una verdad y una mentira

Yo  no sé por qué  me hago esto. Mayo-Junio serían mis meses de nohacernada después de, no lo olvidemos, hacer  todo y más. Pero a mí me dicen, ¿quieres dar un curso de? ¿te interesa organizar un  taller de? ¿no  quieres tomar una clase con? y antes de que acabe la oración yo ya dije  sí, firmé y comencé a teclear.

Así pues, la semana pasada comencé dos cursos y  para uno de ellos, en la sesión de ayer, decidí iniciar con el viejo y gringo truco de: dinos una verdad y una mentira. Todes compartieron cosas graciosas, interesantes, otres inverosímiles y al mismo tiempo tan creíbles. Para crear  un diálogo horizontal me metí al ruedo y dije mi verdad y mi mentira:  estuve casada con un soldado  y fui a una  guerra.

Hay cosas que cuando se dicen en voz alta parecen salidas de la boca de alguien más. Me pasa todo el pinche tiempo. ¿Por qué no dije que estudié administración de empresas  y que tejo  cobijas? ¿Por qué no compartí que de niña me decían Tomasita y que odiaba la comida picante? ¿Por qué dije soldado, guerra?

Fácil: porque es pintura  fresca.

Estuve casada con un soldado  y fui a la guerra. ¿Cuál es la verdad, cuál la mentira? ¿Cuál es la más verdad  de las  verdades?

Ocurre entonces que cuando quiero mentir no  puedo, ocurre que cuando  sí toca narrar y elaborar,  just for  laughs and gigs, lo que sale de mí es una verdad incuestionable.

Así que en adelante, o aprendo a decir mentiras o a buscar mejores verdades  o me dejo  de  cosas y no vuelvo a  utilizar este ejercicio que  no  rompe hielo, rompe pelotas. Las mías, por ejemplo.

dos buenas noticias

que todavía no puedo compartir.

dos hermosas noticias.

dos regalos dentro de  todo este  caos que han sido los últimos seis meses

no, regalos no. no son regalos: son el resultado de trabajar muchísimo. y hablando de trabajar, en CasaOctavia tendremos nuevos  proyectos.

 

 

21

el de 21 tiene clarísimo que el tequila y él no se llevan bien. me llamó el otro día para contarme que tuvieron una  fiesta socialmente distante él y sus dos roommates y el vecino de arriba (o sea, su crowd de siempre desde el inicio de la pandemia). alguien llevó tequila y el de  21 dijo “not for me”.

“pero entonces, Jefa…” sí, me llama Jefa desde que tiene 15 años y no saben cuánto amo que me diga así. “entre las risas y el desmadre adivina ¿quién empezó a gritar shots, shots, shots-shots?”

él, claro.

me llama y tiene una cruda infernal. me llama y me hacer reír a carcajadas por, claro, sus pendejadas. me llama y, después de sus alcohólicas  anécdotas me  pregunta cómo estoy, qué leo, qué he comido, cómo me siento. sus preguntas no son de esas que se hacen nomás porque sí.

mi hijo espera respuestas, por eso construye  preguntas.

por eso, también, está haciendo un minor en filosofía. y le mama  Sartre. veremos por cuánto tiempo.

pero, volvamos a sus preguntas. sus  preguntas siempre son  para generar un diálogo, siempre son para  escuchar y comentar sobre lo que tengo que decir, para alivianarme por  entero.

por ejemplo, si le digo que tengo puro antojo de comida chatarra me dice: “dátela, al rato te harta y vuelves a las ensaladas”.

si le digo que tengo puro antojo de ensaladas me  dice: “pero pues un taquito de  vez en cuando no hace daño”

si  le digo que me siento triste: “me dice está bien, es normal, en estos meses fuiste a Mordor y sobreviviste, date chance”

y podría continuar con miles de ejemplos que se quedarían cortos cuando lo que yo solo trato de decir es que mi  hijo de 21  años es lo mejor de los últimos 21 años de mi vida.

mis dientes no tienen historia, dije.

una vez, hace muchos años, un hombre me tumbó la mitad de un diente. decidí hacer como que no pasó nada. qué más da un cachito menos de diente. qué más da, está  el resto:  puedo morder, puedo  sonreír, dije.

hasta que no pude ni lo uno ni lo otro.

el daño eventualmente se volvió  tan profundo que hubo que tomar medidas extremas. poner un cachito de diente postizo feo, incómodo, de otro color. un cachito de diente falso que un día se rompió.

hubo que poner un puente.

el  puente era una máscara, o más bien un ejercicio de ficción, el relato que una hace cuando le es imposible contar la verdad porque duele, porque avergüenza, porque victimiza. el puente que cubría lo que solo yo sabía. el diente no tenía historia, me convencí. pero era algo.

un secreto dental.

(mi madre decía que a los dientes hay que cuidarlos siempre, que una buena dentadura es símbolo de bienestar, salud, cuidado.)

mi secreto dental.

el  diente, o lo  que quedaba de él comenzó a molestarme la semana pasada y decidí, como cuando me lo rompieron, ignorarlo, hacer como que no pasaba nada. fingir  que el dolor era una migraña chueca.

no, no era una migraña. era ese diente que quería que yo dejara de fingir.

hoy fui al dentista y resulta  que el diente y su vecino de al lado necesitaban  endodoncias. sé más de endodoncias que de salud dental y mental. sé más  de nervios necrosanos  que de autocuidado.

sépanlo: no me dolieron  las seis inyecciones, tampoco el taladro ese, mucho menos las manos enormes y enguantadas del dentista en  mi pequeña herida boca. me dolió  saber que el remedio estuvo en  mis manos siempre, me dolió darme  cuenta  que hacer como que mis dientes no tienen historia fue otro modo de normalizar la violencia.

mis dientes sí importan  y hoy le quitaron lo que quedaba de vida a dos de ellos y me da  tristeza, me  da rabia.

pero también me da una enorme fuerza.

nadie volverá a tocar mis dientes, me he  prometido, nadie tocará mi piel, nadie va a entrar  a lastimar cualquier  rincón de mi mente jamás.

nadie, dije, nadie.

