BOURGEOIS y los cuerpos vulnerables

Recién me entero que hace unos días murió Louise Bourgeois a los 98 años, no debo ser tan buena persona porque en lo único que pienso es en sus manos, las manos que le dieron forma a tantas y tantas esculturas que una y otra vez delinearon la figura humana, el cuerpo vulnerable, el cuerpo constreñido, el cuerpo que se hunden ante la rabia del mundo y sus caos todos.

Dueña de una obra siniestra y encantadora, ajena y propia, Bourgeois construye en madera, metal y arcilla el sentir humano o la negación del mismo, cada figura es una reconstrucción de presente, pasado y futuro, de la psique herida del ser contemporáneo. El ser que se hunde, que sufre, que es decapitado, que se aísla o bien que se entremete entre otros cuerpos para sobrevivir.

Los cuerpos vulnerables de Bourgeois son lo que queda de esas manos en las que hoy, no puedo dejar de pensar.

HERE COMES YOUR PIXIES

Here comes your man

Pocas veces tomo decisiones a la ligera, normalmente pienso y pienso y pienso y mido y hago una lista de los pros y los contras pero cuando me dijeron que el 24 de septiembre Pixies estaría en Arizona no lo pensé dos veces, así que con gusto os digo que ya tengo mi boleto, que voy con cuatro personas extraordinarias y que cantaré, bailaré y seré sumamente feliz.

GUESS WHO…

Feels like crap and looks like an old mop while staying at home in bed?

weeell, meeee!

pfff.

DOMINGO ESPECIAL

Hoy es un domingo especial, hoy mi hermana verá a sus hijos después de casi tres meses de no verlos por culpa del hombre patán con quien ella, un día, se casó. Hoy los verá, los abrazará, comerá con ellos, platicarán y en algún punto de la tarde les dirá que todo va a estar bien, que pronto, muy pronto, las cosas se solucionarán y podrán estar juntos otra vez. En otro contexto. En otro escenario. Hoy Caperucita verá a sus hijos y no habrá Lobo Feroz que la amedrente.

Hoy es un domingo especial.

YO TE CORTABA LAS UÑAS

Primero ponías tus pies, tus regordetes y graciosos pies, y yo cortaba una uña tras otra, no sin antes burlarme de su tamaño y de su forma y preguntarte: “¿cómo puedes andar por la vida con esta uña tan larga?”

Luego cortaba las uñas de las manos, una por una, con sumo cuidado, porque tenemos dos pequeños accidentes en nuestro haber que dejaron una dolorosa huella en tu memoria (y en tus dedos) y nunca lo has olvidado.

Me gusta esta imagen, un dedo tuyo entre mis manos y una uñita volando tras ser cortada. Tu ceño fruncido. Tu rostro, el más serio de todos. Porque desde siempre detestas que te corten las uñas, tengo que rogarte para hacerlo. Uno de nuestros grandes conflictos con tu papá fue, precisamente, por tus uñas largas.

Esta mañana, me pediste que te cortara las uñas. Lo hice instintivamente. Luego llegaron por ti y te fuiste. Y mientras yo guardaba el estuche con el cortauñas me di cuenta de lo ocurrido. Es la primera vez que tú mismo me pides que las corte, para muchos puede no significar mucho, pero para mí sí. Para mí es una forma de crecimiento. Dentro de poco tú mismo te cortarás las uñas y harás muchas otras cosas sin mi ayuda (aunque, a decir verdad, pocas veces has ocupado mi ayuda).

Hoy sentí el tiempo asomándose entre nosotros. Y me dio gusto y me dio nostalgia y me dio un algo que no sabría explicarte pero que se siente aquí.

Esta noche, y en el silencio de la casa que compartimos, me he preguntado si dentro de muchos años te diré “cuando eras pequeño, yo te cortaba las uñas”.

LA DE LA COSA EN EL CUELLO (again)

Usted debería leer esto antes (favor de picarle a la palabra esto).

¿Ya?

