El martes se murió la perrita de casa. Teníamos más de quince años con ella. Era una cruza de chihuahua con poodle; una mala cruza, debo decir, era un cuerpo pequeñito-pelos-parados con los nervios del chihuahueño y y y y, pues nada más el apellido poodle porque en nada se parecía a su padre. Se fue llenando de canas y de mal humor. Parecía un asterisco mal puesto.
Era malhumorada, quisquillosa, berrinchuda, pero mi madre la quería profundamente. Ella, como siempre, fue la encargada de darle sepultura. Esta fue mi perrita, mi pequeño tesoro antes de tener a mi hijo. Andaba conmigo para arriba y para abajo. Pero un bebé ocupó su lugar y mi madre se hizo cargo de ella desde entonces.
Nunca se llevó bien con el otro perro de mi mamá, sin embargo unas horas antes de morir el perrito se le acercó, estuvo con ella, le lamía las orejas una y otra vez. Por la noche, cuando se dio cuenta de su ausencia, aulló y aulló.
¿Quién aullará por nosotros cuando nos hayamos ido?
