Desde niña me gusta dormir en una cama perfectamente tendida. ¿Las sábanas revueltas encima de mí? jamás, si sentía un poco de desorden me despertaba y volvía a tender mi cama, ya sabes la sabana bien estirada, el edredón o la colcha encima y luego un pequeño doblez aquí, otro allá y todo derechito de nuevo. En mi cabeza así se dormía bien, tener todo vuelto revolución equivalía, para mí, a descuido, a desorden, a mugre, a diosabequé.
Suena absurdo, lo sé.
Más absurdo suena que la manía persiste, que me es absolutamente imposible dormir en una cama que está hecha un desastre, no importa qué, tengo que acomodarlo todo, ponerlo bonito y lisito para poder dormir ahí. No, no es que yo sea una persona organizada, es que tengo eso. Un eso que a veces no sé cómo nombrar y con lo que -cierto es- tampoco sé bien cómo lidiar. La cama bien tendida es sólo una cosa, los cajones o puertas abiertas, los libros no bien metidos en el librero, los colores en un armario… y la lista sigue.
Eso es algo que está en mí y que mucho me ha costado admitir, y sin admitir no se puede resolver eso está claro. Eso me hace pensar que yo debería trabajar en un Walmart por las noches. Sí, poner todo en orden y recibir un sueldo por ello aliviaría esta sensación de que el mundo está chueco y yo tengo que enderezarlo.
Eso.

Se llama desorden obsesivo compulsivo… O eso me han dicho a mi de mi manía de organizar closets y cajoneras por colores y estilos de ropa, ces por orden alfabético, las latas de la alacena por y tamaños…