ÉL

Compartimos una pared. Sólo una pared.
Nunca le dije que me encantaba su casa. Nunca le dije que me gustaba su planta de la cochera. Nunca le devolví su pelapapas. Vivimos más de cuatro años uno al lado del otro. Yo, en realidad, lo conocía sin conocerlo. Sabía de su enfermedad, observé como ella, despiadada, dejaba huellas sobre su cuerpo.

Hoy, es también un día raro. Hoy el cielo también debería soltar unas lágrimas, después de todo también fue su vecino, el cielo y Él, compartían techo.

THE RED BOOK

I am reading a red book called The Red Parts.
I am, therefor, reading the red parts.
I am reading red.

Everything: red.

As I read The red parts, I read my red parts.
My own red parts.

I think i found my red parts.
Not that they were lost, is just that they weren’t that red.
Or so I thought.

¿INSOPORTABLE?

Una vez, en un cuento, escribí: “quien se suicida lo hace porque la vida le resulta insoportable”. Hoy esa frase, pesa. Hoy esa sensación duele. Se siente en el ambiente del campus, en las caras de mis alumnos, en la forma en que los maestros tratamos de evitar el tema. En el cielo nublado. ¿Qué tan insoportable puede ser la vida a los diecinueve años?, me pregunto mientras pienso en la noticia que nos tiene enrarecidos. No hay respuestas. Para estas cosas nunca hay respuestas.

Y CON USTEDES: ¡EL FONDUE!

Finalmente le dimos uso a la preciosa ollita de fondue. Era sábado, éramos dos y de pronto ya éramos cinco, luego siete. Siete personas, cinco mujeres, dos varones, cinco adultas, dos menores: metiendo su cachito de pan en el humeante y delicioso queso suizo. Frente a nosotras el televisor, serie de mujeres encaprichadas por ser felices. En nuestros dedos, el estambre, nuestras manos encaprichadas en hacer bufandas.

El verbo se hizo forma.
La forma se hizo velada.
La velada se hizo espontaneidad y belleza.

Había aceitunas, vino tinto, galletas varias, cariño mucho. Había conversación entre uno y otro capítulo y, alrededor de nosotras, la atmósfera única que se construye cuando un grupo de mujeres se reúne.

En mi casa, amigas de siempre y las amigas que comienzan a ser las de siempre. Faltaron dos integrantes del grupo: la cineasta y la orientadora emocional (si sabe que le llamo así, me mata). Pero es bueno que la gente falte, eso es un pretexto para volver a unir quesos, fuego, alma, estambre y entusiasmo, en el calor de una ollita de fondue.

EL PASADO

El miércoles fui al cine.

Película argentina de Gael. Qué risa el acento argentino de Gael (me pregunto, por supuesto, por qué ese personaje argentino lo tiene que hacer un actor mexicano). Me sigo riendo del acento de Gael y entonces como el mecanismo de un reloj, la película comienza a dar giros, giros, giros… de pronto, la película es un retorcimiento total y para entonces mi pie se mueve con el nerviosismo de antes, siento que hasta he desarrollado un tic nervioso. Habían pasado ya más de 60 minutos y mi cuerpo entero me decía: salte de aquí.

Y me salí del cine.
Y yo nunca me salgo de un cine.

No sólo me salí, corrí, CORRÍ.

Dejé a significant one en un abandono total, ahí en ese cine. Lo bueno que traía carro. Lo malo que se enojó. Lo bueno que a fin de cuentas, entendió.

Manejé a casa sintiéndome mal, mi piel, mi estómago, mi cabeza. Ansiedad es la palabra. Y la conozco bien.

Sólo hasta que llegué a casa lo entendí: es el pasado, el problema es el pasado. No el mío, el de todos. No el pasado en sí, sino el hecho de que a veces nos lo traemos a vivir con nosotros, le permitimos la entrada, lo sentamos en la sala, le servimos café, lo escuchamos y nos dejamos llevar por él. Le permitimos hacernos presa. Y está ahí consonante, habitándonos. Ciega la posibilidad de un buen presente. Atropella un futuro afable.

Sí, era sólo una película. Pero, ¿qué necesidad tengo de ver en el cine lo que yo ya no quiero ver en mi vida? Así que si es necesario, me volvería a salir del cine o cerraría ese libro y buscaría -en casa, en la calle, en tus ojos- un presente, un futuro que mi piel resista.

MADEMOISELLE DONOVAN

Mi roommate favorita. Mi artista-poeta-fotógrafa-decoradora y handy(wo) man favorita cumple años el domingo. Hará un tea party en Rosarito. Odio tener que perdérmelo pero estoy segura que mi fantasmita adorador de sus tea parties rondará su casa y le propinará los abrazos y cariños que merece.

COSTURERO

Necesito pegar un botón.Voy a mi clóset y saco mi pequeño y redondo costurero. Lo pongo en la mesa, me siento y el hijo me descubre. “¿Y eeeeesto?”, dice. Le digo que es mi costurero. Lo abre y hace repaso de sus artículos: “¡Tantos hilos, agujas, las tijeritas, la cinta métrica, los alfileres! Es genial”, admite. “Simplemente genial”, agrega.

Lo mira y lo mira.

En lo que él ve un tesoro de hilos, yo veo el costurero como lo que es, un costurero. “Estas cosas son las que me gustan, así todo ordenadito, todo ahí brillando”.

Y de pronto, conforme él continúa con sus ejemplos, ante mis ojos mi costurero, mi pequeño y redondo se transforma en las Minas del Rey Salomón (o algo parecido).

THE VOICE OF YOUR EYES (excerpt for the sleepy one)

I leave.
You sleep.
Gladly, i see.

I think. I remember. Cummings’ lines come to my mind:

“(i do not know what it is about you that closes
and opens; only something in me understands
the voice of your eyes is deeper than all roses)
nobody, not even the rain, has such small hands…”

Then, my eyes close and yours are there, right there.
Talking, whispering.
Gladly I.