Hace unos días murió Jorge Semprún, un autor al cual he leído poco, poquísimo y del que he leído y oído hablar tanto. La primera vez que me topé con su nombre fue cuando trabajaba en mi tesis de maestría sobre Sin destino de Imre Kertesz. La segunda vez fue cuando leía sobre Sebald y su Austerlitz. Semprún es, como ellos, otro autor que sobrevivió el Holocausto, otro autor que dibujó (si esa es la palabra adecuada) eso que no podría llamar vida en el campo de concentración.
Tres escritores que se hicieron ahí, que vieron tantas caras que después fueron cadáveres, tantas caras que siempre fueron asesinas. Kértesz en Sin Destino narra que el momento más feliz de su vida lo vivió, paradójicamente, en el campo de concentración. Era un día raro, soleado, un día en que jugaron pelota él y sus otros compañeros de celda, un dia en que todo el pesar, el miedo y el dolor desaparecieron. Estaba ahí solamente la alegría de un campo con sol y un partido de futbol.
Semprún narra, en este fragmento algo que también habla de vida, de encontrar en el miedo un paisaje que por triste, hermoso. Se trata de un fragmento de El largo viaje, un libro que no tengo pero sé que un día tendré en mis manos. Descanse en paz, el hombre que después de todo lo vivido alcanzó algo que pocos conocen: la paz.
El tren rueda despacio, con un monótono ruido de ejes. Silba, de repente. Ha debido desgarrar el paisaje de invierno, como ha desgarrado mi corazón. De prisa, abro los ojos, para sorprender el paisaje, para cogerlo desprevenido. Ahí está. Está, simplemente, no tiene otra cosa que hacer.
