EL PATIO Y LOS LIBROS

Hace unos días una amable lectora de este sitio me dijo que quería saber sobre el patio y los libros. Es decir, mi nuevo y flamante patio y los libros que revisaremos Donovan y yo. Aquí va.

EL PATIO:
Después del lamentable incidente del hombre que se metió a mi patio y se sentó en mi silla y que asumo que tenía intención de robar, hice cambios. Se subió más la barda, se enjarraron las bardas, se puso una gravilla, se sacaron las sillas de patio que se guardaban pudorosas, se compró una sombrilla, se sacaron unos bancos de plástico y voilá, convertimos ese lugar en el espacio perfecto para pasar una mañana asoleándose, una tarde leyendo y refrescándose o una noche tomando cervecitas heladas, té helado o vodkas con jugo de uva a la luz de la luna. El juanan dice que va a ahorrar para comprar una alberca inflable. Ya lleva doscientos pesos.

LOS LIBROS:
El verano pasado Donovan y yo vivimos juntas y asistimos juntas al laboratorio fronterizo de escritores para trabajar en nuestros proyectos escriturales que desde entonces para acá han crecido y tomado formas curiosas. El de Donovan es un libro maravilloso que toma la idea de los pop-up books infantiles (esos libros que uno abre y le brincan las imágenes o mueve palanquitas para que salgan o se muevan cosas), pero el suyo es un poemario divino donde las letras y las palabras enteras llueven, se mueven, aparecen, se deslizan. El de Sylvíssima es un libro (que cualquiera llamaría novela pero que ella llama libro) que narra a una mujer partiendo de su familia, sus fotos, sus tesis, sus postales, su ropa. Es un libro baúl. Es un libro objeto. No narra sobre un personaje, narra a un personaje.

Los libros, se discutirán en el patio. Y el patio, seguramente, aparecerá algún día en algún libro.

AH, LAS TELENOVELAS

Cuando era pequeña yo las llamaba tenenovelas. No me las dejaban ver, es el destino de las hijas de profesoras, “nada bueno trae ver telenovelas”. Pero de algún modo y a escondidas me las ingenié para ver algunos capítulos de Los ricos también lloran, La colorina, La fiera y vaya usté a saber cuáles otras. De los ricos aprendí a mover mi cabecita y mi cabellera como la Verónica Castro y a creer que probablemente yo fuera adoptada, que esa no era mi familia, que alguien millonario iba a venir a reclamarme como propia algún día. De la colorina no aprendí nada excepto a enamorarme de los no agraciados: mi novio era el Héctor Bonilla que para colmo estaba en silla de ruedas y tenía un genio de los mil infiernos. De la fiera aprendí que a las suegras hay que temerles. Debo haber visto otras tenenovelas, pero esas tres son las que recuerdo porque las vi antes de cumplir los ocho, diez años. Muy seguramente mis aún ataques de drama queen son dignos herederos de los vistos durante esta época.

Saco esto a colación porque ayer veíamos un programa en el canal 5 y cuando se acabó comenzó la telenovelilla esta de Lola Noséqué. Yo estaba en la cocina cuando oí la musiquita y el AAAIIIISHHHH de mi hijo quien piensa que, y cito: “esa telenovela es absurda, pura risa, puro amor y puro drama” (y acto seguido, apagó la tele). “Pues de eso se tratan las telenovelas”, le dije, (no para defender el “género” sino, claro, por tener algo que decir). “Ja… luego me vas a decir que de eso se trata la vida”, me contestó enfático y casi furioso.

Por supuesto, no dije nada. ¿Qué le iba a decir?

El Juanan tomó su pistola de agua, hizo señas que decían algo así como “voy a jugar afuera”, dije que sí y cerró la puerta diciendo: “odio las telenovelas”. Yo me quedé pensando que de ser Verónica Castro, Lucía Méndez o Victoria Ruffo, ya le hubiera soplado una cachetada al chamaco o bien me hubiera ido a sollozar (que no llorar) a un diván de piel. Pero no soy ninguna de ellas, y yo sólo me quedé en casa pensando en que necesito tomar una clase de filosofía, de maternidad avanzada o algo por el estilo.

Ah, las telenovelas, nomás lo meten a uno en problemas.

DONOVAN

Pues el integrante principal de la casa de colores, donde viví el año pasado durante el verano, viene a Hillo. My very philadelphian Donovan llega el 24 y se queda casi diez días. Me ayudará a afinar los últimos detalles del super patio (uy, les debo un post sobre el super patio), revisaremos su libro y mi libro. Prepararemos largos almuerzos aderezados con intensas charlas. Estoy segura de que con ella llegará una dosis estratosférica de serotonina y de colores.

