PUES NOS VAMOS

Con las maletas llenas de entusiasmo después de estas largas semanas de paseo, descanso y trabajo. Nos vamos con un borrador de tesis bastante choncho, me restan sólo 15 cuartillas por traducir y listo a comenzar la ardua revisión con la tutora. Nos vamos sin haberlo visto a todo, sin haberlos visto a todos pero siempre hay ocasión de volver. Nos vamos con el corazón un poquito doblado por la enfermedad del Abuelo Bautista. Nos vamos, aún así, sonrientes porque nuestra anfitriona es una persona nueva, una mejor versión de sí misma. Nos vamos sin pesar (tal vez con peso por todo lo que comimos) pero nos vamos listos para lo que será un año definitivo en la Texana Tierra.

Nos vamos y, más allá de la nostalgia, esbozamos una hermosa sonrisa.

el tío, la tía, los primos

Cuando era pequeña mi madre estudiaba en la Normal Superior aquí en el DF cada verano, ¿qué hacía conmigo? me traía y me dejaba en casa de mis tíos, mis tíos favoritos: mi Tía Hortensia y mi Tío Favio. Mis primos, más de diez años que yo, tenían que lidiar con la sonorense regordetita que pronunciaba la sh en vez de la ch. ¿Qué recuerdo? paseos, tardes de cine, patinetas, perros, comida, risas, diversión, el perfume de mi tía y el clan clan clan como de campana de iglesia: la cuchara de mi tío dándole vueltas a su café.

Cuando era pequeña yo no sabía que dos de mis primos no eran mis primos, hijos del primer matrimonio de mi tía y adoptados por mi tío cuando estos eran unos nenitos. Mis primos que, no matter what, son mis primos. Cuando yo era pequeña yo no sabía lo importante que era mi tío para mi mamá. Cuando yo era pequeña yo no sabía lo importante que él siempre sería para mi familia. Cuando era pequeña yo no sabía que iba a dejar de verlos por tantísimo tiempo.

Mis tíos se separaron en algún punto de mi preadolescencia. A mi tío lo seguí viendo más o menos cada verano, a mi tía mucho menos. Todos seguimos nuestras vidas, mis primos se casaron, tuvieron hijos. Mi tío murió hace más de cinco años y mi tía murió tres meses después. La suya es de esas historias que uno no entiende porque a lo mejor uno no ha amado así. Tan así.

Ayer vi a uno de mis primos, me presentó a su hija mayor, les presenté a mi único hijo. Nos sentamos en una pequeña mesa de una gran librería y hablamos y hablamos. ¿Cómo le hicimos para reunir en dos horas más de veinte años de vida? ¿Cómo le hicimos para no llorar al hablar de sus padres, de la muerte, del dolor de la ausencia? ¿Cómo le hicimos para despedirnos con esa gran sonrisa?

Los lazos de familia son raros, lo jalan a uno para un lado o para el otro, de tristeza o de alegría, pero jalan al fin.

LOS DÍAS CLAROS

Laura calló. Entendía lo que Eduardo estaba diciéndole , claro que lo entendía, pero cómo sobrevivir a los días claros. Porque había días claros. Había mañanas completamente azules en las que todo parecía destellar, en las que todo estaba a la vista y no había forma de esconderlo. No es que ella quisiera esconder, como tal vez imaginaba Eduardo, el cansancio de la vida corriente, las cosas sin terminar, lo aburrido. Era lo esplendoroso lo que Laura rehuía, lo que cada día claro le mostraba. Era saber que si algo, algo político, no ocurría, lo esplendoroso, lo magnífico, lo oportuno, lo meritorio, lo con suerte o con esfuerzo finalmente conseguido comportaría mezquinidad.

El lado frío de la almohada, Belén Gopegui

a la deriva

 

1. loc. adv. Sin dirección o propósito fijo, a merced de las circunstancias.

2. loc. adv. Mar. Dicho de navegar o de flotar: A merced de la corriente o del viento

El sábado aprendí una lección de vida. El sábado viajé en globo. Enfrenté dos miedos, el miedo a las alturas y el miedo a perder el control. Navegar en globo aerostático es navegar a la deriva, estás ahí en medio del cielo, a unos 800 metros de altura, a merced del viento. Sabes de dónde sales, sabes cómo vuelas, sabes cómo avanzas pero no sabes hasta dónde llegarás. No tienes idea cuál será tu destino.

Esta es la forma en la que debo aprender a vivir. Concentrarse en el trayecto, en lo que se ve desde la canastilla, en la sombra del presente frente a ti, estar en el ahora y dejar de pensar en el hacia dónde. Dejarse ir, perderse, abandonar el control de las cosas.

Ser la sombra proyectada mientras se avanza. Estar a merced de las circunstancias, navegar, flotar, ser. Vivir a la deriva.

our death wakes us

As I got ready to leave for the trial I sometimes felt as though the pain of this loss was delivering me unto a form of enlightenment–that through it I was finally coming to grasp that our thoughts, our emotions, our entire lives, are essentially an illusion, a long, rich, various dream from which our death wakes us.

Whosoever shall seek to save his life shall lose it; and whosoever shall lose his life shall perserve it. Another red part.

Maggie Nelson, The Red Parts.

