El viernes pasado fui a renovar mi permiso para permanecer en este país. Es un trámite que tengo que hacer cada seis meses y, desde que me vine aquí, cada seis meses hacer esto implica una aventura. En esta ocasión fue casicasi deporte extremo. Cuando llegué me dijeron: las cajas están cerradas, pero ya no podía regresarme, no me quedaba más que meterme en esa sala y esperar a que abrieran. En la sala había más de cincuenta personas esperando, esperando lo mismo que yo. Me senté, me puse mis audífonos y me dije a mí misma: sólo serán unas dos horas.
Al término de la segunda hora, finalmente, abrieron una caja. UNA. Comenzó a entrarme un ataque de ansiedad cuando vi que con cada persona la agente se tardaba 30 minutos o más. Las cuentas no me salían, ¿estaría ahí para siempre? Saqué mi libro de Belén Gopegui y me dispuse a leer. Leí hasta que me di cuenta de que yo estaba leyendo una historia pero, a mi alrededor, estaban ocurriendo muchas más. Historias tantas historias.
1. Una señora, atrás de mí, se puso a cantar. “Vengo a decirte que eres asombroso, que eres único, que eres mi Dios” le eché un ojo y parecía una mujer bastante normal, excepto por el popurrí de canciones que adjetivaban a Dios como si se tratara de Nadal.
2. Una niña, harta de las horas de espera, tomó sus pequeños juguetes de papel y comenzó a venderlos. “Baratas, baratas, moños, vestidos, coronas de reina, barataaaas”. Una señora, enternecida tal vez por el grito de “baraaataaaaas”, le dijo “¿y caras no vendes?” La niña respondió: “No, caras no vendo, sólo ropa de papel”.
3. Un chico se preguntaba cómo funcionaba el sistema, esa era su primera vez en la línea, su primera vez haciendo trámites, su primera vez intentando entrar a este enorme país. “¿Te da miedo?”, le preguntó una señora. Su cabeza dijo no, su mirada dijo: sí, mucho.
4. Dos niñas decidieron tener un reto sublime. “Contemos los números hasta el cien” le dijo la una a la otra. “Bueno pero yo del uno al cuarenta nada más porque los otros no me los sé”, contestó la más pequeña. Y así el uno, el dos, el tres, el cuarenta, el sesenta, se volvieron una forma de superioridad, de reto personal, de madurez.
5. Una mujer, escritora, de treintaytantos ya en la ventanilla, le hizo una pregunta importante al oficial. “¿Puedo llevarme a mi gato a México y luego volver con él a Estados Unidos?”. El futuro del Gato Dante estaba en juego “¿Es su gato un residente americano?” La mujer, no sin antes reír por dentro, asintió. “Entonces sólo asegúrese de que tenga sus vacunas y de que viaje seguro”.
En esas siete horas, escuché muchas muchas historias más. Unas las guardo para mí, unas se convertirán en cuentos y otras más se las llevó el viento (o la migra).