Can’t hardly wait.

COMO UNA NIÑA

Esto es lo que veo por la ventana.

Como una niña.
Como una niña enferma que se cobija con su fiebre.
Como una niña que lee un cuento.
Como una niña que está sola con sus ojos
que en el sueño la arrastran,
y en el sueño se pierde, sin retorno.
Como una niña que ve una película vieja, desteñida,
de ternura remota, incomprensible, y dulce y dolorosa
aunque todos los actores están muertos.

Adriana Díaz Enciso, Nieve

EL DÍA QUE SE ME ROMPIÓ EL CALZÓN (relato penoso)

Bien. Pues es lunes. Y el lunes siempre me ocurre algo. En lunes he olvidado las llaves de la oficina. En lunes He dejado mi almuerzo en casa. En lunes He olvidado ponerme aretes, pintarme las pestañas, traer el reloj, ponerme cinturón. En lunes ocurren cosas que considero graves. Pero ninguna de estas casualties of war es remotamente parecida a lo que ocurrió ese día.

Ese lunes viví la fatalidad. Imagínense: Estoy en el baño. Todo es perfecto, es decir, todo va como debe de ir: el baño está limpio, hay papel higiénico suficiente. Todo es perfecto. Entonces, me levanto de la taza, trato de subir mi ropa y PRAP (lo siento, el sonido yo lo recuerdo como un PRAP) mi calzón se desgarró. No era viejo, bueno, tampoco era nuevo. Era un buen calzón. Pero, en todo caso, ahora sólo era un calzón roto. Desgajado completamente. Miré a todos lados, como si en ese pequeño cubículo en el que estaba yo sola, alguien me hubiera visto. Claro, no había nadie. Tampoco escuché algún tipo de voz diciendo “¿qué fue ese PRAP?” No. El hecho había permanecido invisible para el resto del mundo.

Creo que pasaron dos o tres segundos. Miraba la situación, miraba el calzón. Pensaba qué podía yo hacer. ¿Y qué podía yo hacer? tirarlo, me dije, tirarlo. Igual y traigo mallas y traigo pantalón… (sí, es invierno recuerden y en invierno yo uso mallas bajo el pantalón), no pasa nada. Me lo quito, me dije. Me disponía a jalarlo un poco del lado izquierdo y algo me detuvo. Pensé “esta es una escuela, trabajo en una escuela y si alguien encuentra un calzón roto tirado en la basura de una escuela puede pasar lo peor”. Después agregué: “pero ¡quién va a revisar el bote de basura de una escuela?”.Era una estupidez. Intenté quitármelo otra vez pero luego la idea no me pareció tan descabellada, “puede haber cientos de implicaciones por el simple hecho de que un calzón roto aparezca de la nada en el bote de basura de una escuela”, pensé con la la madurez y paranoia que me caracterizan.

Tomé una decisión “sensata”, reacomodé un poco aquí y allá, es decir, hice algo así como fajarme el calzón entre las mallas y el pantalón (y si una de ustedes sigue pensando ¿por qué demonios traías mallas bajo el pantalón? Ahórrenselo, ya les he dicho yo me pongo mallas bajo el pantalón en el invierno).

Salí del baño, me miré en el espejo. Traté de asegurarme de que el asunto no se notara. Claro, no se notaba, ¿cómo se iba a notar?, ¿quién lo iba a notar? Pero viví una incomodidad perpetua pensando en que alguien lo iba a notar. Pasé el día diciéndome: “me lo voy a quitar” y contestándome “no, cómo me lo voy a quitar”. Me acordé mucho de ti Concha, ¿se acuerdan? En aquella larga y profunda discusión sobre la funcionalidad de las tangas, nos dijo: “¿traer algo atorado en el trasero todo el día? ¡no señor! mejor no traer nada”. Claro, lo mejor era no traer nada. Pero yo simplemente no pude.

Por la tarde, ya en casa, me quité el susodicho calzón (y me puse otro, claro) (me quité las mallas, de paso). Y me daba risa y me daba un noséqué pensar que cualquiera de ustedes, en una situación similar se hubiera quitado el calzón sin más. Pero yo no pude. Entendí entonces tantas cosas de mí. Y ese lunes, el día que se me rompió el calzón, pasé la tarde llorando.

