Los platos eran enormes. Infinitos. Mamá sirvió puré, carne y verduras cocidas. Cantidades gigantescas. Montañas enormes de comida. A comer, dijo. Nosotras mordiéndonos el labio, escondiendo las manos dentro de las mangas, agachando la cabeza. Intercambiamos miradas. Ninguna de las dos dijo nada.
Ella acercó nuestras sillas para evitar el aire entre cuerpo y mesa. La madera nos oprimía el pecho. A comer, dijo. Miramos el plato: ni el puré ni la carne tenían el mejor aspecto. Siempre habíamos odiado los chícharos. Las zanahorias eran amarillentas. ¿Cómo tomar el tenedor? ¿Cómo atreverse a probar eso? Mirábamos y mirábamos la comida para desaparecerla. Mirábamos y mirábamos y la comida seguía ahí. Viéndonos de frente.
Como mamá.
A comer, insistió. El tono era otro. La mirada era otra. Mamá, era otra. Tomamos los cubiertos. Deslizamos la comida como antes nos deslizábamos por la calle. Acomodamos porciones pequeñas, pequeñísimas, en el tenedor. Hacíamos como que sí, que comeríamos, que qué rico.
Mamá iba y venía. La casa toda era el sonido de los hielos en su vaso, sus tacones sobre la duela. Fue a la sala, puso un disco, el disco, a repetir la canción de siempre. Cantar. Volvió al comedor y descubrió platos intactos y quijadas quietas. Dijo: a comer.
No había salida.
Comenzamos. Cortar un poco de carne. Tragar un poco de puré. Empujar los chícharos a la orilla del plato. Rozar las zanahorias. Abrir la boca. Cerrar la boca. Masticar. Masticar.
Masticar era un juego extremo.
El tiempo se extendía como el mantel sobre la mesa. Las zanahorias, el puré, los chícharos eran eternos.
Hasta que nuestra lentitud la exasperó y, de pronto, su cuerpo, su mirada, su voz… todo en ella, rabia. Pura rabia. ¡Dije que a comer! Golpeó la mesa. Nuestras caras. Nuestro miedo. Nuestro encierro.
Lo siguiente ocurrió así: Tiró su vaso, hielo y cristal se confundían sobre el piso. Arrebató mi tenedor, colocó carne, puré y verduras, me urgió a abrir la boca, grande “más grande”, y metió todo. Luego tocó el turno a mi hermana. “Abre, abre”. La misma operación muchas veces. Demasiadas veces. Tantas veces. “Van a comer porque van a comer”, nos decía.
Ninguna de nosotras dijo nada. Ninguna de nosotras miró a la otra. Ninguna de nosotras le recordó a mamá que eran las once de la noche, y que ya nos había dado de cenar lo mismo hace dos, tres, cuántos días.
Los platos, eran enormes.