 

seis y dos

han  pasado seis meses del desborde. seis meses de mudar todo, incluída la piel. seis meses de romper un patrón, un hábito. seis meses de alejarse física, social, mental, emocionalmente de una vida.

hace seis  meses, también, que comencé a reconectar conmigo. meditando, alimentando de nuevo modo el todo: lo físico, lo social, lo mental, lo emocional, hasta lo nutricional.

son seis meses de guardar silencio y  cerrar los ojos por 5, 10, 15, 20, 25 minutos por la mañana y luego por la noche y dejar que los  pensamientos se vuelvan nubes que transitan.

seis meses de tránsito.

hoy se cumplen, también, dos meses del derrame. dos meses de cruzar esa frontera entre el antes y el después, del siempre y del nunca, del estar  y no. ya no. ya nunca.

seis y dos meses que se sienten años.

Soy la flor encendida que da color al jardín de tu vida

soy la flor. sí. soy

soy la flor encendida que da color al jardín de mi vida. no de la tuya, ¿cómo voy a ser la flor encendida que da color al jardín de tu vida si no te conozco? pero sí soy, sí soy la flor. soy mi flor.

eso es lo que pasa cuando oigo una  y otra vez a natalia lafourcade. eso es lo que pasa cuando la oigo como quien quiere leer una solución una enseñanza un mandamiento.

eso pasa cuando la casa se vuelve el único lugar que se recorre día con día. eso pasa cuando la casa se vuelve tu jardín y no hay nadie sino tú, o sea yo. entonces soy mi flor encendida y le doy color al jardín de mi vida.

¿cómo? pues siendo.  siéndolo.

deja que el hielo se derrita en tu lengua piensa en el agua

eso me dice n cuando de la nada me escribe para preguntarme cómo estoy y yo justo, justísimo en ese momento, en vez de decirle que bien, que estoy guardándome, que estoy manteniéndome ocupada –que es lo que normalmente haría, o bien  lo que  haría la sylvia pre-covid, pre-terapia, pre-duelo– le digo que he perdido el estuche de mis airpods y que me estoy volviendo loca buscándolo. le digo que me tiemblan las manos, le digo que quiero llorar, le digo que había pasado tan buen día, le digo que no es posible que me ponga así por un estúpido estuche de audífonos. le digo que me enoja que sean justo  las  cosas pequeñas pequeñísimas las que me hagan perder el control considerando que aquí en todas partes cosas grandes grandísimas están ocurriendo. fosas, están construyendo fosas comunes para los muertos. la gente no puede acercarse a los suyos ni despedirse de los suyos ni tener el funeral de los suyos. esas  últimas cosas no se las digo, solo las pienso  pero como si me leyera  la mente me dice que es  obvio que no estoy perdiendo el control por un estuche de audífonos. le insisto que sí. me dice que no, le digo  otra vez que sí y entonces  me marca. n nunca me llama. con n mi comunicación es solo por texto y muy-muy esporádica. ¿estás dispuesta a hacer lo que yo te diga? te va a hacer sentir mejor. como no le contesto, n toma mi silencio como  un sí. abre el congelador, me dicta, agarra un hielo. métetelo en la boca,  siéntate en tu cama o en tu sillón  y deja que el hielo se derrita en tu lengua piensa en el agua. siente lo frío, siente cómo se derrite, piensa en eso, solo piensa en  eso. esto  es  un ataque de ansiedad, solo eso y es normal. deja que el hielo se derrita en tu lengua piensa en el agua, me repite dos veces más.

ya no tengo el hielo en la boca pero si cierro  los ojos puedo  sentirlo otra vez. mi ansiedad se derrite en mi  lengua se vuelve agua.  se derrite. se.

somos. cuerpos.

“Como el contagio se lleva cabo por cercanía, especialmente a través del sistema respiratorio y el tacto, tenemos que ser conscientes de que somos cuerpos.”

Cristina Rivera-Garza, aquí.

polvo de hornear, mas polvo enamorado

yo que nunca horneo. yo que jamás intento hacer cosas que no son de cajita. yo que poco me asomo a los recetarios. yo, sylvia, lo que más deseo ahora es hacer esa receta de galletas de avena o de azúcar que acabo de toparme pero no tengo polvo de hornear, ni bicarbonato, tampoco tengo suficientes arándanos ni azúcar morena. me da un poco de terror usar mis huevos en esto y, por si fuera poco, hay poca leche y casi nada de mantequilla.

¿es que acaso la pandemia está aquí para inyectarnos el deseo de hacer cosas que normalmente no hacemos y, además, demostrarnos que no podemos ni soñar con hacerlas porque eso implicaría ir al super justo cuando hemos prometido quedarnos en casa?

o tal vez no es la pandemia, sino yo. es más, lo admito, soy yo. no me hace daño el encierro de casa, sino las libertades que se permite mi mente. ayer, por ejemplo, mi mente se tomó la libertado  de soñar con un verano en la playa. (palabras problemáticas: soñar, verano, playa).

díganmelo: pues pide mandado a domicilio, sylvi, así yo les puedo contestar que en realidad tengo todo lo demás y no necesito nada para sobrevivir una semana más, y que mi lujo del antojo de galletas significa que alguien que debería estar en su casa trabaje para satisfacerme a mí.

y nel.

lo cierto es que quiero polvo, pero para hornear mis malditos antojos. sí, que sean polvo, mas polvo enamorado.