SECUNDARIA

Cuando estaba en la secundaria yo era la más bajita de mi grupo de amigas, todas medían más de 1.70. Para hablarles tenía que estirar el cuello, mirar arriba, levantar la voz. Estar con ellas era perderme o sobresalir. Nunca me sentí menos (metafóricamente hablando, claro). Mi cuerpo era pequeño y medio redondo. Mi madre no me dejaba rasurarme las piernas así que usaba las calcetas hasta la rodilla. Me escondía bajo las telas del uniforme. Mi cabello era largo, me hacía una cola y usaba un fleco gigantesco levantado con grandes cantidades de spray. Ya desde entonces creía fielmente en los tenis así que en vez de zapatos: tenis negros. Me mordía las uñas, mucho más de lo que ahora lo hago cuando estoy nerviosa, usaba aretes pequeñitos. Mis libros favoritos eran El Prisionero de Senda de Anthony Hope y Las aventuras de Sherlock Holmes de Conan Doyle, ambos herencia de mi padre. Tuve un novio al que le decían Puchi y una maestra de mecanografía que nos decía cómo debíamos pintarnos los ojos para vernos inolvidables. Sigo siendo bajita, no tengo amigas que miden más de 1.70 pero aún tengo que estirar el cuello, mirar arriba, levantar la voz para asegurarme de que alguien me escucha.

¿QUIÉN ES?

Cuando uno escribe un libro que surge en inicio de una historia familiar se mete en camisa de once varas. Al menos así me sucedió a mí. Con frecuencia me detenía a pensar si lo que estaba haciendo estaba bien, pues por mucho que haya de confeccionamiento con la ficción uno sabe que la raíz existe y habita una casa y tiene un nombre real. Invasión a la intimidad, me decía yo. A veces me contestaba: es una novela, punto, y seguía escribiendo. Pero la sensación no se quitaba del todo.

Inicié escribiendo una novela que nos explicara por qué mi hermana se nos fue. (El nos es importante). El paso de los meses, la voz de mis tutores me fueron enseñando que mi novela no debía explicar nada. Mi novela, en todo caso, narraba quiénes eran aquellos que se quedaron mientras una hermana se iba.

Ayer, leyendo un artículo, comprendí algo más. No hay tal invasión. Mi hermana tiene su propia historia sobre irse, su experiencia de tomar maletas y dar tumbos por varios países. Yo tengo mi propia historia, no es suya, es mía. La historia es mía y la tenía que escribir yo. Es una historia que contesta a la pregunta ¿quién es la hermana que se queda y que escribe sobre la que se fue?

¿Quién es… ? pregunta básica para el libro que sigue. Otra novela que, sí, tengo que escribir yo. Porque la historia es mía.

Y QUE SE NOS CASA

La conocí hace unos cuatro años. Se veía como la hermana adolescente de una serie de televisión en la cual las protagonistas son dos gemelas revoltosas (a lo Zack y Cody o a lo Olsen Sisters). La hermana que madura a razón de su trabajo y de su relación con sus clientas. La hermana que crece sin que uno se dé cuenta. El día menos pensado conocimos a su novio y juro por dios santito que apenas los vi juntos yo misma dije: he is the one.

No me equivoqué, y hete aquí que la Sofi se nos casa. Hoy es su despedida y se verá hermosa, estoy segura y todo mundo le dará los susodichos sobrecitos y le dará abrazos y le dará tips pero yo como soy una sonsa para hablar y una jota para sentir voy a sentir un rasguñito en el corazón al ver que la peque se (nos) casa pero no me animaré a decirle nada excepto: felicidades.
No es mi hermana menor, pero así se siente.

VAMOS A LA CASA GREGORIO

A la presentación del libro Las estéticas de la mundialización de Juan Carlos Reyna (ese que usté alguna vez vio tocando con nortec). Lo acompaña el Ssini, en la casa gregorio a las 10 el miércoles.

he dicho.
tocará el mo666tro
se venderán libros.

¿QUÉ ERES?

Deshazte de todas tus posesiones. Deshazte de toda tu educación. Deshazte de todo tu dinero. Lo que queda es lo que eres. Hoy, piensa en eso. Cada hora. ¿Qué eres?

HACERSE EL SUECO

No, no se trata de alguna leperada, aunque le suene así y aunque usted tenga la idea de que Suecia produce X-rated movies. Hacerse el sueco es un poco como cuando decimos “hacerse el sordo”, “sordearse”. Hacer como que no se escucha para deslindarse, evitar responsabilidades, evitar un posible conflicto. Ignorar, pues. ( y si usted quiere saber más, lea esto).

