DOMINGO 6 A.M.

el cosquilleo en las piernas, ese ir y venir de algo que no sé describir desde el pie hasta el muslo. dejar la cama. armarme de pants, tenis, lentes, gorra. preparar la música, los audífonos. abrir la puerta de la casa cuando en la ciudad son las seis de la mañana. tocar tierra, ver la mañana, sentir ese dulce ligero aire que sólo a veces habita el verano. caminar, caminar, caminar. observar esos objetos raros que siempre aparecen en la calle. sentir el sol en la cara, la esperanza en los ojos. caminar, caminar, sentirse bien, disfrutar, no pensar, sentir tan sólo, sentir como el cuerpo despierta, sentir cómo se relaciona con el suelo, con el clima, conmigo.

De pronto son las siete, vuelvo a casa, el hogar de los ruidos es de pronto un espacio desierto y en silencio, me preparo un jugo, me siento en la cocina y miro por el ventanal, el perro de mamá está acostado, levanta la cabeza, me saluda. La bugambilia está ahí, puedo jurar que hizo lo mismo.

Mis piernas, ahora, están en calma. No hay cosquilleo, no hay ansiedad. Son mis dedos lo único que se mueve.

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