En el camino durmió temprano en la mañana y un ratito en la tarde para poder estar superdespierto y acompañarme en el trayecto nocturno, y lo cumplió. Estuvo ahí, al pie del cañón en ese último cacho entre Silver City y El Paso que se siente eterno.
Cuando hemos viajado juntos tomamos turnos en la música: una hora cada uno y luego una sesión de mezclas de canción por cabeza. Lo hicimos en esta ocasión. Sus mezclas no sólo me tuvieron despierta sino que me hicieron reír y sentir el viaje más ligero.
Cantamos juntos Bohemian Rapsody.
Seguimos un poco en discordia en cuanto a nuestro Beatle favorito. El suyo es McCartney (tan fresa!), el mío es Harrison (tan zen!).
Hablamos del abuelo Abelardo, hablamos mucho. Los dos, probablemente, tragamos gordo y resguardamos las lágrimas para que el otro no se preocupara, pero el otro se dio cuenta. Un año apenas que se fue y hablar de ello todavía es duro.
Bailó conmigo de hombros para arriba La Cumbia de los Aburridos, de Calle Trece y Las Flores, de Café Tacuba.
Contestó los mensajes y llamadas de aquellos que estaban con el pendiente de nuestro trayecto.
Lo amo, ¿se los he dicho ya?
Ahora sólo resta cerrar las últimas semanas del semestre y prepararse para el viaje de regreso y las vacaciones decembrinas en el terruño al que cada vez cuesta más volver y del que cuesta cada vez más salir.
ya los quiero ver!