Acabé con un libro. Un libro de cuentos que he traído a cuestas en los últimos dos años. O más. Sí, claro le falta una manita de gato, de esas que sólo un lector externo o un editor pueden llevar a cabo. Le falta, también, un lugar a dónde ir, un espacio que le diga “ven, pásate, aquí te publicamos”. Pero fuera de esos mínimos detalles un libro está listo. Lo he dejado ir y quien me conoce y quien conoce esta infame obsesión de quienes escriben saben a qué me refiero. Dejar ir es asumir la responsabilidad de que un libro está listo y que ha dejado de ser de uno.
Es una rareza literaria esa de terminar un libro. No terminaba uno desde el 2007. ¿Qué pasó en esos años entre uno y otro? pasó la vida, el trabajo, los alumnos, los amores y los desamores, pasó la desidia, la falta de disciplina. Pero eso: pasaron, pasaron y se fueron.
Aunque pensándolo bien, la rareza literaria soy yo y no lo digo como una virtud. Anyway, el caso es que terminé un libro y me siento bien. Estoy lista para lo que sigue y lo que sigue es una tesis, una bonita y gorda tesis texana. Otra rareza literaria, a decir verdad.
