El hijo y yo tuvimos una charla, una de esas importantes. Nuestras charlas importantes no duran más de cinco minutos. No sé qué siento cuando suceden. Tampoco cuando acaban. Muchos cambios se acercan y él los ve, él los sabe y toma las cosas con una madurez envidiable. También es probable que no sepa a ciencia cierta qué significa el futuro. Pero no me preocupa en lo absoluto y no porque yo haya hecho un buen papel como madre, no me preocupa porque creo que hay dentro de él las herramientas suficientes -generadas por sí mismo, por lo que ha visto y vivido- una resiliencia envidiable.
El de once es uno de los hombres que más admiro. Ya sé que es sólo un niño pero siempre, en sus cejas he visto un hombre y yo, admiro a ese hombre.
Y lo voy a extrañar cuando no esté a mi lado, cuando no esté a una puerta de distancia.
