FLORENCE

Me puse una falda bella, un poquito 50’s style. Una blusita, un cardigan, un prendedor de brillantes y mis lentitos. Me presenté ante la clase. Dije: Hello everyone, I am Florence.

Ayer, fui Florence, uno de los personajes de Ian McEwan en Chesil Beach. Ayer finalmente fue la presentación para la que leí en un avión de ida y vuelta al destino, para la que leí sentada en el más hermoso parque de Sunset Heights. Para la que leí sin saber que mi vida estaba también en esas páginas.

Ayer presenté a mi autor favorito, hablé de él, de su obra, de sus mecanismos y hablé de mí como personaje. Lo hice un poco a la Pirandello pero sin máscara blanca. Me entregué a mi público, sonreí elegante. Hablé del tiempo extendido y apresurado, hablé de la novela que es de una noche y es de una vida y es de una sociedad entera. Hablé de mí, como personaje.

Ayer fui Florence. Sí, ayer por unos minutos, fui una dama inglesa, violinista, una mujer frágil que se equivoca, que es incapaz de entregar el cuerpo entero pero dispuesta a buscar soluciones. Una mujer dulce y dura al mismo tiempo. Una mujer que no quiere lastimar pero le fue inevitable. Florence la que no conoce los mecanismos del cuerpo y del amor.

Cuando terminé mi exposición hubo aplausos y ocurrió algo mágico, caminé de regreso a mi silla y de pronto todavía era yo Florence caminando sola en la orilla de Chesil Beach después de que Edward decidió irse sin buscar soluciones. De pronto yo era una figura con el viento en la cara y el presente en las manos.

Exhalé y no sé si yo era Florence o Sylvia pero al exhalar dejé ir lo que tenía que dejar ir. No se puede retener lo que no quiere ser retenido. Sólo el aire nos pertenece. Cuando me senté, estoy segura, yo ya era yo y mi rostro ya era el mío.

En mis manos: el presente.

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