Mi papá era una figura ausente. Su trabajo era viajar pero parecía ser no estar. No está ahí en mi memoria de esa piñata, tampoco está en la de aquel baile en 3er. grado. No lo veo cuando se me cayó el primer diente. Pero cuando lo recuerdo, lo recuerdo así: Me sentaba en sus piernas, aceptaba mi jaloneo, mi apretarme a su cuello, mi decirle papipapipapipapi. De pronto, yo gritaba: ¡¡Y que me rompía!! Me dejaba vencer por el peso, me le escurría, me le iba, me le iba. Mi papá me agarraba: de aquí, de allá. Máxima ingeniería para apresar a quien se le escurría como agua entre los dedos. El otro día le explicaba a mi hijo mi último accidente, le dije – no sé por qué- que había sido como un romperse. Apenas lo dije y se pusieron frente a mí todas esas veces en que yo me rompía en brazos de mi papá. Todas esas veces que él me retuvo como nadie puede retener al agua. ¿Y todavía te duele?, me preguntó mi hijo. Le dije que sí. (No pensaba en mi rodilla).
