Sólo quien ha tenido un ataque de ansiedad puede entenderlo. Al igual que sólo quien ha tenido problemas con el nervio ciático o ha parido un hijo entiende ese dolor. Un ataque de pánico o un episodio de ansiedad es algo difícil de explicar y difícil de manejar. Es mucho más difícil explicar cómo surge y cómo hace para aferrarse, con uñas y dientes, a estar ahí y mortificarlo a uno (y al que está al otro lado de la línea, de la calle o de la página).
Una palabra, una idea, una imagen, una mancha, un recuerdo, un espacio, algo loquesea, puede ser el punto de ignición. Porque un ataque de pánico o un episodio de ansiedad es como un incendio interno difícil de extinguir. Se va cuando se va. Te falta la respiración, te retumba el corazón campana de catedral. Temblores. Garganta seca, manos sudadas.
Lo peor es el monólogo interior, que pareciera realizar un torneo de esgrima en tu cabeza.
Y entonces, cuando crees que se acabó el aire, el espacio, el tiempo, el incendio se mitiga. Alguien te ayuda a echar baldes de agua a la necedad, a la inseguridad, ¿ya dije a la necedad?
Y eso, se va.
Se quedó dos horas, 5 llamadas y cuatro vasos de agua y esperemos que no vuelva en mucho, mucho tiempo porque a decir verdad, aquí no es requerido. Yo no quiero convertirme en la loca del barrio que toda ciudad tiene.

