Hubo alguna hora de la tarde en que me venía, me tomaba un entristecer. Y hallaría una distracción en vigilar la limpieza justa de cada lugar, de cada rincón, aun detrás de las puertas, por entre los muebles. Y la limpieza de la vajilla. Y azuzar, como si no fuera mujer frágil. Entonces casi categórica daba mis pareceres; hacía las distribuciones. Cambiaba una extraña cosa allí, una conocida cosa aquí. Y todos estaban acostumbrados; la bonita gente; eran unos dóciles dejando hacer. En la noche cuando se iban a los cuartos y la casa se recogía, ganaba sombras y silencio. Y andaba solitaria por un tiempo corto que me parecía muy corto.
Nicolás Peyceré, Los días sentimentales.
