LAS FRASES NOCTURNAS QUE ME PERMITIRÁN DORMIR Y DESCANSAR LOS PRÓXIMOS DÍAS

“Imagina que soy un dementor. Sí, un dementor, un dementor que en lugar de sacarte la felicidad te saca la tristeza, así, que la jala y que te deja sólo tus momentos más felices”.

Juan Antonio

“Yo a veces no busco, no llamo pero quiero que sepas que yo también estoy a la hora que sea, en el momento que sea, en el lugar que sea”.

Claudia H.

TRISTE, ¿NO?

Ayer, en un manotazo al volante, al presente, al destino, perdí un anillo. Mi anillo. Un anillo especial: se abría un poco y se le cambiaba la piedra. Seis piedras, seis colores, seis estados de ánimo. Perdí un anillo que yo adquirí para mí, que nadie compró, que nadie entregó. Un anillo que yo elegí de entre muchos más.

Lo curioso es que el anillo no me quedaba y yo no lo quería ver/creer. Me lo ponía y me lo ponía. Le cambiaba la piedra y me lo ponía. Pero el anillo me quedaba grande, no abrazaba mi dedo como yo supongo que un anillo debe abrazar el dedo de uno. Supongo que no era para mí. Después de tanto tiempo y no era para mí. No lo cuidé bien y mi anillo no se agarró bien de mí. Me siento apenada con él, tan bello y hermoso. Pero enorme. Quizá debí mandarlo arreglar antes de que esto ocurriera. Ser más cuidadosa. Él más apretado. Pero no se le puede pedir a un anillo lo que un anillo no puede hacer.

Y es tarde.
Y es definitivo.
Triste, ¿no?

LA MÁS FUERTE (¿relato?)

Voy manejando. Voy a la ciudad. Escucho una canción que dice “like the leaf clings to the tree” y digo sí. Así se siente esto exactamente. Voy manejando. No sé que pasará una vez que llegue a ese lugar. A su casa. Una vez que toque la puerta, me abra, me siente y comience a hablar. Voy manejando, voy pensando en mil cosas, en lo terrible que puede ser perder justo a esa persona que te acepta tal cual eres, y a ti tanto que te cuesta a veces -o frecuentemente- aceptar a la gente tal cual es. Voy manejando. Voy preocupada. ¿Vivo preocupada? Pasan unos segundos y la canción dice “we’re like creatures of the wind” y digo sí. Así somos. Criaturas del viento. Voy manejando.

Llego. Toco la puerta.

Hay veces en que las mesas parecen más grandes de lo que son.
El mundo más pesado.
Las palabras más mayúsculas.

-y entre tanto mis manos tiemblan porque no saben qué hacer-

Entonces.
De pronto.
La mesa, justo frente a ti, se hace más pequeña.
El mundo más ligero.
Las palabras pierden sus acentos.

– y mis manos dejan de temblar-

Me subo al auto. Voy manejando. Dejo la ciudad. Escucho una canción que dice “Do you remember when we met?” Y contesto sí. Sí lo recuerdo. Voy manejando y lo recuerdo. Recuerdo exactamente when we met. Voy pensando cosas, millones de cosas, en lo terrible que pudo haber sido perder justo a esa persona que te acepta tal cual eres y en lo mucho que tienes que aprender a aceptar a la gente tal cual es. Voy manejando. La canción ahora dice “Come with me my love to the sea the sea of love”. Ir al mar, sí al mar. Me digo. Voy tranquila. ¿Vivo tranquila? Pienso en la amistad. En esta Amistad. Amistad es palabra poca, me digo, entonces, se cruza frente a mí un trailer. No cualquier tráiler, el tráiler de la Banda El Recodo. Voy manejando, pensando en esta amistad, y el tráiler de la banda El Recodo dice en enormes letras rojas-mayúsculas : LA MÁS FUERTE.

Qué puedo hacer sino repetir sí, la más fuerte. Eso es. La más fuerte. Voy manejando y repito: La más fuerte, y no, no me refiero a La banda el Recodo.

La ciudad queda atrás, enfrente sólo la carretera y una vieja canción que se llama Sea of Love.

