Jugamos a que estuvo en el Betty Ford y yo le ayudaba: le escuchaba, le aconsejaba. Jugamos luego a que yo estaba en el Betty Ford y era a mí a quien se escuchaba, a quien se aconsejaba. El Betty Ford se volvió una metáfora, una alegoría, una idealoca, un saco donde se meten problemas mayores que el día a día marcan en la vida a vida. En este acuerdo que sostenemos se discute, se ríe, se come, se bebe té, se ven películas, se oye música. Todo por partes o al mismo tiempo.
El punto es que mientras jugamos a que somos seres humanos, en vías de purificación, recién salidos del Betty Ford, hacemos lo que no sabíamos que podíamos: ser nosotros mismos.
