El pasillo y la estancia eran mi posesión. Eran el terreno donde se erigía el imperio de la pequeña tirana que yo jugaba a ser. Cajas pequeñas, medianas y grandes eran edificios, los zapatos eran puentes entre un lugar y otro, mis almohadas y cojines eran montañas y lagos. Mis muñecos: mis súbditos. Mis barbies: las cortesanas. El mundo era mío.
Sin embargo, las emperatrices se cansan. Y yo, como emperatriz, lo único que quería ya era irme a la cama. Entré al cuarto de mis padres y les dije: ¿que nadie va a venir a recoger este TIDADERO?, mamá entre risas me dijo, TI-RA-DE-RO, Sylvia, TIRADERO y no, no lo haremos, usted señorita va a recoger”.
Vencida y sola, disolví el imperio.
Años más tarde, a mis pies había algo similar. No eran juguetes, era un fraccionamiento de libros, discos, cuadros, videos, ropa… Una revolución de objetos. No había súbditos ni cortesanas. No se trataba de un juego. Esos, esos eran los restos que él dejaba cuando perdía el control. Y todo imperio termina por caer, por perder la fuerza en sus cimientos. Un día el suyo se vino abajo.
Salí de esa casa con lo único que tenía valor y la clara certeza de que yo, yo ya no iba a recoger ese tidadero.
Memoir, étude 3. sylviaguilar
