Hoy mientras hacía una limpieza de los clósets de esta casa (donde por cierto, nadie estaba metido) me he puesto a pensar que cuando escribo de vivir en esta texana tierra siempre cuento lo maravilloso, lo iluminador, lo encantador. Puro Lado A, pues.
La vida requiere balance, la escritura también. Un cuento: más. Así que a este cuento de la texana tierra tiene que añadírsele su Lado B. Porque no todo es dulzura aquí. No, señores.
En la texana tierra no están ni la madre ni el padre que tanto socorren cuando esto y cuando aquello. En la texana tierra una no puede irse corriendo a la 5 de mayo a escupirlo todo y escuchar sabios consejos. En la texana tierra los trancazos, los dobleces y rompimientos de corazón duelen pinchemente más. Aquí la soledad de un sábado o un domingo puede ser canija aún cuando haya un hijo en la otra habitación. Aquí a cada rato hay que escuchar frases que dicen los mexasesto, los mexaslotro o bien hay que aguantar cuando los gringosesto, los gringoslotro. Aquí a veces no hay un mástil del cual asirse cuando una siente que el barco se hunde entre tanto desierto. Aquí tengo miedo todoeltiempo de estar infringiendo una ley que en mi vida había escuchado. La escuela de mi hijo está repleta de niños que han sido depositados en esta ciudad mientras sus padres se las ingenian para salir adelante en la otra. Mi escuela está repleta de chicos que tienen que ir y venir de esta ciudad a la otra en cruces que pueden durar hasta dos o tres horas diariamente.
Son calles viejas, calles con historia, pero calles que nadie tiene gana de caminar. Hay casas viejas, casas con historia que nadie tiene la intención de habitar.
Me consuela saber que yo camino estas calles y habito esas casas, que yo estoy aquí pero también estoy allá, que he logrado sortear lo que aquí hay y lo que no hay. Me consuela saber que esto es temporal.