Saco el sueco a cuenta (bendita aliteración o cacofonía) porque últimamente me he encontrado a mí misma menos dispuesta a discutir, menos dispuesta a entrar en cómos por qués, para qués. Se toca un tema escabroso, se toca un punto delicado y me pongo nerviosa. Porque sé que si hablo, lo haré mal, porque 1)soy pésima discutiendo 2) soy una perra discutiendo y a veces termino hiriendo innecesaria y mordazmente 3) soy de corazón frágil e invariablemente termino en lágrimas, por loque dije o por lo que escuché.

Por eso, hay que aprender a hacerse el sueco. Por lo menos un rato, en lo que pasa la rabieta, en lo que pasa la tormenta. Hay quien se hace el sueco de por vida, claro, un grado de conchudez increíble y envidiable, y hay quienes hacemos malos suecos porque por dentro estamos como gallos de pelea guardando los picotazos para otro momento.

¿Hacerse el sueco es como hacerse el wey?
No lo sé. Pero lo segundo sí lo hago bien.

SHINJU

Le llegó una carta de su marido. Habían pasado dos años desde que él le había tomado aversión y la había abandonado. La carta venía de una región lejana. “No permitas que la niña rebote la pelota de goma. El ruido llega hasta aquí. Y me afecta el corazón.” Ella le quitó la pelota de goma a su hija de nueve años.

Una nueva carta llegó desde otra oficina postal.
“No mandes a la niña con zapatos a la escuela. El ruido llega hasta aquí. Y pisotea mi corazón.”
En lugar de zapatos, le dio a su hija blandas sandalias de fieltro. La niña lloró y no quiso ir más a la escuela.

Llegó otra carta de su marido. Había sido despachada sólo un mes después de la anterior, pero
repentinamente la caligrafía parecía la de un hombre viejo. “No dejes que la niña coma en un tazón de porcelana. El ruido llega hasta mí. Y mi corazón se quiebra.” La mujer le dio de comer a la niña en la boca con sus propios palitos, como si tuviera tres años. Y recordó el momento en que en verdad tenía tres años y su marido pasaba días dichosos a su lado.

La niña fue a la vitrina por su cuenta y tomó su tazón. La mujer rápidamente se lo arrancó y lo
estrelló contra una roca en el jardín: el ruido que resquebrajaba el corazón de su marido. De pronto la mujer levantó las cejas. Y arrojó su propio tazón contra la roca. ¿No era éste el ruido que hacía el corazón de su marido al quebrarse? La mujer arrojó la pequeña mesa en la que cenaban en el jardín. ¿Qué pasaba con ese ruido? Lanzó su propio cuerpo contra la pared y golpeó con sus puños. Se tiró como una lanza contra las puertas de papel y cayó del otro lado. Y con ese ruido, ¿qué pasaba?

—Mamá, mamá, mamá.
La niña corrió hacia ella, llorando, y la mujer la abofeteó. ¡Escuchen este ruido!
Como un eco de ese sonido, llegó otra carta. Había sido despachada de otra oficina postal en
otra lejana región. “No hagas el menor ruido. No abras o cierres puertas ni deslices las puertas de papel. No respires. Ambas ni siquiera deben permitir que los relojes en la casa hagan tictac.”

“Ustedes dos, ustedes dos, ustedes dos.” Las lágrimas corrían mientras la mujer susurraba estas palabras. Entonces ambas dejaron de hacer todo ruido. Dejaron por toda la eternidad de hacer el menor ruido…

Fragmento de “Shinju”. Historias en la palma de la mano, Yasunari Kawabata.

YOGGÍSSIMA

¿Ya les dije que después de más de tres años casi cuatro y después de cuatro accidentes casi cinco finalmente pude volver a yoga? ¿Ya les dije lo feliz que soy con mi clase de yoga? ¿Les he platicado lo bien que se siente retomar el cuerpo, reconocer el movimiento, sentirse feliz por eso que uno hace no excelente, claro pero sí bastante bien?

Pues there you go:
-volví al yoga
-los accidentes me hacen los mandados (el esguince, la fisura, tiempo pasado)
– soy feliz.
Muy feliz.

EL HIJO

El pequeño sujeto.
El de casionce.
El Juanan.
Ha comenzado a vivir su propia metamorfosis emociofamiliar.
Cambios y más cambios que, quiero creer, fortalecen su resiliencia y le ofrecen aprendizaje.
Hemos platicado y le he asegurado lo de siempre, ha sonreído y me ha dicho lo que siempre.
Se me arruga un poco el corazón.

Soy tan jota cuando se trata de mi hijo.