Bueno si usted tiene ya el referente y si ha venido leyendo este blog en los últimos años sabrá que ese accidente de la ventana es algo así como el segundo de una larga cadena. Los enumero brevemente:

  1. La caída de la bicicleta para evitar que el de once (entonces el de cuatro) se cayera.
  2. La caída de la ventana gigante sobre mí.
  3. La vaca en la carretera y yo sin cinturón en el asiento de atrás.
  4. Un choque por alcance.
  5. Otro choque por alcance.
  6. Otro choque por alcance (en ninguno de estos yo fui culpable, dios lo sabe)
  7. Nada

Así es NADA, no hice nada, no me pasó nada. Lo único diferente es que caminé ocho o diez kilómetros la semana pasada pero no brinqué, no me arrastré ni me paré de cabeza. El caso es que lo que comenzó como una tortícolis de lo más simple comenzó a convertirse en un dolor absoluto, molesto, necio y ayer en cita con la amable Dra. Lisset (no sé por qué me da risa que una doctora se llame Lisset) ella descubrió que mi cuello ha sufrido demasiado ya, la radiografía muestra un cuello completamente rectificado y el dolor delata un esguince cervical.

Las indicaciones son las de siempre: nada de esfuerzos, medicamento puntual pero agregó, reposo MUCHO reposo. Horizontal, sin almohada. También sugirió un remedio que yo ya estaba llevando a cabo por consejo de Pacou, rellenar un calcetín con arroz, calentar esto en el micro y colocarlo en la parte inflamada.

Estoy adolorida pero, más que nada en esta ocasión sí estoy un poco triste y ni siquiera puedo explicar por qué. Antes, con todo y el dolor esto me parecía algo gracioso, yo era “la de la cosa en el cuello” pero en esta ocasión no hay nada que quisiera más que mi cuello firme y con las curvas necesarias para hacer las cosas que me gusta hacer. Supongo que esta semana deberé anotarme en alguna ronda o tomar el Expresso Tec para llegar a mi trabajo porque se supone que no debo manejar. Esta semana habrá menos cafetwits y menos de las otras cosas que me gustan tanto, sniff a la novena potencia.

So, once and again soy la de la cosa en el cuello.

4 RAZONES PARA LEER A AMÉLIE NOTHOMB

1. Porque no hay nada más curioso que leer a una autora belga con un cordón umbilical japonés que ha logrado construir una narrativa que rescata los sabores, sinsabores de la infancia, la adolescencia con una mirada escindida entre lo occidental y lo oriental. Es obsesiva y fresca, mordaz y descarada. Sus personajes lo son también.

2. Porque su obra se divide en dos, la compulsivamente autobiográfica que nos lleva por los pasillos de una extranjera que sobrevive choques culturales y amores por igual y revive una y otra vez la búsqueda de identidad; está también su obra de ficción-ficción que siempre nos lleva a rincones inimaginables con personajes imaginables.

3. Porque después de la dulzura de leer a autores como Banana Yoshimoto, Haruki Murakami o el mismísimo (san) Yasunari Kawabata que dan una visión tranquila, siempre es bueno enfrentarse a la acidez enmascarada de una autora belga que usa el código del samurai como si se tratara del café nuestro de cada día y que jura que lloraba y pataleaba hasta que alguien le puso un chocolate en la boca.

4. Porque un fragmento como éste de Metafísica de los Tubos da más razones para leerla:

Fue necesario, para recurrir a la expresión exacta, “recuperar el tiempo perdido” (yo no pensaba haberlo perdido): a los dos años y medio, un humano tiene la obligación de andar y hablar. Conforme a la tradición, empecé por andar. No era nada del otro mundo: ponerse de pie, dejarse caer hacia delante, sostenerse con un pie, y luego repetir el paso de baile con el otro pie.

Andar resultaba de una innegable utilidad. Te permitía avanzar viendo el paisaje mejor que gateando. Y quien dice andar dice correr: correr constituía un invento fabuloso que permitía toda clase de evasiones. Uno podía arramblar con un objeto prohibido y huir llevándoselo sin ser visto por nadie. Correr aseguraba la impunidad de los actos más reprensibles. Era el verbo de los bandoleros y de los héroes en general.