NO LO HAGA

Sé que quiere llevar a su hijo a ver el Hombre Araña 3. Sé que está prácticamente obligado, considerando que su hijo vio la 1 y la 2 y que ha estado esperando casi dos años por la 3. Lo ideal sería que usted lograra convencerlo de que espere a que salga el dvd. No lo logrará, lo sé así que tome en cuenta mis siguientes instrucciones:

1)Procure engañar a su hijo y decirle que van a ver la doblada y métase a la subtitulada, ahí habrá menos niños a su alrededor. (claro que eso implicarea que usted le lea la película por dos horas y media).

2) Si opta por ver la película doblada elija el horario más nocturno, habrá menos niños de seis para abajo.

3) Si va a verla temprano, seleccione con inteligencia su asiento. Lejos de niños pequeños, de papás o mamás pasivos, lejos de niños que tienen palomitas, sodas y panditas en la misma mano. Lejos de la entrada y, muy importante, lejos de niños que traen puesto algo del hombre araña, créame estos niños tienen la tendencia de platicar a detalle la primera y la segunda película a sus papás.

Lo mejor sería que usted no lo haga, que no lleve a su hijo, que lo mande con un tío, primo, abuelo. Además, la película no es tan bueeeena…

11 DE MAYO

Parte final de un discurso imaginario dirigido al público del salón del expo forum a las dos de la tarde:

“y por supuesto, a mis padres por su apoyo constante y a mi hijo quien decía siempre con orgullo que su mamá, como él, también estudiaba”

DIEZ DE MAYO MÁGICO Y TROPICAL…

Cuando estaba en tercero de primaria la profesora Aurelia nos tuvo semanas y semanas practicando una canción para el Festival del Día de las Madres. Yo imagino que ensayamos mucho o la profesora Aurelia era realmente muy buena para hacernos memorizar cosas porque aún hoy me acuerdo de la canción y de su tonadita perfecto. Es una canción que nunca he vuelto a escuchar en ningún lado, ningún festival, ninguna radio, ninguna fiesta. Inicia: “diez de mayo mágico y tropical, diez de mayo, sueño primaveral, son tus flores símbolo del amor…” no sé si logramos conmover a nuestras mamás aquella vez, pero sé que cantándola yo no se me conmueve nada. Por supuesto, la canción se me viene a la mente este día, cada año.

En fin, es lo único que se me ocurre escribir hoy por este día. Ah y por supuesto felicitar a mi mamacita santa, a mi hermana con sus muchos hijos y su mucha distancia, a nuestra Marcelita mamá de mi super sobrino; también claro a la mamá de todos nosotros: la Marigé, a mis compas que también son mamás: la natalia (a.k.a: la rats), la eli, la ara, la shaula, la lore, la tere pimienta. Se me ocurren también un par de amigos que han sido como madres para mí, pero si los menciono, seguro me rompen la…

ZANAHORIA RALLADA

El primer suicidio es único.
Siempre te preguntan si fue un accidente o un firme propósito de morir.
Te pasan un tubo por la nariz,
con fuerza,
para que duela
y aprendas a no molestar al prójimo.
Cuando comienzas a explicar que
la-muerte-era-la-única-salida
o que lo hacespara-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,
ya te han dado la espalda
y están mirando el tubo transparente
por el que desfila tu última cena.
Apuestan si son fideos o arroz chino.
El médico de guardia se muestra intransigente:
es zanahoria rallada.
Asco, dice la enfermera bembona.
Me despacharon furiosos,
porque ninguno ganó la apuesta.
El suero bajó aprisa
y en diez minutos,
ya estaba de vuelta a casa.
No hubo espacio dónde llorar,
ni tiempo para sentir frío y temor.
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.
Cosas de niños,
como si los niños se suicidaran a diario.
Busqué a Hammett en la página precisa:
nunca diré nada sobre tu vida
en ningún libro,
si puedo evitarlo.

Miyó Vestrini

EL RELATO COMO BUNGALOW

Prólogo a Ya no te necesito:

“… en Estados Unidos prestamos poca atención a los relatos (…) que son vistos como productos improvisados en el extremo inferior de la escala de magnitud, digamos como los bungalows en el mundo de la arquitectura. Pero la verdad es que preferiría que no se alterase esa actitud. La relevancia que se concede a la grandiosidad nos deja esta forma de arte en la que el escritor aún puede ser tan conciso como su tema realmente requiera. En el relato breve no tiene que decir más de lo que sabe en aras de la forma. Hay en el relato un tono de voz que, en medio de la presuntuosa grandilocuencia de nuestros días, aún invita a quien lo desee a decir o soltar su verdad de una sentada”.

Arthur Miller