La noche que te conocí, Iliana, comencé a perder. Perdí la cabeza, perdí el rumbo. Perdí el carácter Iliana.
Yo no era así. Fumaba sólo en la mañana, después del café y pasaba el resto del día inventando los mejores crucigramas para el periódico en que trabajaba. Cuando menos pensaba ya eran más de las seis y caminaba a casa. Compraba algo de cenar y me encerraba a ver algún partido de tenis o de futbol o a escribir esos proyectos que algún día serían reconocidos y me llevarían de viaje por el mundo. Eso era lo único que yo quería, dejar esta ciudad y viajar por el mundo. Ser nadie en otro lugar.
Pero llegaste tú, Iliana.
¿Qué hacía yo esa noche en ese lugar? Si yo no salía, te lo he dicho, yo no salía de mi casa. Pero ellos insistieron, siglos de no vernos, siglos de inventar excusas para no beber cerveza y escuchar las mismas historias de los compañeros de la universidad. Y ahí estaba yo y ahí estabas tú. Te me acercaste y a mí nadie se me acerca. Me pediste un cigarro y te digo, yo breve fumador, no tenía ni qué ofrecerte. Comenzamos a hablar, me hablabas de las formas que observabas en tu microscopio. Plasmas de colores. Hablabas de ello como si se tratara de pintura abstracta. Te llevé a mi casa, yo, yo te llevé a mi casa, Iliana. Y no volviste a salir de ahí.
Hasta que saliste de ahí.
Pasaba las noches observando tu sueño, la unión esa entre tu cuello y los hombros, la forma en que acomodabas ese mechón de pelo tras la oreja, tus uñas redondas y cortas. El dedo pequeño del pie. ¿Qué tanto ves? me decías sonriente al principio. Te hablaba de mis planes, te regalaba mis planes, vámonos juntos, te decía, el mundo como plasma. Te reías. Tonto, me decías, eres un tonto. Y yo pensé que bromeabas.
Pero lo creías de veras, que yo era un tonto y que tú no te irías con un tonto. Dejaste el cuarto, dejaste la casa. Me dejaste a mí y yo me dejé a mí.
Fumo una cajetilla diaria, Iliana. He dejado de hacer crucigramas. Me encargo de las esquelas en un periódico mucho menos importante que el otro. Se requiere un tipo solitario y sin entrañas para escribir algo así. Camino a casa por las noches y me detengo siempre en ese bar, con la esperanza de encontrarte o de encontrar a una mujer como tú, una que me permita recuperar lo que perdí.
Porque la noche que te conocí, comencé a perder.
