VIOLENTLY HAPPY

today i got great news, first shared them with the friend of friends, natalia. then went to galicia, later on i tried to find someone else to share them with but he is always too busy for happy news, and sad news and all kind of news (world is full of this kind of people i guess) (time to let him out of my agenda)… anyway, after the bittersweet simphony moment i lived, i shared it bit by bit with the rest of the people i love.

now,

in the middle of the night, when things seem clear and future looks closer

i feel like going to the beach and:

tip-toe down to the shore
stand by the ocean
make it roar at me
and  roar back

because I AM VIOLENTLY HAPPY because I…

(shh secret, its a secret til i say so)

(secret soundtrack: violently happy by Björk)

NAN

Me mandas una foto de Nan Goldin. Una foto hermosa, una foto que bien podría poner aquí para acompañar esto. Pero no lo haré, esa foto es para mí, es una foto que te gusta a ti y que has querido compartir conmigo. Seguramente  muchas personas la han visto ya: en un libro, en la red o en un museo, la han visto por casualidad. Pero yo la he visto porque tú lo has querido y eso lo hace más preciado.

Es hermosa, ¿qué te voy a decir, si tú ya lo sabes? Esa foto, sabes, me dice mucho y me recuerda por qué me gusta Nan. Y me hace pensar por qué te gusta Nan.

En una entrevista dijo una vez que la cámara fotográfica le salvó la vida. Quien ha leído sobre ella sabrá a lo que me refiero. Quien no, pues vamos, a leer sobre ella y entenderán por qué y cómo una cámara puede salvar la vida de alguien. Sus fotos, digo yo, nos salvan de las emociones. Porque ¿qué son sus fotos sino emociones? anhelo y fracaso, amor y soledad. Lo íntimo vuelto público. Lo público vuelto privado.

Yo, tengo esta foto, una foto de Nan que compartiría con cualquiera porque, para mí, esta foto encierra todo lo que me gusta de ella y de la vida y del amor y de la amistad, y de la soledad y de la compañía y del color y de la sombra. Hay otra, otra foto que significa, para mí, mucho más que ésta pero esa, esa la guardaré para enviártela el día que menos lo esperes.

Nan es otra cosa que compartimos, ¿lo sabías?

REPOSO

Lo crea o no, he trabajado a mil por hora lunes y martes para poder tomarme 3 de los 7 días que me dieron de incapacidad. A esos tres días le sumaré los dos del fin de semana, lo cual nos dará un total de 5 días. Así que básicamente pasaré cinco días en mi casa. Seré algo así como una freelance pues desde allá terminaré algunos de los pendientes que tengo pero créame no será lo mismo hacerlos desde la comodidad de mi cama que desde la incomodidad de mi escritorio.

Soy, dentro de todo, una persona disciplinada (ñoñez total, diría la Natalia) pero cuando se trata de mi saludo soy una irreverente, no me mido y creo que esto que estoy viviendo ahorita y que he tratado por todos los medios de tomarlo con buen humor es una casigrave consecuencia de mi descuido y mi indisciplina. El cuerpo es nuestro hogar, si no lo cuidamos se viene abajo y si él se viene abajo, todo lo demás se viene abajo. Sin un cuerpo sano es prácticamente imposible llevar a cabo todo lo que se supone que uno debe llevar a cabo.

Así que, por vez primera seré una niña bien portada y residiré en mi casa para volver el lunes con el cuello más ligero, el ánimo mejor que nunca y la disposición total de modificar muchas de las prácticas que me tienen así: con collarín, con dolor y poca resistencia.

