UNA, EN MONTERREY

Una presentará su novela en la perla de occ… digo, en la sultana del norte (estos motes siempre me confunden), oséase en Monterrey. Ajúa.
Miércoles 16 de Julio, 8:30 pm en La Casa de la Cultura. Lo mejor es que presentan mi querido Pedro de Isla y mi adorablemente desconocida pero conocida Sabina Bautista.
Y esta susodicha presentación JAMÁS hubiera sido posible sin el apoyo titánico de Mademoiselle Rotten: Gabriela Torres a quien le dedicaré la canción “La yaquecita” que cantaré en algún lugar de la sultana del norte.
í eñor.

EL CARRO DE BRECHT

Gracias a un documental sobre Bertolt Brecht me enteré de que una vez entró a un concurso de noséqué (lo siento me perdí cachitos) organizado por una compañía de autos. Ganó y se ganó, por supuesto, un auto. Brecht no tenía auto y le cayó de perlas (aunque pensando en el estilo de Brecht quizás él no hubiera usado la frase “cayó de perlas”) (pero lo siento, no sé qué frase hubiera utilizado Brecht). El caso es que en una borrachera (o algo así) Brecht y su auto se dieron en la puritita madre coraje y el carro quedó hecho giras pero a Brecht no le pasó absolutamente nada (bendito sea, imagínense si se nos hubiera ido antes de tiempo, qué teatro tendríamos a estas alturas).

Anyway.

Brecht se sintió bastante aliviado por no morir en el accidente y pensaba que en cierto modo el carro le había salvado la vida. Y lo escribió. Lo publicó. Brecht públicamente dijo que ese auto y su buena manufactura le habían salvado la vida.

Y a Brecht, la compañía, le regaló OTRO auto. ¡OTRO! (que ya no chocó).

Hoy venía en la carretera y una piedrita golpeó mi parabrisas, una más (he cambiado de parabrisas por accidentes así unas tres veces ya) y después del clack de la piedrita me quedé pensando en que en definitiva soy una escritora no de segunda, sino de tercera, pues si a mí se me hubiera ocurrido escribir algo desde el primer accidente en mi parabrisas hoy tendría un carro nuevo con parabrisas irrompible.

¿EN SERIO?

Estoy en la caja, acabo de comprar fruta, mucha fruta, la cajera es un zombi que pesa, pasa y cobra. Yo veo al infinito. Pienso en el infinito. Se me cruza una aceituna en el camino pero sigo pensando en el infinito.

Entonces, de pronto, se me cruzan dos carteles (estaban ahí antes de que yo me fuera a pensar en el infinito y en la insoportable levedad de las aceitunas, sólo que no los había visto). Los dos carteles felicitaban a las dos empleadas del mes del supermercado donde yo estaba. Los leo y en voz alta digo ¿EN SERIO? la cajera me mira raro (cosa a lo cual me acostumbro cada vez más) (no sólo con esta cajera sino con todos los que me rodean). Me río así, de a poquitos por fuera pero a carcajadas por dentro. No me río de que haya empleadas del mes, ni del orgullo de ser empleada del mes pero es que, es que los nombres de las empleadas del mes tenían eso, eso que no hace reír a cualquiera pero que me hizo reír a mí, y cito:

La TIENDA X felicita orgullosamente a :
Llecica Bejarano y Holanda Limón.

Por ser las empleadas del mes, continúen sus éxitos.

En serio. Así, lo juro, así decía.
Y el día que pintaba raro, pintó mejor.

p.s. y si usté no le encuentra lo gracioso a esto, usté necesita aligerarse más, ji ji.
p.s.2 no, no me burlo de los nombres, sino de las infinitas posibilidades de las vocales, de las consonantes y de sus combinaciones.
p.s.3 si esos nombres no muestran lo que es ser genuino, entonces…

YO ASÍ, NO JUEGO

Esta semana salió de vacaciones Doña Rosario, la santa mandataria de la limpieza en mi piso. Realmente una no sabe cuánto quiere a la gente hasta que esta se va (aunque sea de vacaciones). Mi escritorio está limpio, sí, alguien más se encarga de todo. Pero el saludito y la platiquita mañanera, la forma en que mi tacita estaba acomodada, los sobrecitos de azúcar, y demás detalles divinos, no están.

