Nos conocimos frente a una sopa, una deliciosa sopa de tortilla. Nos habíamos leído el uno al otro, vaya usté a saber qué fue lo que hizo surgir el click porque cuando nos vimos hablamos poco pero con una familiaridad inusual.
Lo siguiente fue seguir con mensajes cortos, cotilleo variado.
Hasta que me enfermé.
Estuvo al pendiente, me mandaba notitas, me sugirió un médico. Y al sugerirme el médico lo conocí más.
Luego, me volví a enfermar y ahora no sólo estuvo preocupado por mi salud sino que él mismo llegó a mi casa y me llevó casi casi de la mano a ver al dichoso médico. De pronto en ese trayecto de uno a otro lugar lo sentí: así es como inician las amistades que se antojan largas.
Luego un café, más charlas breves pero profundas. Un par de tarros, una comida, una visita en casa.
¿Cómo se le puede tener tanto cariño ya a quien apenas se conoce? No sé pero sucede.
Y hoy Luis se va, se va de vacaciones, se va lejos y cuando vuelva, probablemente, yo ya no esté aquí y no nos veremos en mucho tiempo. En un rato más iré a despedirme de él, nos daremos un abrazo, intercambiaremos palabras pero quizás no alcance a construir un buen párrafo para decirle lo mucho, lo muchísimo que le quiero.
Luis se va, y yo también.

