Subirse al Metrobús en el DF implica el desarrollo de ciertas habilidades. En primer lugar, para uno que es de extranjia está el asunto de dilucidar si se va para allá o para acá y luego cuántas paradas hay entre el para allá que uno decidió y el lugar en donde hay que bajarse. En segundo lugar está la velocidad de subir o bajar y, una vez adentro, sostenerse del tubo o cazar ese único asiento que invita al descanso temporal.
En los últimos meses mi vida ha sido como subirse al metrobús. ¿A dónde voy, allá o acá?, ¿cuántas paradas hay?, ¿cómo me sostengo del tubo?, ¿me siento y si al sentarme se me pasa la bajada? ¿estoy segura de que debo bajarme aquí o seguir derecho hasta quién sabe dónde?
Pero esta semana decidí, decidimos algo. Algo importante. Después de un largo tiempo de esperar el metrobús de la vida, después de un largo tiempo de viajar en él, a veces tomada de un tubo, a veces sentada, voy a bajarme.
Haré lo único que resta por hacer: Inhalar, exhalar y caminar hacia ese nuevo domicilio.
