entre colas, papeles, firmas, inyecciones, bebés lacrimógenos y niños que usan paraguas como metralleta

Hoy fue un día largo, eterno, pinche de pinches.

Primero hubo que levantarse temprano y marcharse sin desayunar (primer error) a inscribir al de doce en la escuela. Una como ya se está acostumbrando a que todo es organizado, ágil y divino en este país pensó que en menos de 30’40 minutos estarían de vuelta en casa para comerse unos huevos benedictos (as if!) pero (segundo error), no fue así. Hicimos una cola de más de dos horas para que nos dijeran que no señora no se le inscribe aún porque le faltan vacunas, vaya a esta clínica, que lo picoteen y luego vuelva.

Y así hicimos. NOs lanzamos a una clínica en el centro de la ciudad, eran las 12, la hora de más sol en la ciudad y tuvimos que esperar una hora afuera porque no había otro refugio y porque si nos íbamos nos ganaban el turno y las consabidas dosis. A la 1 ya estábamos adentro esperando turno para las CINCO CINCO CINCO inyecciones que el infante iba a recibir, estábamos rodeados de bebés que parecían orquestrados para llorar, de mujeres con mínimo tres hijos de cada lado pero, eso sí, éramos protegidos por un niño de unos seis años que armado con un paraguas que tomaba cual si fuera la mejor bayoneta o metralla del mundo juraba que nos protegería del mal.

Acabado el suplicio ese regresamos a la escuela a hacer otras dos horas y cacho de filas inundadas de bebés llorando, hicimos otras doscientas firmas más y listo el joven quedó inscrito  en el siguiente nivel de su vida.

Ese fue nuestro día, un día de colas, papeles, firmas, inyecciones (CINCO), bebés y un héroe de barrio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *