El de 23

El de 23 se graduó hace un mes de la universidad. Estudió ciberseguridad y tomó un minor en filosofía. Le apasiona la ética. Le intrigan los griegos. Escucha jazz o bad bunny. Tiene un empleo bien pagado, un carro golpeado por la vida, un gato y un grupo de amigos que son su familia.

Lo veo y no lo creo. Siento que apenas hace unos días era el de cuatro. El de cinco, el casisiete.

Cierro los ojos y estamos en aquella casa de Villa Bonita, rentamos dvd’s para ver los domingos mientras comemos alguna tontería. Los abro y está en su escritorio con audífonos y tres pantallas frente a él, resolviendo algo por teléfono con un cliente.

El de 23 es lo mejor que he hecho y no lo he hecho solo yo, se ha hecho él mismo y metimos manita en eso su padre, sus abuelos, su padrastro, sus hermanas postizas, sus tíos, tías, sus amigues. Seguro hay como veintitrés personas detrás de la formación.

Herramienta del Futuro

Soñé que estaba en una casa de campo, con una pareja de mujeres y una chica más que en el sueño adoro y que en la realidad no conozco. Las cuatro platicábamos de familia, vida, gatos, trabajo. Entonces, una de ellas nos preguntó a las otras: ¿cuál es esa herramienta que aprendiste de pequeña y que te ha construido? Alguien dijo, ¿herramienta del futuro, dices?

Escuché las respuestas de las otras, lo sé porque recuerdo sus manos y gestos al hablar pero no recuerdo lo que dijeron, eso es lo malo de los sueños, no lo recuerdas todo. Pero tengo gran claridad sobre lo que yo dije porque, además, lo dije casi llorando.

Comencé diciendo, como toda mujer con síndrome de impostor, seguramente les va a parecer algo muy bobo. Alguna de ellas me dijo que en este mundo ni lo bobo es bobo. Continué:

Cuando era pequeña (nudo en la garganta) mi mamá me mandó a clases particulares de inglés (carraspeo) a casa de la profesora Lilia. Yo odiaba el inglés y odiaba tener que caminar hasta su casa para tomar una clase de casi dos horas todos los días. Éramos un grupo pequeño de alumnes, casi todos de la misma edad. Llegábamos con cuaderno lápiz y pluma. No es que apuntáramos mucho, la clase entera era más que nada oír, repetir, conversar.

No sé cómo le habrá hecho, pero la profesora Lilia nos enseñó inglés sin traducir. Mi cerebro, hasta la fecha, no hace un proceso de pasar lo que escucho en un idioma a otro. Entra y sale tal cual. Comprendo sin traducir. No sé cómo lo hizo tampoco pero la profesora Lilia consiguió también lo que mi madre no: que me interesara naturalmente en leer.

No lo sabía entonces, lo sé ahora (ahora en el sueño frente a esas mujeres que me escuchan con atención) pero el inglés se volvió mi herramienta del futuro: los empleos que he tenido han sido por que sé inglés, la percepción que tengo se ha ido construyendo porque leí en inglés lo que otres leían en traducción y tuve acceso a autoras que, hasta la fecha, no han sido traducidas y con quienes aprendí tanto. Es el idioma del amo, es cierto, el idioma del capitalismo, no hay duda, y sin embargo he crecido en él.

En el sueño agrego que nunca le agradecí ni a la profesora Lilia ni a mi madre las oportunidades que me dieron con esas clases de la infancia y me suelto llorando. Entonces, la chica que no sé quién es pero que es claro que me quiere, me abraza y me pregunta si estoy llorando en inglés o en español y nos reímos todas. Otra de las chicas, nos sirve vino y brinda por mi madre, por las posibilidades del lenguaje y las herramientas con las que hacemos futuro.

Qué puedo decir, yo hasta en sueños me pongo intensa y nostálgica.

Mi gata terapéutica

Adoptamos a Julia y a Winston en 2016. Muy inmediatamente era claro que Winston era mi gato mío de mí y que Julia era la hermana de mi gato, y no nos llevábamos mucho. No diría que nos caíamos gordas, pero tal vez ella sí.

Cuando todo se derrumbó –dentro de mí, dentro de mí– la Julia se sentó en mi regazo y siento que desde entonces no se ha movido. Eventualmente mandamos al Winston a UTSA a vivir con El Hijo y nos quedamos como roommates.

Mientras escribo esto su cabeza reposa en una esquinita de la compu. A veces nos enojamos, o se enoja ella si no le doy su desayuno a las 6:30 am puntualita, a veces me enojo con ella porque hace carrito en mi colcha o porque no se deja hacer su pedicure quincenal.

El resto del tiempo es mi compañera y mi mascota terapéutica. Si me nota cabizbaja o de plano me ve chillando, no se me despega.

Antes no hablaba, ahora lo hace todo el tiempo (y por favor créanme que me refiero a sus maullidos, no piensen que creo que mi gata habla-habla, sé muy bien que solo “habla”). Sé perfectamente cuándo quiere que abra una cortina o cuando decide que es hora de que la acaricie.

Últimamente he pensado que habré de seguir viviendo sola si no para siempre, por mucho mucho tiempo, pero que está lindo pensar que cuando cae la noche, alguien me recuerda que es hora de ir a descansar y que aún los días malos, son buenos porque son días.

Tengo una gata terapéutica y mucho que terapiar, sin duda. Este post, por ejemplo.

corazón doblado y el alma revuelta

tengo el corazón doblado. roto no, solo doblado. eso ocurre cuando se cierra un episodio y decides que es mejor dejarlo así, cerrado. el doblez de este corazón es particular. lo siento en la orillita del lado izquierdo, en la parte superior. el doblez provoca una punzada. la punzada, además, tiene efectos secundarios en el hombro izquierdo (el derecho, por cierto, está mucho mejor).

tengo, además, el alma revuelta. asuntos de familia en los que me niego a ahondar, porque ahondar sería hundirse y hundirse al fin de semestre, cuando hay tres tesis que cuidar y mucho qué escribir no es opción.

tengo el corazón doblado y el alma revuelta, sí, y sin embargo todo lo aprendido en los últimos dos años con la terapia, con las amigas y con la meditación me ha permitido no volcarme a la adicción del trabajo ni anclarme en la cama. sin negación.

y miren que la negación es un arte y yo lo hago muy bien. pero ese arte no lo performo ahora, vivo el corazón revuelto y el alma doblada como lo que son.

y ya.

drive yourself home

me llevé a casa. y cuando digo casa me refiero a hermosillo. me llevé allá a ver a mis amigas, a subsanar el espacio. también a una boda. subsané el espacio, se me abrió una herida (por tercera vez, gracias) pero en la boda me veía guapísima y me divertí mucho.

fueron momentos carrusel, llanto, risa, charla (no necesariamente en ese orden) con mis amigas. también hubo espacio para la intervención, ya sabes cuando tus amigas con todo el amor del mundo te dicen: túmbate el rollo, en serio, túmbatelo.

el lugar se sentía distinto, el clima igual, mis amigas mejor que nunca.

la mañana del lunes, antes de tomar carretera me acerqué al más hermoso árbol de palo fierro y le prometí florecer en amarillo. me prometí florecer en amarillo. me dije que solo miraría atrás para asegurarme que todo está atrás y enfocarme solo en lo que tengo enfrente.

la luz de adelante es la luz que alumbra, decía el boricua. y sí.

hay luz.

después me llevé a casa. acá, en la texanía, donde hay otros árboles, otras amigas y el espacio que construí yo para mí y que no puedo volver a olvidar.

lo recomiendo, drive yourself home, se sentirá mejor.

hoy

hoy volví a llenar los papeles. hoy reescribí la carta. y todo porque ayer fui al cementerio y pensé que era momento de poner orden.

hoy te tuve en mi cabeza. hoy me pregunté cosas que ni se me habían cruzado por la mente y pensé que este era otro de esos círculos del duelo.

hoy tuve ganas de un abrazo. hoy tuve ganas de hablar con mi mamá. y es que a veces, pesa un poco vivir solo conmigo.

a veces, solo a veces.

hoy, por ejemplo.

entre el extrañamiento y el entrañamiento

me choca no tener razón. más aún, me choca que otra gente la tenga. por ejemplo todas aquellas personas que hablan de las etapas del duelo, las odio a todas porque tienen razón, ocurre exactamente así: negación, rabia, negociación, depresión y aceptación.

sigo sin tener claro si pasé por la negación y creo que la negociación fue corta, pero la rabia sí que estuvo y estuvimos ella y yo ancladas un buen rato. inició el 2 de noviembre de 2019 y se cerró el 31 de diciembre de 2021. soy virgo, no me juzguen, tengo memoria para lo que me conviene. lo cierto es que yo pensé que la depresión había pasado ya, que había coexistido con la rabia. y no imaginaba que volvería o que no se hubiera ido.

