El plan de esta noche era ir a la lucha libre. Pero algo ocurrió por la tarde, una llamada, unas palabras, les ahorro el drama. El caso es que llegué a recoger a uno de mis mejores amigos y cuando intercambiamos nuestros “¿cómo estás?” le platiqué cómo me sentía. Me dijo: ¿quieres que nos comamos una nieve?”
Me compró una coca-cola y una deliciosa nieve de vainilla con chocolate y nuez. Hablamos un poco del asunto pero la dulzura -de su compra y de la nieve- me fue borrando la sensación de malestar. Luego, claro, vino la lucha libre y existe algo entre los trancazos fingidos, las mallas y las máscaras que hacen que cualquier cosa sea mínima.
Lucha y nieve, ese fue el remedio, lucha y nieve.