Declaro entonces las 6:20 de la tarde como hora inicial d

NO SÉ SI CASARME O COMPRARME UN PERRO

No se me asusten, ese título no es algún tipo de indecisión que esté cruzando mi mente, al menos no por el momento. Se trata de una novela que estaba leyendo hace unos meses y que perdí en algún lugar de mi universo. Pero hoy apareció en el librero de mi oficina, estaba escondiéndose de mí, probablemente sabía que sólo hasta ahora con el verano bien aterrizado en nuestras vidas (el muy desgraciado) yo podría ponerle la atención que se merece. Es una novela de la argentina Paula Pérez Alonso, narradora y periodista (a veces cuando digo eso, en ese orden siento que se trata de un eufemismo). Es divertida y conmovedora. Es una joyita perfecta para acompañar cuando una tiene que estar en reposo con el /&%$· collarín lazándole el cuello.

Y aunque yo no vivo esa disyuntiva pues tengo claro que no quiero casarme y que no quiero comprarme un perro sí puedo decir que yo: no sé si tener un amorío o comprarme un gato.

(turrumps)

¿LES HE HABLADO DE ELLOS?

Son mis amigos, mis nuevos amigos. Los que, sin saberlo, me han sacado de muchos rollos, de muchas necedades (el amor, uno de ellos). Son mis amigos, los que no saben que me cacharon en el momento justo, cuando yo no sabía a dónde voltear porque había optado por algo importante en mi vida. Los que llegaron e hicieron de los meses que se supone que debían ser un duelo de unos meses tranquilos, de risa, de aprendizaje, de afecto, de ese afecto único que se puede sentir cuando una red de hombres está a tu lado para cuidarte, para escucharte, para hacerte recordar que la vida es mucho más, que hay más en ella y que te bajas de un tren para subirte en otro y qué divertido es este otro tren, un tren que nos detiene a cada rato a comer.

¿Les he hablado de ellos? son mis amigos, tres de base, tres que están a un click de distancia o a una llamada. Tres amigos que no sólo son la mar de ternura sino que también son admirables en muchos sentidos. En ellos la solidaridad, el afecto, la risa oportuna, el regaño, la memoria. Muchos tenemos amigos pero pocos, muy pocos tenemos amigos que, además, admiramos. En ellos el sistema, el viaje, la foto, el sonido, el beso y el apretón de manos, el abrazo y la palabra.

No, no les he hablado de ellos, no lo suficiente pero es que a una le enseñaron a no ser presumida y, hablar de ellos, es presumir.

BROWNIES ARE NOT THE SOLUTION

No, brownies are not the solution when you are sad or brokenhearted or just with a severe damn neck-ache. No, brownies are not the solution but oh hell, how good do they taste, how good does it feel to have seconds of chocolate pleasure to heal.

PERDER (relato)

La noche que te conocí, Iliana, comencé a perder. Perdí la cabeza, perdí el rumbo. Perdí el carácter Iliana.

Yo no era así. Fumaba sólo en la mañana, después del café y pasaba el resto del día inventando los mejores crucigramas para el periódico en que trabajaba. Cuando menos pensaba ya eran más de las seis y caminaba a casa. Compraba algo de cenar y me encerraba a ver algún partido de tenis o de futbol o a escribir esos proyectos que algún día serían reconocidos y me llevarían de viaje por el mundo. Eso era lo único que yo quería, dejar esta ciudad y viajar por el mundo. Ser nadie en otro lugar.

Pero llegaste tú, Iliana.

¿Qué hacía yo esa noche en ese lugar? Si yo no salía, te lo he dicho, yo no salía de mi casa. Pero ellos insistieron, siglos de no vernos, siglos de inventar excusas para no beber cerveza y escuchar las mismas historias de los compañeros de la universidad. Y ahí estaba yo y ahí estabas tú. Te me acercaste y a mí nadie se me acerca. Me pediste un cigarro y te digo, yo breve fumador, no tenía ni qué ofrecerte. Comenzamos a hablar, me hablabas de las formas que observabas en tu microscopio. Plasmas de colores. Hablabas de ello como si se tratara de pintura abstracta. Te llevé a mi casa, yo, yo te llevé a mi casa, Iliana. Y no volviste a salir de ahí.

Hasta que saliste de ahí.

