NAN

Me mandas una foto de Nan Goldin. Una foto hermosa, una foto que bien podría poner aquí para acompañar esto. Pero no lo haré, esa foto es para mí, es una foto que te gusta a ti y que has querido compartir conmigo. Seguramente  muchas personas la han visto ya: en un libro, en la red o en un museo, la han visto por casualidad. Pero yo la he visto porque tú lo has querido y eso lo hace más preciado.

Es hermosa, ¿qué te voy a decir, si tú ya lo sabes? Esa foto, sabes, me dice mucho y me recuerda por qué me gusta Nan. Y me hace pensar por qué te gusta Nan.

En una entrevista dijo una vez que la cámara fotográfica le salvó la vida. Quien ha leído sobre ella sabrá a lo que me refiero. Quien no, pues vamos, a leer sobre ella y entenderán por qué y cómo una cámara puede salvar la vida de alguien. Sus fotos, digo yo, nos salvan de las emociones. Porque ¿qué son sus fotos sino emociones? anhelo y fracaso, amor y soledad. Lo íntimo vuelto público. Lo público vuelto privado.

Yo, tengo esta foto, una foto de Nan que compartiría con cualquiera porque, para mí, esta foto encierra todo lo que me gusta de ella y de la vida y del amor y de la amistad, y de la soledad y de la compañía y del color y de la sombra. Hay otra, otra foto que significa, para mí, mucho más que ésta pero esa, esa la guardaré para enviártela el día que menos lo esperes.

Nan es otra cosa que compartimos, ¿lo sabías?

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