YA NO LA NECESITO

Una vez mi mamá se llevó a caminar a mi hijo a la pista universitaria. En esa época mi mamá iba a caminar ahí todas las tardes. Dos, tres vueltas. Al final de la segunda vuelta y a punto de iniciar la tercera mi hijo, de entonces seis años, le dijo: “Abuelita, esta vuelta yo ya no la necesito” y sin más, se detuvo. Mi mamá sonrió y le dijo: “Está bien”. Caminaron al carro, se subieron y volvieron a casa.

Hoy a las casi ocho de la noche, después de una intensa charla sobre las hermanas y sus vidas, me he dicho, en voz bajita mientras lavo los trastes: “esta vuelta yo ya no la necesito”. Y mi vuelta no es una vuelta, sino una novela. A lo mejor es mi justificación o mi respuesta a la pantalla que me mira y me dice escribe, a las hojas ya impresas que me dicen (re)léeme, y a quienes olímpicamente ignoro.

Quizá sea así de simple, esa novela ya no la necesito. Mi hermana apareció, llamó, escribió. Mi hermana ha vuelto a tener voz y forma. Mi hermana es su letra pegadita en un papel, es la voz de su hijo en el teléfono, es mi amiga de cabello rosado, es la memoria que se cuelga uno como arete. Mi hermana es la novela que un día escribí y no terminé.

No lo sé.

Quizá hoy, a las nueve, diez, once de la noche cambie de opinión y comience a escribir.

No lo sé.

Pero debe ser muy distinto escribir una novela por escribirla que escribir una novela por necesitarla. Muy.

TINTEROS ENCANTADOS

Así llamaba Joyce a las doce, trece, ¿catorce? casas en que vivió cuando era pequeño. Mudanza como resultado de la economía, la flaca economía. Eso, eso dice la biografía del irlandés, del novelista, del hombre más admirado por la descomposición de sus letras. Y es que hoy me llegó ese libro, viajó desde Monterrey y aterrizó en mis manos.

“Había una vez un hombre que iba por un camino en Dublín y se dio a sí mismo el nombre de Dédalo el Hechicero, constructor de laberintos y artífice de alas para Ícaro, que voló tan cerca del sol que se cayó, del mismo modo que el dublinés y apostólico James Joyce cayó en las profundidades de un mundo de palabras…”

Sí, así como las casas de la infancia de Joyce, las palabras de la biógrafa Edna O’Brien, son -también- tinteros encantados.

O’Brien, Edna. Joyce. España: Mondadori, 2001.

TEJEDORAS

Después de un microcurso matutino y después de una deliciosa comida en el Chat Noir, dirigimos nuestro sábado a la colonia 5 de mayo. Sillas en el porche, bebidas en el piso y al centro. Mi grupo de amigas (algo parecido al Club de Tobi pero con puras Lulús) (o Mafaldas) tejió y destejió. Unas de nosotras tejimos y/o destejimos literalmente ( o debería decir, estambradamente) y metafóricamente.

Las palabras y las anécdotas recorrieron escuelas, casas, familias, ciudades, exes, más exes, trabajo, hijos, futuro previsto e imprevisto. En el inter se inició y se terminó una bufanda y se inició, y probablemente nunca se termine, un algo circular color verde.

¿Qué tienen las reuniones de mujeres que la dejan a una con un entusiasmo envidiable? No lo sé y tampoco tengo ganas de averiguarlo. Pero ese sábado entre mocosa y ojerosa me reí como siempre he dicho que nunca me he reído.

TODO INICIÓ CON LOS MEÑIQUES (rlto)

Todo inició con los meñiques. Escribía -o trataba de escribir- la palabra niña y no podía. Se quedaba en ni. Las últimas dos letras no aparecían, trataba de mover uno y otro, derecho y luego izquierdo y nada. Fue sólo -tras un breve pero intenso esfuerzo- que finalmente aparecieron, una y otra letra: la ñ y luego la a; y la escritora fue capaz de terminar el sustantivo que después acompañó por un verbo. Se detuvo -sólo un par de segundos- a mirar con seriedad sus meñiques. “¿Qué les pasa?” preguntó al aire, pero uno -un lector cualquiera- podría pensar que le preguntaba a ellos, a los dedos. Olvidó la situación tal y como olvida darle de comer al perro.