Pasaba las noches observando tu sueño, la unión esa entre tu cuello y los hombros, la forma en que acomodabas ese mechón de pelo tras la oreja, tus uñas redondas y cortas. El dedo pequeño del pie. ¿Qué tanto ves? me decías sonriente al principio. Te hablaba de mis planes, te regalaba mis planes, vámonos juntos, te decía, el mundo como plasma. Te reías. Tonto, me decías, eres un tonto. Y yo pensé que bromeabas.

Pero lo creías de veras, que yo era un tonto y que tú no te irías con un tonto. Dejaste el cuarto, dejaste la casa. Me dejaste a mí y yo me dejé a mí.

Fumo una cajetilla diaria, Iliana. He dejado de hacer crucigramas. Me encargo de las esquelas en un periódico mucho menos importante que el otro. Se requiere un tipo solitario y sin entrañas para escribir algo así. Camino a casa por las noches y me detengo siempre en ese bar, con la esperanza de encontrarte o de encontrar a una mujer como tú, una que me permita recuperar lo que perdí.

Porque la noche que te conocí, comencé a perder.

LOS PLATOS ERAN ENORMES (RELATO)

Los platos eran enormes. Infinitos. Mamá sirvió puré, carne y verduras cocidas. Cantidades gigantescas. Montañas enormes de comida. A comer, dijo. Nosotras mordiéndonos el labio, escondiendo las manos dentro de las mangas, agachando la cabeza. Intercambiamos miradas. Ninguna de las dos dijo nada.

Ella acercó nuestras sillas para evitar el aire entre cuerpo y mesa. La madera nos oprimía el pecho. A comer, dijo. Miramos el plato: ni el puré ni la carne tenían el mejor aspecto. Siempre habíamos odiado los chícharos. Las zanahorias eran amarillentas. ¿Cómo tomar el tenedor? ¿Cómo atreverse a probar eso? Mirábamos y mirábamos la comida para desaparecerla. Mirábamos y mirábamos y la comida seguía ahí. Viéndonos de frente.

Como mamá.

A comer, insistió. El tono era otro. La mirada era otra. Mamá, era otra. Tomamos los cubiertos. Deslizamos la comida como antes nos deslizábamos por la calle. Acomodamos porciones pequeñas, pequeñísimas, en el tenedor. Hacíamos como que sí, que comeríamos, que qué rico.

Mamá iba y venía. La casa toda era el sonido de los hielos en su vaso, sus tacones sobre la duela. Fue a la sala, puso un disco, el disco, a repetir la canción de siempre. Cantar. Volvió al comedor y descubrió platos intactos y quijadas quietas. Dijo: a comer.

No había salida.

Comenzamos. Cortar un poco de carne. Tragar un poco de puré. Empujar los chícharos a la orilla del plato. Rozar las zanahorias. Abrir la boca. Cerrar la boca. Masticar. Masticar.

Masticar era un juego extremo.

El tiempo se extendía como el mantel sobre la mesa. Las zanahorias, el puré, los chícharos eran eternos.

Hasta que nuestra lentitud la exasperó y, de pronto, su cuerpo, su mirada, su voz… todo en ella, rabia. Pura rabia. ¡Dije que a comer! Golpeó la mesa. Nuestras caras. Nuestro miedo. Nuestro encierro.

Lo siguiente ocurrió así: Tiró su vaso, hielo y cristal se confundían sobre el piso. Arrebató mi tenedor, colocó carne, puré y verduras, me urgió a abrir la boca, grande “más grande”, y metió todo. Luego tocó el turno a mi hermana. “Abre, abre”. La misma operación muchas veces. Demasiadas veces. Tantas veces. “Van a comer porque van a comer”, nos decía.

Ninguna de nosotras dijo nada. Ninguna de nosotras miró a la otra. Ninguna de nosotras le recordó a mamá que eran las once de la noche, y que ya nos había dado de cenar lo mismo hace dos, tres, cuántos días.

Los platos, eran enormes.