HARRY Y SCOTT
Soy una nenita de clóset. Sí, como lo oyeron. Aunque probablemente con lo que he escrito aquí a lo largo de los años y con lo que por lo tanto han leído/sabido de mí a lo largo de los años muestra que de clóset nada: nenita tal cual.
Una nenita que tiene 6 días leyendo uno tras otro los libros de la saga de Scott Pilgrim, la novela gráfica de Bryan Lee O’Malley que me prestó mi queridísimo Sergio. Lo he disfrutado ho-rro-res. La película me gustó mucho, no demerita al libro, pero obviamente no tiene todos los detalles que el el texto original detalles que son geniales. Hoy acabo con el último y estoy entre emocionadita y decepcionadita porque hubiera querido que continuara y continuara.
Así, igualito igualito me pasó con los chingados Harry Potters. Los comencé a leer por mis sobrinos y luego me volví yo sola una tonta superfan, ni siquiera quiero decirles cómo estoy de que me rechinan los huarachitos porque ya se estrene la última película. Me los leí todos, esos más lentamente y me los leí con gusto, me quité mi chaleco de soyescritoray blablalba y me puse el de soy una lectora que quiere entretenerse.
Porque también puedo ser eso, bueno, eso y una Nenita, claro.
Dear Florence
QUE TODOS ESTEMOS BIEN
Stano tutti bene es el título original de Todos estamos bien, película que en italia protagonizó Mastroianni. La vi hace siglos. Es la historia de una familia. O más bien, la historia que de su familia quiere formarse un padre. Recién viudo, el hombre decide ir a buscar a sus hijos que viven en diversos puntos de su país, viviendo diversas experiencias de las que a él no le han hablado y de las que no saben cómo salir. El padre quien fuera hombre duro es llevado, por la vejez, a encontrar su lado compasivo y dulce.
Estados Unidos hizo hace poco su versión de esta película con Robert de Niro. Una versión que, a fin de cuentas, no pierde lo más importante de la primera: ese incesable deseo por recuperar a la familia.
Vi la película el sábado con mi madre. Estábamos ahí las dos, calladas, pensando sabiendo que hay tantas coincidencias entre esa familia y la nuestra. Mis padres, también, tienen hijos que se han regado por todas partes. A mis padres, también, la edad les ha enseñado muchas cosas, me pregunto si seremos un día capaces de verlo.
No hace muchos días en su trabajo le pidieron a mi madre una foto reciente con todos sus hijos y nietos, me dijo con la cara más triste que le he visto en años: no tengo ninguna. Se me arrugó el corazón. Pero mi mamá no lloró, no dijo nada más. Mujer fuerte al fin. Mi papá no habla de eso, pero no hablar de eso no significa que no piense en eso. Seguramente a él también le gustaría una foto así.
Yo no puedo resolver todas las cosas, hay rencillas que no me incumben ya -y es un buen momento para entenderlo al fin-, tampoco puedo creer que una navidad vamos a estar todos en la misma mesa, ni siquiera voy a idealizar ya los momentos en que sí estuvimos así. Yo sólo espero que un día, de un modo u otro, mis padres sepan, sepan de veras, que todos estamos bien.
Yo deseo, deseo de corazón, que todos estemos bien. Estemos donde estemos.
EL PAISAJE: AHÍ ESTÁ
Hace unos días murió Jorge Semprún, un autor al cual he leído poco, poquísimo y del que he leído y oído hablar tanto. La primera vez que me topé con su nombre fue cuando trabajaba en mi tesis de maestría sobre Sin destino de Imre Kertesz. La segunda vez fue cuando leía sobre Sebald y su Austerlitz. Semprún es, como ellos, otro autor que sobrevivió el Holocausto, otro autor que dibujó (si esa es la palabra adecuada) eso que no podría llamar vida en el campo de concentración.
Tres escritores que se hicieron ahí, que vieron tantas caras que después fueron cadáveres, tantas caras que siempre fueron asesinas. Kértesz en Sin Destino narra que el momento más feliz de su vida lo vivió, paradójicamente, en el campo de concentración. Era un día raro, soleado, un día en que jugaron pelota él y sus otros compañeros de celda, un dia en que todo el pesar, el miedo y el dolor desaparecieron. Estaba ahí solamente la alegría de un campo con sol y un partido de futbol.
