Ayer necesitaba darme una tarde libre. Nada de calificar, nada de nada. Yo, cama, tele. Renté Saving a Mr. Banks para, creía yo, no pensar en nada y disfrutar una comedia. Pero resulta que terminé llorando sin poder parar. No, no es que la película sea maravillosa, si lo pienso no es nada excepcional. Lo que ocurrio no fue lo de la película sino lo que yo vi en la película, lo que yo puse en la película. Una niña ama a su padre, ríe con su padre, festeja las barbaridades y fantasías de su padre. El padre es alcohólico. El padre vive en su propio mundo. Una niña observa cómo su padre cae y decae, una niña observa cómo su padre muere lentamente. Una niña observa cómo nadie, nadie, lo puede salvar.
Y yo pensé en el hombre que no pude salvar. Yo pensé en el hombre que tanto tanto me hizo reír, que tantas tantas fantasías creaba. El hombre que, también, murió lentamente. El hombre que, en realidad, no quería ser salvado.
Y lloré y lloré y lloré.
No había nada parecido entre esa niña y yo. Ella, al menos, estuvo ahí hasta el final. Lo malo es que ella cargó ese final hasta su propio final. Una especie de duelo que parecía más bien rencor. Yo no estuve ahí. Yo no tuve esa valentía. Yo no intenté llevarle peras. Yo no estuve en esos últimos días.
Yo estuve en los otros, yo observé, escuché, sentí muchos de los otros. Pero en esos, en esos en los que probablemente más contaba estar, no estuve. Y esa es la decisión con la que yo tengo que vivir. Pero mi duelo no tiene rencor, mi duelo suma un montón de escenas en las que Él y Yo reímos.
Vengo a entender ahora que las tardes libres nunca son libres, siempre hay algo que lo domina a uno.