Para colmo, iniciamos la semana con el aire acondicionado descompuesto. Me sentí en telesecundaria de la costa. El vecino de oficina -que es de China- y yo nos la pasamos echándonos aire con los programas de estudio; y por si fuera poco tenemos la sospecha de que hay un animalejo muerto en los ductos del aire, así que hay una pestecita que pa que les cuento, yo hoy puse en la entrada de mi oficina dos veladoras (aromáticas, no a san judas tadeo) para ver si la cosa mejoraba. Y la otra: el campus está siendo atacado por lo que aquí llamamos mochomos que son como hormiguitas con alas, una no hace daño pero si te topa con todo un banco de mochomos en el piso, te sientes en película gringa de terror clase B.

O sea que básicamente estoy sin mi Doña Rosario, con calor, peste y mochomos. Yo así, no juego. Lo bueno es que quedan un poco más de cuarenta y ocho horas para que yo cierre esta puerta y no vuelva hasta dentro de dos semanas porque -bendito sea- comienzan las vacaciones.

Espero que para entonces Doña Rosario ya esté aquí, el aire sirva, el animal muerto se haya vuelto cenizas (pedir que lo saquen del ducto es como pedir aumento de sueldo) y que los mochomos se hayan ido a otra universidad.

fin.

TCHI-COUM-BAH

Se llama Superbus, es un grupo francés que me heredó Cristina-mi-amiga-avión-de-Volaris. La canción se llama Tchi-Coum-Bah. El video me recuerda ese viejo programa de Batman y la letra y la música me ha puesto tan tan de buen humor que hela aquí, goce usted.

p.s. Y si la voz de la cantante le recuerda a Gwen Stefani, pues… nada es perfecto.

CHESIL BEACH: UNA PIEZA DE CÁMARA

Hay autores que no dejan de sorprenderme. Ian McEwan es un ejemplo. Cada una de sus novelas y cuentos es una caja de pandora, uno -el lector- no sabe qué va a ocurrir tan pronto comience a leer. Supongo que a sus personajes les ocurre lo mismo, ellos no tienen idea de hacia dónde los va a llevar su pluma.

Este es un autor que no repite fórmulas (y uno diría que ningún autor repite fórmulas y uno estaría muy equivocado). Sin embargo yo no puedo dejar de pensar en el sutil y ligero guiño que tienen Chesil Beach y Amsterdam.

Mientras Amsterdam inicia en un funeral. Chesil Beach lo hace en una noche de bodas. Los hechos entre el funeral y el fin de la novela son cuestión de días, semanas, y entre medio reconocemos por atisbos la vida de los personajes. Lo que no está y está.

En Chesil Beach ocurre algo parecido, el contrapunto, el detonante es esa noche de bodas que ella sabe que debe consumar pero que en realidad repudia y que él quiere consumar sin saber exactamente cómo. Dentro de esa noche, también por atisbos, también despacio, también intercaladamente se nos relata la trayectoria de los protagonistas. No se dice todo y sin embargo se sabe. La novela rodea e intercala la sociedad inglesa de los sesentas, los cambios y el impacto de éstos. La novela abraza a dos seres incapaces de.

McEwan es un maestro cuando se trata de retorcer, cuando se trata de narrar peripecias de manera minuciosa y a la vez imprecisa. De ir a lo cotidiano a lo interior, a lo inexplicable.

En Chesil Beach nada sobra. Es una pieza de cámara, breve y precisa.

LODO

De pequeña jugaba barbies, casita, escuelita. También de repente fut-beis (razón por la cual, supongo que nunca aprendí bien a bien las reglas del futbol por un lado y las del beisbol por el otro). Regaba el jardín (o al menos así lo dice una foto) y me mojaba con agua de manguera. Andaba en bici, iba al parque de la calle de atrás.