Semprún narra, en este fragmento algo que también habla de vida, de encontrar en el miedo un paisaje que por triste, hermoso. Se trata de un fragmento de El largo viaje, un libro que no tengo pero sé que un día tendré en mis manos. Descanse en paz, el hombre que después de todo lo vivido alcanzó algo que pocos conocen: la paz.
El tren rueda despacio, con un monótono ruido de ejes. Silba, de repente. Ha debido desgarrar el paisaje de invierno, como ha desgarrado mi corazón. De prisa, abro los ojos, para sorprender el paisaje, para cogerlo desprevenido. Ahí está. Está, simplemente, no tiene otra cosa que hacer.
DOMINGO 6 A.M.
el cosquilleo en las piernas, ese ir y venir de algo que no sé describir desde el pie hasta el muslo. dejar la cama. armarme de pants, tenis, lentes, gorra. preparar la música, los audífonos. abrir la puerta de la casa cuando en la ciudad son las seis de la mañana. tocar tierra, ver la mañana, sentir ese dulce ligero aire que sólo a veces habita el verano. caminar, caminar, caminar. observar esos objetos raros que siempre aparecen en la calle. sentir el sol en la cara, la esperanza en los ojos. caminar, caminar, sentirse bien, disfrutar, no pensar, sentir tan sólo, sentir como el cuerpo despierta, sentir cómo se relaciona con el suelo, con el clima, conmigo.
De pronto son las siete, vuelvo a casa, el hogar de los ruidos es de pronto un espacio desierto y en silencio, me preparo un jugo, me siento en la cocina y miro por el ventanal, el perro de mamá está acostado, levanta la cabeza, me saluda. La bugambilia está ahí, puedo jurar que hizo lo mismo.
Mis piernas, ahora, están en calma. No hay cosquilleo, no hay ansiedad. Son mis dedos lo único que se mueve.
DRIVE-IN
Pasan los años y el sentimiento permanece igual o más o menos igual. Voy a un drive-in, me preguntan ¿qué desea? y en lugar de decir que deseo una McNífica para mi hijo y un sundae para mí me dan ganas de decir que quiero tranquilidad well done, un poco de alegría con chispas de risa, dos Mctríos de paciencia y de tomar un vaso de compasión con mucho hielo.
Pero no, no lo hago. Pido la dichosa hamburguesa y la nieve. Pago en la ventanilla, recibo mi pedido y me voy.
Mi hijo abre rápido su bolsa, saca su hamburguesa y la muerde para después decir: la felicidad de un niño sólo cuesta 54 pesos mamá. Sonrío. Al menos éste, me sale barato.
THE TORRENT OF WORDS OF PATTI SMITH
SE ESCRIBE A SOLAS
Se escribe a solas, en una conversación secreta con uno mismo, avanzando a tientas, a veces dejándose llevar por la alegría de las palabras que fluyen y otras aguardando, con paciencia, con tesón, con desánimo, temiendo que tal vez no salga nada de tanto esfuerzo, soñando cuidadosamente un libro que no se sabe si llegará a existir, y que cuando por fin existe muy pronto se queda en el pasado.
Antonio Muñoz Molina
MAÑANA
El padre de mi pequeño sujeto, el pequeño sujeto y yo vamos a ir al Consulado a la famosa entrevista para tramitar su visa estudiantil. El padre de mi hijo nos apoya en esto, mi hijo ya se entusiasma con esto y yo pues estoy nerviosilla. Soy de las que aún sienten temblorina en las piernas cada vez que ve a un oficial, más si es gringo. Algún delirio de persecución que me quedó de cuando era Juana de Arco en otra vida, supongo.
Pero siento que mañana nos irá bien, nos tiene que ir bien porque es lo que necesitamos el hijo y yo. Su papá lo sabe, yo lo sé, mis padres lo saben. Recorrer de nuevo esa carretera, habitar esa casa, explorar ese país. Ser la familia compuesta de dos que hemos sido intermitentemente.
A ratos aún pesan las palabras que cierto personaje me otorgó sobre mi partida, aún lastiman un poco. A ratos logro dejarlas de lado y seguir mi camino. Hay gente que simplemente no piensa antes de decir y actuar. He aprendido ya que lo único que tengo que hacer es pensar y actuar para mí y para el de doce.
Y entonces, partir.

