en la casa de arizona en el paso, texas:

Se sonríe mucho. Tenemos un visitante que no es visitante, es elemento esencial, es accionista mayoritario es el centro de mi corazón. Sí, señoras y señores, mi hijo está de visita, pasa sus vacaciones de semana santa conmigo, acá en este punto del universo que ahora habito.

Es como en los viejos tiempos pero mejor. Mucho mejor. Así que en la casa de la calle de Arizona en El Paso, Texas, se sonríe mucho, muchísimo. Tanto.

VALERIE, OH VALERIE!

FINAL INFELIZ

Viven ahí, desplumados
el pájaro inmundo y el amor humano,
con la cara en el visillo y el azul en carga,
rota la estrategia tantas veces ensayada.
Sentimental la luz: años después de la venganza.
Hierven los polos, la madre se hunde
y por pasillos de hijos y cal subirá el agua.
Muertos los osos, será el fin, casa por casa.

de la ola, el atajo / Valerie Mejer, 2009

 


escribo desde aquí

escribo desde aquí, señalo una mesa en un área de descanso en un punto de nuevo méxico en un lugar llamado estados unidos.

escribo desde aquí, señalo mi pecho que hoy brincotea de gusto, de nervios, de todas esas emociones que se sienten cuando una va a recoger al hijo para luego traerlo dos semanas y convencerlo de que vivir acá está bien, que es una aventura, un nuevo ciclo, un comienzo.

escribo desde aquí, señalo mi cabeza porque trato de pensar, armar, crear espacios entre palabra y palabra entre silencio y silencio entre yo y la otra que soy.

escribo desde aquí porque aquí las cosas han mejorado para mí, porque aquí he aprendido a ser más escritora de lo que hubiera podido ser antes, porque aquí he resuelto muchos de los dilemas y dramas emocionales que allá no tenían sentido, escribo desde aquí, desde donde quiero ser madre y escritora.

 

WIGGS

Hoy fui a Wiggs, la futura escuela de mi hijo para hablar con la encargada del registro y conocerla por dentro (a la escuela, no a la señora) y bueno salí fa-sci-na-da.

Yo sé que la transición será retedifícil para el pequeño por sus amigos, por sus abuelos, su papá, su otra mamá, sus hermanas, por la ciudad toda… pero hoy al recorrer esos pasillos me volvió un optimismo, me entusiasmé, vi un futuro dulce.

Me lo imaginé con su uniforme, metiendo libros a su casillero, caminando con otros chicos, me lo imaginé como en un programa de tv gringa. Sé que estoy siendo muy ingenua pero me vale.

Estoy contenta. Lo mejor es que mi hijo llega este fin de semana y nada, nada, nada se le parece a lo que siento. Acaricio la alegría con la mano derecha.

HOY DUERMO

Con un calcetín verde lancasteriano. Bendito sea que no es Lacaniano.

SILLIMAN

Ron Silliman pertenece a la llamada Language Poetry. Escribió un texto titulado  Albany.

Albany se compone de cien oraciones, es una prosa que también es una memoria que también es un poema, que también es una historia, que también es pública y también es privada. 

Años después Silliman retoma el poema. Escribe cada una de las oraciones del poema y sobre esa línea escribe, hace una exploración del momento, de la experiencia del lenguaje que es eso: experiencia y momento. Este otro ejercicio se llama Under Albany. Aquí, el autor recolecta, reflexiona, escribe, transcribe y luego se topa con otra línea de Albany y el ciclo vuelve a comenzar.

Compré y leí ese libro hace dos, tres, ¿cuatro años? y lo disfruté infinitamente. No me di cuenta entonces de su importancia. Me gusta volver a los libros. He vuelto a Albany y he vuelto a Under Albany y digo que no hay sentencias como las de Silliman.

70

setenta abdominales en la mañana y setenta en la noche eso, eso es lo que puedo hacer, no más, así que no me critiquen.

LA MESA DE LA COCINA

Lo he vuelto a hacer. Lo juro que lo vi venir, en serio, me paso.

Me explico:

Cuando recién me mudé a esta casa sabía que tenía que comprar cuatro cosas para poder estar en paz conmigo misma y con mi extrañamiento de mi antiguo hogar: una cama, un sillón, un comedor, un escritorio y su consabida silla. Y así lo hice, compré las cosas casi en el orden mencionado. Casi. Dejé para lo último el escritorio. Vi varios pero bueno el precio detenía el proceso de compra. Finalmente desistí y me dije, mira algo pequeño y punto, algo peque y mono para la esquinita al lado de la ventana.

Compré el escritorio, lo armé (yo no sé por qué insisto en seguir armando mis muebles, no es lo mío siempre dejo algo medio guango). Y bueno, el rinconcito quedó lindo un pequeño escritorio negro con espacio para la compu, una lámpara, una taza de té y un cuaderno o libro. Tiene sus pequeños estantes para acomodar papeles y la impresora. Voilá, todo perfecto.

Pero no.

Cuando menos me di cuenta ya estaba yo trabajando de cuando en cuando en la mesa de la cocina. Como siempre me ocurre. Esta es la tercera vez que compro un escritorio que a fin de cuentas no utilizo. Pfff. Otra vez la misma historia: no quepo, estoy incómoda, mis piernas se sienten acorraladas, no puedo tener más de dos libros cerca de mí porque no cabemos, somos demasiados habitando este lugar.

So,  que heme aquí, escribiendo en el que siempre será el mejor lugar para escribir, la mesa de la cocina. ¿Cuándo aprenderé?

Estoy a punto de convertir el miniescritorio en estante común y corriente y oficialmente declarar la mesa de la cocina como el espacio altamente creativo de esta casa.

fatal

Hoy amanecí fatal, más fatal que todas las fatales. Pasé la mañana en camita, tecito, agua, echa bolita en mi habitación blanca de cobijas coloridas. Oía a mi vecinita jugar con su perro y pensé en un cuento. Hubiera querido pararme a escribir pero no, ni ánimo para levantarme.

Y pensé en que aún cuando uno se siente fatal la mente trabaja, escucha, inventa. Así que ni tan fatal.

Ahora ya me levanté, estoy echa bolita en el sillón de mi sala, veo una peli, tomo notas en mi libreta y, aunque me sigo sintiendo fatal pues ni tan fatal la estoy pasando, ¿no? Ni quejarme debería, como decían mis alumnas del tec: “fatal mi vida, eh?” por quejarme como si fuera un deporte.

anyway, me vuelvo a mi peli y mi tarde “fatal” de té, galletas y comodidad.