en la ciudad de los monumentos, los parques, los museos y el metrobús

Deberían estar orgullosos de mí. Desde el día 1 que llegué he trabajado en la tesis, ahí me tienen en el hermoso escritorio de cristal que mi anfitriona dispuso para mí, teclee y teclee, anotando, dándome golpes cuando no sé cómo traducir o reinterpretar tal o cuál palabra.

Pero también, oh sí también, he podido salir. Largas, largas, largas caminatas por este lado de la ciudad (ya les dije que corro por Reforma todas las mañanas?) he estado en un par de parques, he visto una exposición maravillosamente triste de expresionismo alemán, he visto El Beso de Munch (y con eso basta para que el mundo se vaya al demonio el día siguiente) he visto -de lejos al menos- mi monumento favorito (jamás les diré cuál es) y he bajado las escaleras del Palacio de Bellas Artes y del Museo Nacional de Artes (a donde hoy vuelvo para ver la expo de Surrealismo). Bueno, con decirles que ya hasta en el metrobús me he montado (no sin el nervio necesario).

Y así, en la ciudad de los monumentos, los parques, los museos y el metrobús, corren los días.

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