Continuó escribiendo.

Su relato, exigía que ella volviera a escribir la palabra, esa palabra. Titubeó, y en vez de niña, escribió niñña. Y ella -por supuesto- encontró encantadora la repetición de la letra. Las dos pequeñas ondas sobre la ene le ofrecían a la palabra “una dinámica preciosa”, le diría después a su amiga. Permaneció un rato viendo la palabra, leyendo la palabra, diciendo la palabra. “¿Cómo se pronunciaría la doble eñe de existir la doble eñe?” anotó en su diario esa noche.

Pasaron unos días antes de que la escritora volviera a su relato. Cuando lo hizo descubrió -triste y dolorosamente- que ya no sólo la eñe y la a se le negaban. Luego, la s, la d, la l, la o… se le negaban. Sus palabras no tenían sentido porque -además- los pulgares también estaban en franca rebelión: la escritora, no podía dar espacios entre una y otra palabra y éstas perdían -cada vez más- el sentido.

Los dedos -sus dedos- mostraban todos la palabra rigidez. Las palmas le hormigueaban, la sangre corría helada por sus venas. Retiró sus manos del teclado como quien saca la charola de hielos del refrigerador. Las volteaba -hacia arriba, hacia abajo- y las observaba como una niña observa una muñeca fea.

“Una muñeca fea”, se repetía la escritora infinitamente porque, claro, esa frase ya nunca podría scrbla.

MIS CLASES, MI SEMESTRE

Mi semestre pinta bien. Tengo menos grupos y en un par de grupos menos alumnos que los de costumbre. Doy cinco diferentes materias y todas implican leer, escribir, discutir, pensar que son mis actividades favoritas en un aula(sí bueno, también calificar pero no quiero pensar en eso ahora). Tengo dos clases de literatura, una en prepa y una en profesional. Esta semana, los unos conocerán a Guy de Maupassant, los otros conocerán a Imre Kertész (¿ya mencioné que yo decido el material de lectura y que he hecho una lista que ya quisieran en Amazon?). En otra clase leeremos rebanadas de El laberinto de la soledad, en algún momento escucharemos a Café Tacuba y con suerte veremos alguna película de Del Toro. En las otras dos clases clase, mis alumnos leerán y leerán para escribir ensayos y reseñas. Sí, ya sé, lo malo será cuando comience la calificada, pero he salido del clóset: soy una workaholic.

Mi horario está muy mono también, tres días a la semana me convierto en la mamá que no he podido ser hasta ahora y dejo a mi hijo en su escuela; también, tengo diversos huequitos durante el día que aprovecho para acomodarme en mi silla, abajito del ventanal y leer tranquilamente. Ahorita, por ejemplo, interrumpí un cuento de Judy Budnitz para escribir que mis clases y mi semestre pintan bien, muy bien.

THE

The best, EVER.

(and when I say EVER, i really mean EVER).

AQUÍ (relato de miércoles)

Cuando llegó tu carta, David la leyó para todos nosotros en voz baja. Cada palabra, cada oración, cada pausa tenía implícito un tiempo, un espacio, un algo difícil de desentrañar. Cuando terminó de leer, ninguno de nosotros se atrevió a levantar la cabeza, a cruzar miradas, a comentar algo. Ninguno emitió siquiera un suspiro. Cuando David dobló la carta, nosotros, las razones.

Dejamos la sala de estar uno por uno, de puntillas casi. A la casa la devoraba el silencio de siempre y sin embargo, no era el silencio de siempre. Era otro. Uno nuevo. Un silencio que no podría describir. Un silencio que hubiera desarmado a cualquiera.

Pasamos el resto del día con las manos en distintas labores. La mente, la mente estaba en otra parte. ¿El silencio? Ese se quedó aquí. Vive con nosotros desde que te fuiste. Aquí, mamá, todo es silencio.

