LA SANGRE

Estaban en la misma cama, madre e hijo. El hijo dormía inquieto, un poco de fiebre, sudor, pesadillas. La madre dormía inquieta, checaba la fiebre, quitaba el sudor, acariciaba un poco para contrarrestar las pesadillas. De pronto, en el momento de mayor quietud, cuando ambos cuerpos habían cedido al peso del cansancio el hijo despertó sobresaltado, ¿cómo es que las mujeres, una vez mamás, aprenden a escucharlo, sentirlo, inferirlo todo? La madre prende la luz y se encuentra con la sangre, en la cara, en las manos, en las sábanas, con el espanto del hijo al saberse así. De inmediato a calmar, a detener el flujo, a limpiar manos y rostro.

Cuando el episodio terminó, poco poco los dos permitieron que cuerpo y mente volvieran al descanso.

La mañana inició como cualquier otra, una mancha de sangre en las sábanas, no acaba con la rutina.

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