Hay días en que estoy hecha pelotas. Mi cabeza da vueltas y vueltas, vivo en el presente pero me aterra, inquieta, acelera el futuro, hago planes que borro con la manga derecha de mi suéter (o tal vez sea la izquierda ya ven que soy medio disléxica). Hay días en que a media noche me comienza el hormigueo en las piernas y me despierto y luego ya no puedo volver a dormir. Hay días en que estoy segura de que en algo la estoy cagando, con mis amigos, con mi trabajo, con mi escritura, con mi hijo, con la cocina, con el trapeado del piso. Hay días en que camino como zombi tres cuadras y a la cuarta me acuerdo que algo dejé en casa. Hay días en que tengo ganas de aventarlo todo, cerrar esta casa e irme al terruño pero allá ya no tengo casa ni trabajo y entonces me acuerdo porque me vine y se me quitan las ganas de regresarme. Hay días así en que estoy total, completa e inexorablemente hecha pelotas.
Pero hay días que no.
Hoy, por ejemplo, no.
