Cuando era pequeña mi madre estudiaba en la Normal Superior aquí en el DF cada verano, ¿qué hacía conmigo? me traía y me dejaba en casa de mis tíos, mis tíos favoritos: mi Tía Hortensia y mi Tío Favio. Mis primos, más de diez años que yo, tenían que lidiar con la sonorense regordetita que pronunciaba la sh en vez de la ch. ¿Qué recuerdo? paseos, tardes de cine, patinetas, perros, comida, risas, diversión, el perfume de mi tía y el clan clan clan como de campana de iglesia: la cuchara de mi tío dándole vueltas a su café.
Cuando era pequeña yo no sabía que dos de mis primos no eran mis primos, hijos del primer matrimonio de mi tía y adoptados por mi tío cuando estos eran unos nenitos. Mis primos que, no matter what, son mis primos. Cuando yo era pequeña yo no sabía lo importante que era mi tío para mi mamá. Cuando yo era pequeña yo no sabía lo importante que él siempre sería para mi familia. Cuando era pequeña yo no sabía que iba a dejar de verlos por tantísimo tiempo.
Mis tíos se separaron en algún punto de mi preadolescencia. A mi tío lo seguí viendo más o menos cada verano, a mi tía mucho menos. Todos seguimos nuestras vidas, mis primos se casaron, tuvieron hijos. Mi tío murió hace más de cinco años y mi tía murió tres meses después. La suya es de esas historias que uno no entiende porque a lo mejor uno no ha amado así. Tan así.
Ayer vi a uno de mis primos, me presentó a su hija mayor, les presenté a mi único hijo. Nos sentamos en una pequeña mesa de una gran librería y hablamos y hablamos. ¿Cómo le hicimos para reunir en dos horas más de veinte años de vida? ¿Cómo le hicimos para no llorar al hablar de sus padres, de la muerte, del dolor de la ausencia? ¿Cómo le hicimos para despedirnos con esa gran sonrisa?
Los lazos de familia son raros, lo jalan a uno para un lado o para el otro, de tristeza o de alegría, pero jalan al fin.