97

El de nueve tuvo noventaysiete de promedio en el tercer grado. Me siento contenta. Por él claro, la calificación es sólo suya, yo no tengo nada qué ver con eso; el crédito es suyo y de mi madre quien le echa la mano en las tareas, yo sólo soy quien firma la boleta, orgullosa y pensando que abrazar a un hijo antes de dormir y recoger sus calificaciones al final del semestre son tesoros.

SI EL PERIÓDICO EL IMPARCIAL HUBIERA ESTADO AHÍ:

Nos hubiera tomado una foto. Con y sin hijos. La foto hubiera sido publicada y la seguiría un texto que diría algo así como “Alegre reunión tuvieron las siempre encantadoras M, C y S, tres escritoras de la sociedad sonorense quienes, acompañadas de sus hijos departieron en conocido restaurante de la ciudad”… o algo así. Ya ven cómo se las gastan en la sección de sociales de El Imparcial. Y bueno, eso hubiera ocurrido si nosotras fuéramos de esas mujeres que aparecen en la sección de sociales del imparcial (yo no aparezco ni en la cultural de La I) (¿La I tiene sección cultural?).

Lo cierto es que el momento era tan bello que merecía foto. Ahí, las tres sentaditas, muy monas, comiendo sendas ensaladas, charlando de obras y autores (ja ja, es broma de eso no hablamos, hablamos de cosas más importantes: la vida propia y la ajena); lo que es cierto es que sí, estabamos sentaditas, nuestra conversación competía primero con música de los ochenta y con un grupo que nos asediaba con canciones que pasaron de Rayando el sol de Maná a Creep de Radiohead.

Se acordó horario y forma de un taller petite comittee de novela/cuento que, muy probablemente, fortalecerá lazos y escritura (creo a veces que me interesa más lo uno que lo otro) (y que soy mejor para lo uno que para lo otro) (aunque sería agradable que de cuando en cuando alguien pensara lo contrario).

Sí, pues. Noche bella, digna de foto en El Imparcial.

LAS CASAS Y LOS PERROS

Esta no es una historia sobre un colegio militar vargasllosiano. Esta es la historia -breve- de las dos ocasiones en que los perros han sido el aliciente de una casa.

1. Tengo unos 16 o 17 años . Mi madre y yo tenemos el enfrentamiento más grave hasta entonces (hubo otros, claro, antes y después pero nunca de esta gravedad). Mi memoria ha decidido bloquear el por qué. Yo asumo que fue por una mala decisión (mía, por supuesto), por alguna terrible elección de novio (mío, también) o un regreso a casa a altas horas de la noche. No sé, quizá haya más posibilidades pero con mi madre, básicamente, esos han sido los motivos más comunes para una trifulca… Y bueno, el asunto en cuestión se extendió con ira y silencio por muchos muchos días. Más de los acostumbrados. Mi padre, hacía todo lo que estaba en sus manos (o algo así) para lograr una reconciliación. Pero peor que una sylvia son dos sylvias y su tarea fue imposible hasta que. Así, una tarde, mi padre llegó a casa con un perro en sus brazos, un pequeño french que nos duró casi quince años. Hace poco hubo que dormirlo, después del cáncer y la edad, el pobre ya no podía con su existencia. Fue un perro muy querido y un perro significativo. Lo amé infinitamente hasta que yo misma me convertí en madre y el se convirtió en el simple y sencillo “perro de la casa de mis papás”.

2. Tengo 34 años y un hijo de 9. Él es piscis y yo soy virgo. Somos parecidos y somos opuestos. Y estamos enfrentando caracteres en una noche de martes. Es el máximo pleito de nuestra vida juntos. Ambos lo sabemos. Después de los llantos y los portazos, de los baños para bajar PH’s, nos sentamos a platicar y decidimos que necesitamos hacer más cosas juntos, compartir más cosas juntos y retomamos ese viejo proyecto de adoptar ahora sí, ahora sí, una mascota. Desde ayer vive con nosotros Acamaru, un maltés blanco de un mes, regordete y cachetón. No planee que fuera así, no fue sino hasta que el perro caminaba por la casa anoche que me di cuenta de que, en mi familia, las historias (los motivos, los deseos) se repiten. Mueven la cola, ladran y de vez en cuando: muerden.