Lo único, lo verdaderamente único que no hacía era ensuciarme.

Yo JAMÁS fui niña de andar en la calle con los pies descalzos, con las manos sucias, con tierra en vestido y cara. Olvídense de los pastelitos de lodo o de enfangarse después de la lluvia. No, no, no. Hasta la fecha un poco de polvo en las plantas de mis pies y me vuelvo loca.

¿Y qué hago cuando voy a la playa? Bien, pues la arena seca me gusta, me gusta su cosquilleo, además se quita sin dejar mancha (deja tan sólo unos granitos en todo caso). Arena mojada de mar, bueno sí es más pegajosa pero no es incómoda, es agradable es fresca y una camina un poquito y listo, limpios con agua de mar. Sin embargo, no me pidan quedarme más de 4 horas en la playa porque entonces cada 5 minutos miro el reloj.

El caso es que alguien que recién conozco y que me está ayudando y que me está cuidando y que me está enseñando y que me está diciendo cómo puedo soltar lastres me dejó de tarea caminar al menos 20 minutos diarios sobre la tierra o sobre el pasto mojado. Para cualquier persona esa tarea es un regalo, para mí en principio significó un reto. ¿Lo harás?, me preguntó. Y sin pensarlo un segundo dije: lo haré.

Sí, a pesar de que odio las plantas de mis pies sucios (freud stop there!), a pesar de mi pasado de niña limpiecita. A pesar de que lodo y tierra no combinan con mi pedicure. A pesar de todo, Yo Sylvia, voy a ensuciarme, es más ni siquiera lo veo como ensuciarme.

Yo, voy a tocar tierra. Tocar tierra.
Tocar tierra.

El sábado comencé. Primero en el jardín de mi casa y ayer por la noche lo hice en la terraza más hermosa. Lo hice acompañada de mis amigos quienes entre que se reían, se miraban, bromeaban y a su modo me vitoreaban. Se sintió bien.

Me juraron (¿o me advirtieron?) que en mi cumpleaños me aventarían con plastas de lodo.
¿Existe mejor regalo?

No.

Mi Lodo será mejor que el de Fadanelli, lo juro.

OMM

Después de casi dos años y después de no sé cuántos accidentes en tobillo y cuello, finalmente pude volver al yoga, mi cuerpo cedió, mi mente intercedió. Estirar, tocar, aprender -en serio- a tener la mente en blanco. Mantener la postura. Erguirse. El dolor del día siguiente, en las piernas, en los brazos.

Ensuciarse los pies. Sudar. Sentir el alma tranquila.

Eso es el yoga.

COMO UN ELEFANTOTE

“I misbehaved
I’m in your way
I’m in your way
Like an elephant
Gentle smiling

With pointed teeth
Now there’s a war between
My high hopes and me…”

Nina Person lo dice aquí.

A UNA, NO SE LE HACE ESTO

Pues una tiene diez DIEZ, D I E Z días sin tomar café. Por manda, por deseo, por salud (mental y física), por necia, por loca, porque puede porque puede porque puede. Diez días. Y la vida transcurría más o menos tranquila. La ansiedad de llegar a la oficina a prender la cafeterita con la mano temblorosa por la urgencia del café estaba más que controlada, una estaba bien.

AAAAAHHHH, PERO NOOOOOOO, a una tienen que inquietarla. Con razón Mafalda odiaba a los gringos.

Una va camino al trabajo, por otro camino, no el de los últimos diez días y se topa, se encuentra, choca casi con una lona GIGANTE que dice, que anuncia, que grita, que agrede: ¡STARBUCKS COFFEE PRONTO AQUÍ!

¿Qué se creen?
¿Qué se creen?
(sollozo)
¿Qué-se-creen?

Atentamente
una muy descafeinada Sylvíssima.