bueno, no creo que sea depresión, creo que es tristeza. creo que una vez que la rabia de lo ocurrido (lo doblemente ocurrido) ha pasado, la tristeza se ha dejado ver, nunca se fue solo que había otras prioridades.

todo esto para decir que estoy triste, van a cumplirse dos años y aunque he estado triste (pero también enojada) por tu primer partida, toca el turno de asumir la otra, la rotunda. estoy triste porque te extraño. te extraño porque te quise te quiero te voy a querer siempre porque así es el corazón, una casa que aún en la ausencia le mantiene la habitación tal cual a quienes llegaron a habitarle.

vivimos momentos entrañables, se acerca el que más esperábamos, la graduación del hijo. dice que no quiere ir a la ceremonia ni nada al respecto. me enoja un poco pero lo respeto, supongo que también deep down me alivia, así no estaré ahí parada volteando a la silla de la derecha donde, seguro, te hubieras sentado.

una cosita más. ¿dónde quedó la cremita esa mágica para mi dolor del hombro? ese dolor también ha vuelto y no es casualidad.

adiós al semestre

creo que desde septiembre no escribo aquí. creo que desde septiembre no me asomo a este espacio que, de todas maneras, ya tenía medio abandonado. ha sido un semestre más intenso, llamémosolo intenso, que los demás. nuestro primero en clases frente a frente tras la pandemia (que no sé por qué digo tras si todavía la habitamos). nuestro primer semestre negociando afectos (digo nuestro pero en realidad quiero decir mi). mi primer semestre con la depresión bajo control, aunque la ansiedad sigue dándonos sustos. mi primer semestre sin los ayunos que guiaron mi vida los tres anteriores.

le digo adiós al semestre y le digo adiós a muchas otras cosas. ayer, por ejemplo, le dije adiós a un dolor que tenía en el costado y que por doler me dolía hasta el aliento. le di entonces la bienvenida a un aquí y a un ahora que me invita a estar en el momento y ser en el momento sin máscaras ni sonrisas de todo bien. digo lo que siento y siento lo que digo. supongo que aparte de decirle adiós al semestre le digo adiós al pretender.

adiós, adiós.

siete

el seis de septiembre se cumplen siete años de tu partida, madre y no creo que haya un día en que yo no piense en ti, en que de alguna manera te asomes en mi mente. a veces en forma de sueños, a veces en forma de recuerdos, pero más frecuentemente en forma de gestos. tus gestos en mi rostro, en mis manos. tu manera de decir esto o aquello. a veces, frente al espejo, me sorprendo yo misma. nuestro parecido es enorme. y no.

hay muchas cosas de ti que no heredé. la paciencia, por ejemplo. cuánta de esa le tuviste a mi papá. cuánta de esa nos tuviste a todos y cada uno de tus cuatro hijos. te extraño.

desde tu partida las cosas han sido como de carrusel, momentos y experiencias encabronadamente buenas y momentos y experiencias tan de la chingada. no te gustaría saber quiénes murieron después de ti, quienes no aparecen. tampoco a quienes no buscamos o no perdonamos del todo. no te haría feliz saber que tus hijos hemos perdido un poco el contacto unos entre otros. excepto patricia y yo. pero eso te lo debemos a ti que mucho me pediste que viera por ella.

eso hago.

madre, me separé, enviudé, enfermé y sané. recupero lentamente la fe en mí. dejo que sanen mis heridas y mantengo la vista puesta en las cicatrices. lo que no logro, madre, lo que no voy a lograr nunca es darle otro lugar a este duelo por tu ausencia, entender que la vida es así. eso no puedo.

me haces falta, siete años y me haces falta y serán otros siete o diecisiete y me seguirás haciendo falta.

EL LIBRO DE AISHA

Después de años de escribir-no escribir, pensar-no pensar en cómo resolver este libro, helo aquí ya en esta edición corregida y aumentada. Siento que finalmente cerré un ciclo y, en ello, fortalecí los lazos con mi hermana y con la yo que un día creyó que no le tocaba escribir esto y que terminó aprendiendo que sí, que le tocaba. Porque este es también El libro de Sylvia.

Una entrevista aquí y otra aquí.

Un Alma Cercana