Aquí no se habla de ti.

No.

Eso dice él. Siempre. Golpea la mesa si alguien te menciona, se levanta y repite: “Aquí no se habla de ella porque ella simplemente ya no está, ya no es. No existe”. Y se marcha. Lo siento pero nadie, ninguno de tus hijos, nos atrevemos a decirle que sí, que existes, en otro lugar, pero que existes y eres. Nadie, ni yo, se atreve a sentir en voz alta que sigues siendo parte de nosotros. Nadie, nunca, le habla de tus cartas.

Aquí, te digo, todo es silencio.

Aquí no se habla de ti. Tu imagen se borró del álbum familiar. Tu clóset terminó de vaciarse. Tu rastro, ni polvo. Tu silueta desapareció como desaparece lo que más amamos: implacablemente. Para ti también desaparecimos. Admítelo. Vivimos en el abandono. Somos tu abandono. Somos lo que no cupo en tu maleta, lo que no tenía lugar en tu futuro. Somos, nada más, figuras borrosas en tu memoria. Las pocas palabras que envías cada muchos meses. Has olvidado nuestros cumpleaños, nuestros lunares. Nos has olvidado y lo sabemos.

No nos queda nada sino recrearte. Aquí, en el dibujo infinito del mosaico.

NOS ACUCIA EL PASADO

Tengo en mis manos El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras de Philip Roth, un delicioso libro en el cual el autor conversa con otros autores, y traza a puño y letra el sendero de sus vidas y sus escrituras; no es de sorprender que Roth inicie este volumen charlando con Primo Levi, continúe con Kundera, toque la voz de Edna O’Brien y cierre con Saul Bellow pasando antes por Mary McCarthy y por Bruno Schulz.

De entre todo lo rico que se encuentra en este libro me quedo con lo que la irlandesísima Edna O’Brien dice. Roth (en referencia a las experiencias personales de la autora) le pregunta:

– ¿Cree usted que seguir preocupándose por cosas así tiene algo que ver con la condición de escritor?

Y ella, inteligentemente, dice:

-Por supuesto. Es el precio de ser escritor. Nos acucia el pasado: el dolor, las sensaciones, los recuerdos, todo. Estoy convencida de que ese aferrarse al pasado es un fanático, casi desesperado deseo de reinventarlo, para poder modificarlo. Los médicos, los abogados y demás ciudadanos estables, no padecen de una memoria persistente. A su modo, quizá estén tan perturbados como usted y como yo, sólo que no lo saben. No andan escarbando.

¿Ven? Nos acucia el pasado.

Roth, Philip. El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras. Barcelona: Seix Barral, 2003.

YA, PUES

Entró enero y yo le entré a los últimos toques de un librillo que se va a audicionar lejoslejos. Si tiene suerte, se publica. Si no tiene suerte que se agarren el Víctor, la Natalia y nosécuántosmás porque ya estuvo bueno de ausencia y a ese libro ya le toca su debut. Cuando imprimí la versión final tuve un breve blues y me pregunté ¿ahora qué?; tenía mi manita en la frente como la drama queen que puedo ser y mi cara de “yanotengonadaquéhacer”. Luego, mi otro yo (como si no fuera suficiente tener ya un yo como yo) me dijo: no te hagas, bien que sabes qué, bien que sabes que el ahora qué es esa novela que te has dedicado a postergar.

Ustedes entienden, la novela de yasabenquién. La novela que ni ustedes ni yo sabemos por qué tengo que escribir pero que ustedes y yo sabemos que tengo que escribir.

Mi argumento del año pasado era: “la novela tiene que descansar de mí y yo de ella”, y ustedes lo aceptaban, acuérdense: asentían y confortaban. Pero ustedes y yo sabemos que este año ya no puedo seguir con el mismo argumento. Yo, tengo que escribir, antes de que la vida se me comience a olvidar (manita en la frente, puchero de drama queen). Tengo que escribir porque tengo mucho que escribir. Tengo que escribir porque ya tengo qué escribir.

Así : ya pues.