Vicky, mi bicicleta, está atrapada en una casa. La verdad que la culpa es mía porque en algún momento necesité espacio en la sala y me pareció fácil meterla en la casa de al lado -que estaba vacía y de la que tenía llave. El caso es que mi casera (o ex casera) cambió el candado y hete ahí a la pobre Vicky empolvándose.
Se supone que este fin de semana iremos al rescate. Veremos en qué condiciones está la susodicha porque hay que considerar que 1) no la usé en todo el semestre pasado y que 2) el lugar en el que ha estado habitando es gobernado por el polvo, las telarañas y el misterio.
De pronto, con el cambio de casa, he descubierto que la bici me llevaría más rápido y menos dolorosamente a donde sea que yo necesite ir. De pronto, los roommates de esta casa, han hecho migas bicicleteando por la ciudad y yo me siento fuera de órbita.
Vicky es un regalo de mi padre, la bauticé así por payasa que soy. Se trata de una dulce bicicleta de montaña amarillanaranja, con un asiento incomodísimo pero con unas llantas mejores que las de cualquier gordita de la esquina.
Ni hablar, ya dije una vez, hay que volver a pedalear y pedalear bien duro.
