Ayer a la mitad de un tarro de cerveza negra y de una zanahoria en escabeche me di cuenta de que lo mío son los libros-cajita. Esos en que para decir lo que se quiere decir se apela a lo que hay: una foto, un poema, una lista, un sueño, la página de un diario, una nota de periódico. Todo vuelto motor y motivo narrativo.
Me gustan los libros-cajita, me gusta encontrarlos en un estante, leerlos y verlos como lo que son un universo contenido. Me gustan los libros-cajita, escribirlos, pero antes de eso buscar el universo que ellos han de contener. Eso ocurrió con el libro sobre mi hermana, un libro que es una cajita que guardo en una cajita, un libro al que me he resistido volver, un libro al que vuelvo y que me he resistido a entregar a alguien para que algo ocurra con él. Ay, el universo.
La periferia de una historia, los objetos, los documentos, las fotografías son el motor y el motivo de ese libro pero creo, cada vez más, que son el motor y motivo de mi vida.
Motor y motivo.
