moeh Atitar para El País)

De REGRESO

Desde que se nos acabó el espacio en EstePais (y digo nos porque éramos varias las que escribíamos blogs ahí pero yo creo que soy la única que a) lo extraña, y b) no hizo nada al respecto para continuar escribiendo en otro lado) me he sentido con la cosquilla de reutilizar este espacio y extender un poco más mis piensos, mis descubrimientos, mis ganas de decir lo que quiero decir.

Así que eso. Estoy de regreso y prometo escribir más, compartir más. Ser más.

Ok. no puedo ser más, ya soy mucha.

El de 23

El de 23 se graduó hace un mes de la universidad. Estudió ciberseguridad y tomó un minor en filosofía. Le apasiona la ética. Le intrigan los griegos. Escucha jazz o bad bunny. Tiene un empleo bien pagado, un carro golpeado por la vida, un gato y un grupo de amigos que son su familia.

Lo veo y no lo creo. Siento que apenas hace unos días era el de cuatro. El de cinco, el casisiete.

Cierro los ojos y estamos en aquella casa de Villa Bonita, rentamos dvd’s para ver los domingos mientras comemos alguna tontería. Los abro y está en su escritorio con audífonos y tres pantallas frente a él, resolviendo algo por teléfono con un cliente.

El de 23 es lo mejor que he hecho y no lo he hecho solo yo, se ha hecho él mismo y metimos manita en eso su padre, sus abuelos, su padrastro, sus hermanas postizas, sus tíos, tías, sus amigues. Seguro hay como veintitrés personas detrás de la formación.

Herramienta del Futuro

Soñé que estaba en una casa de campo, con una pareja de mujeres y una chica más que en el sueño adoro y que en la realidad no conozco. Las cuatro platicábamos de familia, vida, gatos, trabajo. Entonces, una de ellas nos preguntó a las otras: ¿cuál es esa herramienta que aprendiste de pequeña y que te ha construido? Alguien dijo, ¿herramienta del futuro, dices?

Escuché las respuestas de las otras, lo sé porque recuerdo sus manos y gestos al hablar pero no recuerdo lo que dijeron, eso es lo malo de los sueños, no lo recuerdas todo. Pero tengo gran claridad sobre lo que yo dije porque, además, lo dije casi llorando.

Comencé diciendo, como toda mujer con síndrome de impostor, seguramente les va a parecer algo muy bobo. Alguna de ellas me dijo que en este mundo ni lo bobo es bobo. Continué:

Cuando era pequeña (nudo en la garganta) mi mamá me mandó a clases particulares de inglés (carraspeo) a casa de la profesora Lilia. Yo odiaba el inglés y odiaba tener que caminar hasta su casa para tomar una clase de casi dos horas todos los días. Éramos un grupo pequeño de alumnes, casi todos de la misma edad. Llegábamos con cuaderno lápiz y pluma. No es que apuntáramos mucho, la clase entera era más que nada oír, repetir, conversar.

No sé cómo le habrá hecho, pero la profesora Lilia nos enseñó inglés sin traducir. Mi cerebro, hasta la fecha, no hace un proceso de pasar lo que escucho en un idioma a otro. Entra y sale tal cual. Comprendo sin traducir. No sé cómo lo hizo tampoco pero la profesora Lilia consiguió también lo que mi madre no: que me interesara naturalmente en leer.

No lo sabía entonces, lo sé ahora (ahora en el sueño frente a esas mujeres que me escuchan con atención) pero el inglés se volvió mi herramienta del futuro: los empleos que he tenido han sido por que sé inglés, la percepción que tengo se ha ido construyendo porque leí en inglés lo que otres leían en traducción y tuve acceso a autoras que, hasta la fecha, no han sido traducidas y con quienes aprendí tanto. Es el idioma del amo, es cierto, el idioma del capitalismo, no hay duda, y sin embargo he crecido en él.

En el sueño agrego que nunca le agradecí ni a la profesora Lilia ni a mi madre las oportunidades que me dieron con esas clases de la infancia y me suelto llorando. Entonces, la chica que no sé quién es pero que es claro que me quiere, me abraza y me pregunta si estoy llorando en inglés o en español y nos reímos todas. Otra de las chicas, nos sirve vino y brinda por mi madre, por las posibilidades del lenguaje y las herramientas con las que hacemos futuro.

Qué puedo decir, yo hasta en sueños me pongo intensa y nostálgica.

Mi gata terapéutica

Adoptamos a Julia y a Winston en 2016. Muy inmediatamente era claro que Winston era mi gato mío de mí y que Julia era la hermana de mi gato, y no nos llevábamos mucho. No diría que nos caíamos gordas, pero tal vez ella sí.

Cuando todo se derrumbó –dentro de mí, dentro de mí– la Julia se sentó en mi regazo y siento que desde entonces no se ha movido. Eventualmente mandamos al Winston a UTSA a vivir con El Hijo y nos quedamos como roommates.

Mientras escribo esto su cabeza reposa en una esquinita de la compu. A veces nos enojamos, o se enoja ella si no le doy su desayuno a las 6:30 am puntualita, a veces me enojo con ella porque hace carrito en mi colcha o porque no se deja hacer su pedicure quincenal.

El resto del tiempo es mi compañera y mi mascota terapéutica. Si me nota cabizbaja o de plano me ve chillando, no se me despega.

Antes no hablaba, ahora lo hace todo el tiempo (y por favor créanme que me refiero a sus maullidos, no piensen que creo que mi gata habla-habla, sé muy bien que solo “habla”). Sé perfectamente cuándo quiere que abra una cortina o cuando decide que es hora de que la acaricie.

Últimamente he pensado que habré de seguir viviendo sola si no para siempre, por mucho mucho tiempo, pero que está lindo pensar que cuando cae la noche, alguien me recuerda que es hora de ir a descansar y que aún los días malos, son buenos porque son días.

Tengo una gata terapéutica y mucho que terapiar, sin duda. Este post, por ejemplo.