Mi mano sobre tu antebrazo. Tu índice sobre el dorso de mi mano. Las palabras no hacen falta. Están ahí pero no las decimos. Tampoco las oímos. Me inclino hacia tu hombro, te quiero decir más pero mejor digo: platícame, ¿qué desayunaste? y describes el más delicioso platillo. Te imagino cortando y la yema extendiéndose sobre el plato. Te veo preparándolo para mí, tomamos café juntos y hablamos de espárragos con mayonesa o de cómo se ensució los pies Proust.
Me miras, y todas estas cosas pasan por mi cabeza. Dices que soy encantadora, digo que estoy encantada contigo y por ti, Demóstenes.
