Había renunciado a la idea de otra mascota, lo de Dylan la verdad me tuvo tristona demasiado tiempo. Pero resultó que en casa de mi querida Cheryl nació un gatito, uno solo. Un gatito que, curiosamente, estaba siendo criado tanto por papá como por mamá. Un gatito negro, flaquito, con un ojito enfermo. ¿Cómo negarse?
Lo he bautizado Dante, este gato tiene mirada de saberlo todo. Desde que llegó a casa adoptó rincones y escondites, no quería salir. Sabíamos que seguía viviendo con nosotros porque veíamos su plato de comida vacío, pero de ahí en fuera, no le veíamos ni el rastro. Nos explicaron lo siguiente: Dante tenía el síndrome del hijo único y no sabía socializar. Nos recetaron lo siguiente: terapia de afecto. Entonces, ahora tomamos turnos para tenerlo encima, acariciarlo hasta que Dante haga pppprrrrrrrrr.
Es absurdo, lo sé.
Pero desde ayer El Gato Dante se ha posesionado de la parte alta del futón, camina hacia donde estamos, hace volteretas mortales y se deja oír más. Así que deposito mis últimas gotas de maternidad en otro ser peludo.
