Levantarse en lunes después de un largo fin de semana repleto de actividades como shopping preadolescente, tarea, limpieza general de casa, brunches y cenas cumpleañeras y un largo round de paintball bajo el sol texano, NO es fácil.
A los quince minutos más de sueño se restó un desayuno en calma en la mesa de la casa. La prisa de bañarsearreglarseprepararse, tomar té verde a la carrera y lanzarse a la oficina a trabajar lo trabajable. En el trayecto entre un camión y tres cuadras caminadas pensé en las ochocientastres cosas que tengo qué hacer esta semana y la siguiente. Apenas puedo creer que ya se acaba marzo tan pronto y que abril viene a agarrarnos casi indefensos para los finales.
A las once am abro mi mochila de sport-billy y saco mi almuerzo. Un huevito cocido, una manzana y un buen puño de zanahorias bebé. Oigo a Javiera Mena mientras le hago al munch munch de todo esto y leo mi periódico argentino favorito. Recorro escenas de un país que, como el nuestro, es tan frágil a veces como el cascarón que acabo de romper.
