A veces se me pierde, se me escurre de entre las manos. Lo veo partir y no logro alcanzarlo. A todos nos pasa, ¿no? estamos ahí muy derechitos en la vida y de pronto, pum, perdemos nuestro centro. No importa si son días o son horas, esa sensación de no tenerlo fatiga. Lo busqué en una bandejita de sushi de atún (primer alimento animal en muchos varios días), luego traté de pescarlo en una taza de chai-roibos. Pero al centro comencé a recuperarlo en el centro, ese lugar tranquilo y fraternal donde todos los viernes aprendo algo. Luego, ya en casa, una llamada de larga distancia se convirtió mágicamente en un abrazo, en un cariño, en un recordatorio. Soy humana y porque soy humana a veces puedo perder el centro y se vale, sí se vale, sentirse triste al respecto.
Mi centro apareció hoy, en el maullido de un gato, en un pan integral, en una escoba, en un renglón. En la vida, la sencilla y mágica, vida diaria.
