Una vez, viajé en un trailer. Mi madre y yo viajábamos de Guadalajara al DF. Yo tenía 15, tal vez 16 años. Nos detuvimos a comer fresas con crema. El carro exhaló su último aliento. No volvió a encender. Era un 4 de julio. El país entero se detuvo, era día de elecciones presidenciales. Fue el año que ganó Salinas. Mi madre no votó. Mi madre buscaba la forma de resolver lo del carro. Un señor trajo un mecánico, el mecánico trajo otro más. Es la bomba, nos dijeron, se quemó la bomba. No había nada abierto. En día de elecciones las refaccionarias no existen. Unos traileros que comían fresas con crema le ofrecieron ayuda a mi madre. Metemos su carro en el trailer de él, que está vacío y se van con él hasta el DF. Recuerdo que yo sólo pensaba: voy a viajar en trailer. Supongo que mi madre no estaba emocionada. Así lo hicimos. Aprovecharon una hondonada de la carretera para meter el auto. Viajar en trailer es comerse al mundo, a todos los miras por abajo. Dice mi madre que mientras yo me comía al mundo ella sólo pensaba: se va a meter en ese camino, nos va a dejar en la carretera y se va a ir, sí el trailero se va a ir.
Llegamos al DF en la noche. Le hablamos a mis primos que viven en Satélite para ver si podíamos llegar ahí y si tenían dinero para pagarle al chofer. Mis primos, ese día, habían vendido 4 perritos weimaran. Mis primos, ese día, tenían dinero. Encontramos otra hondonada, parecía estaba ahí sólo ese día para que pudiéramos bajar el carro de mi mamá. Bajaron el auto, le pagaron al chofer y cuando entramos a la casa de mis primos, mi madre se soltó llorando.
Esa fue la primera vez que vi el miedo en los ojos de mi madre.