Hablar planteaba un problema de protocolo: ¿por qué palabra empezar? Yo habría elegido gustosa un vocablo tan necesario como “marron glacé” o “pipí”, o bien uno tan hermoso como “neumático” o “esparadrapo”, pero notaba que aquello habría herido susceptibilidades. Los padres son una especie susceptible: es necesario ofrecerles los grandes clásicos que les proporcionan el sentimiento de su importancia. No quería llamar la atención. Así pues, adopté una expresión beatífica y solemne y, por primera vez, vocalicé los sonidos que tenía en la cabeza:

— ¡Mamá!

Éxtasis de mi madre.

Y como tampoco se trataba de humillar a nadie, me apresuré a añadir:

— ¡Papá!

Enternecimiento de mi padre.

(y éste señores fue mi post 1973 y ustedes tal vez no lo sepan pero es un número importante)

LA PALOMA EN LA VENTANA

Desde el lunes una paloma ronda la ventana de mi oficina. Al principio la escuchaba a lo lejos, después su sonido fue haciéndose más presente. Parecía el soundtrack de una película romántica en la cual la protagonista camina por un largo camino sin rumbo fijo. Luego, la paloma tomó lugar justo en la cornisa daba golpes a la ventana, pequeños toc toc intermitentes que parecían pedir permiso para entrar. ¿Por qué una paloma querría entrar a mi oficina? ¿Qué puede haber aquí que le interese? Ni siquiera hay un buen espacio para volar, tampoco hay plantas para que se alimente o forme un nido. No se lo dije, tal vez debí, así hubiera dejado de tocar toda la mañana. Me levanté, me acerqué, la miré desde el otro lado de la ventana y, contrario a lo que creí, la paloma no se fue. No se fue. Se quedó ahí, mirándome de frente. Tocó una vez más. Quería entrar pero, ni modo de abrirle. Pensé en tomarle una foto, abrí mi bolsa para sacar el teléfono y para cuando voltee ya se había ido. Pero sigue por ahí, la puedo escuchar aún. La paloma está ahí, esperando a que yo la deje entrar. Yo no puedo dejarla entrar, volteo alrededor y sé que aquí no hay nada para ella. Me gusta así como está y así donde está. Puede volar, ir y venir y volver a la cornisa. Ella no se da cuenta pero en realidad el otro lado de la ventana es mejor que estar aquí. Me gusta escucharla, saberla, ahí, ahí donde está. Me gusta.

ROCKY

Mis padres, como los padres de todos nosotros, viven entre cariños y disgustos. Hay días que no se hablan y hay días que van al cine y comen palomitas. Días en que si uno de los dos está de viaje el otro se preocupa y días en que desean que el otro se vaya mucho… de viaje. Les digo, son como todos los padres. Pero mis padres han adquirido un prototipo que, de pronto, los ha vuelto más afables. El prototipo se llama Rocky y es uno de esos gatos anaranjaralladosamarillos que tienen gracias a mi hijo.

Llega uno a su casa (la de mis padres, no la del gato) (que para el caso es lo mismo) y lo único que hacen es contar las últimas monerías del susodicho gato. Rocky es pequeñito, un bebé apenas, nunca he sido muy gatuna pero juro que éste le roba el corazón a cualquiera, especialmente por su peluda capacidad de hacer que un matrimonio de más de cincuenta años encuentre en él una nueva forma de convivencia.

Hay mascotas que separan. Y hay otras, como Rocky, que unen.

(también hay mascotas que orinan en todos lados y sacan el papel de la basura/ccp. Üma).

NADA QUE ACOMODAR, NI OCULTAR, NI EXHIBIR

“He luchado con mi historia familiar, con la manera en que debo acomodar los hechos para seguir viviendo.Procuré durante muchos años no decir una palabra sobre el tema. Después traté de enfrentar fantasmas, girando con lupa y escalpelo en torno de viejos episodios. Ahora sé que no hay nada que acomodar, ni ocultar, ni exhibir. Que cada amor conserva sus huellas propias, en las que están impresos más allá de las palabras, los sentimientos; que éstos sólo son contradictorios para las palabras, pero que permanecen firmes, poderosos e inexplicables mucho después de que morimos”.

Jorge Barón Biza