MI ESE

Mi eSe y yo siempre hemos tenido vidas paralelas. Nos presentaron por correo. Nos hicimos amigas por correo. Nos contamos la vida entera por correo. Luego, años, muchos años después finalmente nos conocimos. Presentamos a nuestros hijos y veraneamos juntos los cuatro. Nos prometimos vernos al menos una vez al año. Así ha sido, o así hemos tratado de que sea.

Ella, también, me ayudó a irme, a dejarlo todo y vivir mi escritura, mi vida.

Este verano hemos pasado más tiempo juntos los cuatro que en ninguna otra vez. Yo, ayudo un poco con su Princesa, ella consiente a mi Príncipe. Además, le da escritorio, residencia y alimento a mi libro, a mi tesis, a mi escritura, a mi lectura. Le da empleo a mis deditos editores. Mi eSe le da techo y amor a mi proyecto.

Llegué aquí sin idea a dónde ir, me iré aquí con una brújula bellísima. Mi eSe duerme en el cuarto de al lado pero reposa, siempre, en mi corazón.

LECTORA PROMISCUA

Me había prometido que este, aparte de la tesis, sería un Verano Gopegui. Es decir, que me leería todo lo que de Belén Gopegui estuviera disponible. Pero soy un asco, soy una promiscua, he estado insertando otras lecturas de aquí y de allá a mi estancia y, por lo tanto, he incumplido mi Promesa Gopegui.

¿Qué he leído?  Me leí Bonsai de Alejandro Zambra, Apuntes de un mal escritor de Mauricio Bares, estoy a mitad de Purga de Sofi Oksanen y a mitad de The Red Parts de Maggie Nelson (con esta última no me siento mal porque es parte de mi proyecto de tesis). Y ni les digo mejor que sigo con mis libros de Pema Chödrön lo cual, al menos, añade un toque espiritual a mi promiscuidad lectora.

Sin embargo, creo que todo esto ha sido nutritivo. Tengo subrayados, anotaciones, ideas para algo que mi mente comienza a cocinar. Así que soy lectora promiscua, sí pero peor sería no ser ni eso.

 

FALLING OUT OF A STORY

para G. T.

Falling out of a story hurts, dice Maggie Nelson en algún capítulo de The Red Parts. Y como siempre, tiene razón. Salirse de una historia de amor duele. No, salirse de cualquier historia: duele. Ya no eres parte de una trama, tu personaje se minimiza a tal grado que dejas de ser. Un buen día, desapareces.

Lo peor es saberlo, darte cuenta de que la historia sigue y sigue y tú no estás ahí. El resto de los personajes continúa interactuando, se visitan, se ven, toman algo de vez en cuando… incluso tal vez discuten y luego se reconcilian. Mantienen su nivel de importancia.

No es tu caso.

Tú te saliste de la historia y eso, eso es lo que menos querías. Al principio, claro, la rabia te hacía decir “me sacaron” ellos se vuelven los responsables de tu ausencia en el escenario, ¿cómo es posible si tú tan buena persona?, ¿cómo es que no sigues siendo parte de todo lo que ocurre?

Pasa el tiempo y asumes tu lugar, asumes tu parte, te asumes tú. Se necesitan dos para la unión y para la separación. A la larga la única responsable de tu salida en una historia eres tú porque tampoco intentaste volver a la trama, ¿o sí? No llamaste a esa amiga, no fuiste a su casa, no hiciste más que escribirle y cuando viste que no funcionó desististe y ya.

Hay historias de las que uno sale. Sin más. Hay historias que pueden retomarse donde se quedaron. Hay historias que pueden reescribirse.  Pero hay historias que es mejor dejar así, guardarlas como lo mejor que leíste tiempo atrás.

Y ya.

rechazo

He vivido el rechazo, de un modo u otro, tres grandes veces en mi vida. A veces ha sido claramente: una negativa en negritas, mayúsculas y con tipografía de mil puntos. Un se acabó. Un no más. Un no, pues. No han venido acompañados de un: no eres tú soy yo. No. En esos rechazos el común denominador, lo que sobraba, lo que no entraba en la ecuación era yo. Sólo yo.

Terapias, libros y charlas me enseñaron con el tiempo que a veces los no son resultados del miedo del otro, de la inseguridad del otro, de la falta de fe del otro. Terapias, libros y charlas, de cualquier modo, no le quitan el dolor del no a uno. No dicen cómo se vuelve a la vida normal, cómo se vuelve a poner derechito el corazón, cómo se camina con ese pequeño vacío en el alma. Eso sólo lo hace el tiempo.

Hace un par de días vi cara a cara a uno de esos grandes no. Al rechazo más duro. Al rompimiento más doloroso. Y aunque sigo sin entender del todo al mismo tiempo entiendo del todo. Cuánto aprendizaje gracias a ese no. Cuánta tristeza después de ese no. Cuán lejos está ese no. Cuál otra soy yo. Me sentí tranquila, una paz me doraba las mejillas, me cosquilleaba las palmas.

Mientras caminábamos sugirió ir por acá. Yo dije, no, yo voy allá y señalé un punto que era una calle pero se parecía al presente-futuro. Y hacia él camino.

Ese día me despedí del rechazo, de ese y de otros. Esos rechazos en los que no sólo perdí yo.