He vivido el rechazo, de un modo u otro, tres grandes veces en mi vida. A veces ha sido claramente: una negativa en negritas, mayúsculas y con tipografía de mil puntos. Un se acabó. Un no más. Un no, pues. No han venido acompañados de un: no eres tú soy yo. No. En esos rechazos el común denominador, lo que sobraba, lo que no entraba en la ecuación era yo. Sólo yo.
Terapias, libros y charlas me enseñaron con el tiempo que a veces los no son resultados del miedo del otro, de la inseguridad del otro, de la falta de fe del otro. Terapias, libros y charlas, de cualquier modo, no le quitan el dolor del no a uno. No dicen cómo se vuelve a la vida normal, cómo se vuelve a poner derechito el corazón, cómo se camina con ese pequeño vacío en el alma. Eso sólo lo hace el tiempo.
Hace un par de días vi cara a cara a uno de esos grandes no. Al rechazo más duro. Al rompimiento más doloroso. Y aunque sigo sin entender del todo al mismo tiempo entiendo del todo. Cuánto aprendizaje gracias a ese no. Cuánta tristeza después de ese no. Cuán lejos está ese no. Cuál otra soy yo. Me sentí tranquila, una paz me doraba las mejillas, me cosquilleaba las palmas.
Mientras caminábamos sugirió ir por acá. Yo dije, no, yo voy allá y señalé un punto que era una calle pero se parecía al presente-futuro. Y hacia él camino.
Ese día me despedí del rechazo, de ese y de otros. Esos rechazos en los que no sólo perdí yo.

Me encantó, pfua.