SYLVIA Y EL MAR

El mar y yo tenemos una historia larga. Sé que suena absurdo pero recuerdo la primera vez que lo vi (o tal vez no fue la primera pero es este el primer recuerdo que tengo con él).

Estoy parada frente a él, lo miro, lo miro, a mi alrededor y en la palapa están mis padres, tal vez uno u otro de mis hermanos y a mi lado, justo a mi lado mi Tía Cuca. Está sentada en la arena y me dice: ven. El mar también me dice ven pero no voy. Se lo digo a mi tía, me da miedo. (Es entonces lo que me hace pensar que al mar ya lo conocía yo, de verdad o en la tele, porque ese día llegué ahí ya con mi miedo, todavía no me hacía nada y ya le temía).

Mi tía no es como mi papá o mi mamá. Mi tía no se parece a nadie. Ellos desde el mar me invitan a meterme. Los veo ahí y siento, lo juro, que están lejísimos y que una ola los va a arrastrar y se los va a llevar. Ese es mi miedo, que el mar me arrastre y me lleve, de algún modo se lo explico a la tía. La tía no me dice mucho, me invita a hacer formas con la arena. Descubro ahí una nueva diversión: la arena.

No me doy cuenta de que poco a poco hemos ido acercándonos a la orilla del mar (o será tal vez que la marea subió), veo que el agua se acerca y me asusto, mi tía se da cuenta. Me dice, mira, no pasa nada, la ola viene te moja los pies y se va. La ola viene, te toca los pies y se va. Lo repitió tantas veces pudo, cada vez que una ola venía a cosquillearla. Estiré entonces mis piernas que tenía cruzadas. Permití que ocurriera: la ola vino, mojó mis pies y se fue.

Dejamos lo demás. Mi tía Cuca pegadita a amí me enseñó a no temerle al mar. Seguro ese era su plan cuando se sentó conmigo a jugar con la arena.

Años y años volví a ese mismo mar, para entonces ya había cruzado por clases de natación y yo me metía sin miedo, jugaba, chapoeteaba, nadaba un poco. Jugaba mentalmente a que era una de esas nadadoras que cruzaban el Estrecho de Gibraltar. Alcatraz era mi meta.

Luego algo ocurrió. Algo simple. Fui mamá. La primera vez que fui con mi hijo al mar era invierno y hacía frío pero igual quise meter los pies. No pude. Pensé que era el temor a la temperatura. El siguiente verano ocurrió lo mismo, el agua me llegó sólo hasta las rodillas. Pero mi hijo descubrió el mar de modo menos temeroso que yo y quería estar adentro, así que me metí pero no puedo explicar lo que sentía todo ese tiempo.

Al mar comencé a temerle más cuando fui mamá. Pensaba ¿y si algo me pasa, y mi hijo? catastrófica como de costumbre. Así que las siguientes veces, estar en el mar era cosa de minutos y de vuelta a la arena. Me he metido de noche ya dos veces y he tratado de estar un poco más de tiempo pero a la larga sé que el mar y yo aún tenemos cuentas por ajustar. No urge, tiempo al tiempo, él estará ahí y yo volveré a él y le permitiré que la ola venga, me toque y luego se vaya.

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