Imagínese usted la escena, Sylvíssima picada, picadísima con un libro que llegó desde la mismísima Berkana de Madrid hasta Pennsylvania y desde Pennsylvania viaja conmigo a este otro hogar. Devoro página tras página de él, me sonrojo de cuando en cuando (y cómo no sonrojarse si el título del libro es Sexutopías y sus páginas son ufff, ufff y re ufff de bárbaras). Bueno, pues heme ahí en mi asiento, entreviendo cómo la gente aborda y siguiendo mi lectura sonrojadora. Me tomo unos segundos para adivinar, quién de entre toda esa gente es la que se va a sentar junto a mí. De pronto lo veo y lo sé, ese, justo ese, ese hombre con la cosita en el cuello que lo delata como sacerdote, justo ese se va a sentar aquí.
Y claro, se sentó aquí. Carga consigo una bolsa de Prada (sí, los padres usan Prada) su chamarra excesivamente grande (y que no subió al compartimiento) y sacó de su mochila (no vi la marca pero sé que es mochila de marca) un librote. La biblia, me pregunto, pero no, no era la biblia, era alguna otra cosa que estaba escrita en italiano, traté de avizar el ojo y enterarme un poquito de qué se trataba sólo para alcanzar a leer una sola línea “Il perdono di Dio”. Mmhh al menos es coherente entre su rol histórico y su lectura. Vuelvo a mis páginas, dos mujeres en un jacuzzi comenzan a flirtear, una toca a la otra con…. en…
Bestias, siento que el sacerdote echa un ojo a mi libro, me pregunto si habla español, me pregunto si alcanza a ver la palabra pezón al final de esta página, me pregunto si se pregunta. Yo debería ser valiente y leer como si nada, no cubrir con mi mano izquierda el título del libro de Sofía Ruiz (una autora de la que un día hablaré aquí) pero lo hago, dios mío, lo hago. Me pregunto si debo dejar de leer, si debo guardar mi libro y ponerme a rezar un padrenuestroquestásenloscielos, al cabo recién se lo he hecho practicar a mi hijo para su primera comunión. Pero no hago nada de eso, cómo voy a hacer algo de eso, debo ser coherente, ¿no? se trata de una sexutopía y hay que portarse como tal. Sigo leyendo, los personajes ya están sacando vapor del agua del jacuzzi y entonces…
la aeromoza dice que para poder despegar necesita que la parte trasera de tan pequeñito avión esté completa, ¿hay algún voluntario que se quiera mudar a las filas 15 y 16? Yo, por supuesto, levanto la mano, cierro mi libro, levanto mis cosas y me marcho a otro lugar. El sacerdote me mira, me mira raro (o soy paranoica) o me mira agradecido (o soy idealista).
Me mudo, me voy, me alejo del integrante de la iglesia pero, pero, PEEEEERO, no pasa nada porque existe Il perdono di Dio, ¿qué no?

que hermosa es tu inocencia de niña todavía 🙂